Imitación de Roberto Bolaño

El primer taller de creación literaria al que asistí fue en verano de 1996, en el Museo de Arte de Lima. No recuerdo el nombre del que lo dirigía, no era nadie en el mundo literario. En ese tiempo yo tenía dieciséis años, leía la sección cultural del diario El Mundo y El dominical todos los domingos, de forma que conocía, al menos por nombre, a todos los que estaban publicando cosas en Lima en esa época. Óscar Malca, Mario Bellatin, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Javier Arévalo, Iