Ginés Carrillo Cerón también existe…

Como Teruel y Cuenca. Mi historia con este elusivo personaje granadino se remota al tiempo en que me sumergí en la caterva de los novelistas postcervantinos, que suelen estudiarse en conjunto. Nombres como Alonso J. de Salas Barbadillo, Alonso de Castillo Solórzano y María de Zayas -el trío más notable, cuyas vidas y obras se enlazan en algún momento- se confunden con Juan de Piña, Pérez de Montalbán (el primer fanático de Lope en su siglo, hasta volverse loco cuando el Fénix desaparece), Luis de Guevara (el de la truculenta Los hermanos amantes), José Camerino, Mariana de Carvajal, Juan Cortés de Tolosa, Lope de Vega (cuya novelística merece estudiarse aparte), Tirso de Molina (cuyas novelas se encajan en complejas misceláneas), Andrés del Castillo (el de la muy recomendable El monstruo de Manzanares) y un luengo etcétera. En esta última comparsa habíamos ubicado hasta ahora a Ginés Carrillo Cerón, por un hecho en el que muchos reparamos, pero solo Isabel Colón Calderón admitió abiertamente en su útil trabajo La novela corta en el siglo XVII: “Solo son conocidas las Novelas de Ginés Carrillo Cerón por las noticias que de ellas se proporcionan en Emilio Cotarelo y Mori…”.  Me quedo con el adverbio “solo”, ya que allí se encuentra el fondo de la cuestión: hasta la época en que publicó Isabel Colón su tratadito (2001) nadie había publicado o siquiera declarado encontrar el volumen de novelas cortas de Carrillo Cerón del que hablaba Cotarelo en su artículo del BRAE de 1925.

En esa época yo andaba entre los anaqueles y el escritorio 2128 de la biblioteca de investigadores, en Pamplona. Como lector de Borges, el Eco de El nombre de la rosa y con la lectura aún fresca de Los crímenes de Oxford encima, la curiosidad en torno a ese misterio aumentaba. Leí el artículo de Cotarelo, quien daba la descripción del tomo que, según declaraba, tenía en sus manos y alguien le había hecho llegar tiempo atrás. Luego de especular en torno a la identidad y datos biográficos de Carrillo Cerón, el estudioso ofrecía el resumen y algún fragmento suelto de la que venía a ser la verdadera joya de las Novelas de varios sucesos: la segunda parte del Coloquio de los perros de Cervantes, que Carrillo Cerón había titulado Novela o coloquio que tuvieron Cipión y Berganza, perros que llaman de Mahúdes, segunda parte de la que hizo Miguel de Cervantes de Saavedra en sus novelas. Cotarelo cerraba el trabajo ofreciendo una próxima edición del texto, lo cual nunca llegó a hacer. Sin embargo, su autoridad fue suficiente para que Pedro Simón Díaz incluyera una entrada a Ginés Carrillo Cerón en su Bibliografía general de la literatura hispánica. En la ficha, resumía los datos de Cotarelo, aunque no pudo registrar ningún ejemplar del libro en biblioteca alguna.

En mi escritorio, con el querido ladrillo azul de Simón Díaz correspondiente a la letra C, el tomo del BRAE con el artículo de Cotarelo, el adverbio solo de Colón Calderón y las supercherías de Borges en vena, se me ocurrió la pregunta: ¿Y si Carrillo Cerón era un invento de Cotarelo? Total, era el único que había visto el ejemplar y, entre otras cosas susceptibles de ser interpretadas, el discípulo de Menéndez y Pelayo reparaba en el hecho de que el Carrillo Cerón histórico (abogado de la cancillería de Granada) aparecía como personaje de una novela de Andrés del Castillo; aunque no lo había declarado así en su propia edición (1908) de La mojiganga del gusto del último autor. En 1925 sí lo apuntaba como dato curioso. Entonces pensé en un gusto decimonónico por el pastiche, en los tantos heterónimos de Raymond Foulché-Delbosc en Revue Hispanique, en el conocimiento profundo de Cotarelo en torno a los novelistas postcervantinos (a quienes había publicado bastante), y por último en ese impulso creativo y lúdico que a veces instila la filología en quienes la practican.

En los meses siguientes quise olvidarme del asunto, pero cayó en mis manos el Itinerario del entremés del navarro Eugenio Asensio. Él decía usar las Novelas de Carrillo Cerón para aportar datos a su investigación sobre esta forma breve teatral. ¿Asunto acabado? No necesariamente. Asensio había sido todo un personaje, ajeno a la carrera universitaria y, en ese aspecto, fuera del gremio, aunque con estupendos amigos y valedores en este. Había empezado a publicar sus trabajos luego de los cincuenta años y probablemente se prestaría a mantener la ficción del novelista granadino. Además, ¿por qué no editó el volumen o al menos el texto de la segunda parte del Coloquio de los perros? Asensio había editado los entremeses de Cervantes, así que el texto de Carrillo Cerón debía guardar interés, aunque indirecto, para sus pesquisas. Recuérdese que Asensio había sido un magnífico ratón de biblioteca y a él le debemos, por ejemplo, conocer dos cartas del Inca Garcilaso a un anticuario andaluz; de forma que el navarro tenía instinto de hallar novedades y textos valiosos. Por otra parte, las fotos de Asensio así como las semblanzas que pueden hallarse de él nos hablan de un hombre de buen humor, sencillo, formado en la mejor tradición humanista. Lo imagino solo equiparable con el talante siempre festivo, agudo y profundo del llorado Anthony Close. Visto así, no me resultaba inverosímil que hubiera sido cómplice de Cotarelo.

Y la cosa quedó allí. Creo que he contado oralmente esta anécdota y mi hipótesis sobre el carácter imaginario de Carrillo Cerón y su segunda parte de la novela cervantina. Me resultaba imposible creer que Cotarelo o Asensio, con acceso a un texto como ese, con la autobiografía del culto Cipión y la sal de Berganza, no lo hubiesen dado a luz. Generalmente compartía esto con los amigos asistentes a congresos de tema áureo, que me escuchaban, sonreían y no me tomaban en serio, dado que solo contaba esto por las noches, cuando todos nos relajábamos tras la jornada de ponencias. Todavía creo que ese es el mejor momento del día para compartir desatinos.

Ahora, gracias a los buenos oficios de Abraham Madroñal, sé que Ginés Carrillo Cerón existe y su libro también. Finalmente sé qué pinta Asensio en la trama: fue él quien le compró el ejemplar a la viuda de Cotarelo, según lo dejó anotado en el libro de su puño y letra. Para acabar con cualquier duda (sobre todo de un creyente en supercherías), Madroñal incluye imágenes del libro en el apéndice de su trabajo. Solo espero que se anime a publicar el volumen pronto, a propósito de recreaciones cervantinas y el placer de la intertextualidad. Aquí va la referencia bibliográfica:

Madroñal, Abraham. “La segunda parte perdida del Coloquio de los perros, de Ginés Carrillo Cerón”. Anales cervantinos 43(2011): 181-204.

p.d.: he aquí el artículo de Madroñal en PDF: madronal carrillo ceron segunda parte coloquio

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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5 respuestas a Ginés Carrillo Cerón también existe…

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  2. Alvi dijo:

    [Comentario de después de un día de ponencias] Detrás de esta nota casi borgiana me imagino toda una novela en la que el libro fantasma de Carrillo Cerón existe pero ni siquiera es el que aparece en las imágenes ofrecidas en Anales, copias ligeramente deturpadas en algun detalle por un experto restaurador, a partir de la edición real (pero no hay una sola copia sobre el texto en sí) . En ella, Abraham sería un crítico tan fantasma como la propia edición y detrás estaría Asensio y su red tratando de ocultar la auténtica segunda parte porque subvierte y supera de tal manera la novela cervantina que lo convierte quizás en el mejor relato de la literatura de su tiempo. Así, reescriben a través de algunos artículos y noticias sueltas una genealogía plausible pero inexistente de la obra de Carrillo, para evitar un auténtico interés en ella. El tema de fondo, el del Coloquio cervantino, el enmascaramiento perpetuo que maquina y lleva al hombre ser lobo para el hombre, murmurador y envidioso contra sus semejantes. Pero sin duda, el texto, que seguiría sin salir a la luz, existe, y quedaría oculto quizás en el fondo perdido de un anaquel de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, relegado a un olvido y una presencia fantasma indefinida, entregado al azar de algún lector curioso del futuro.

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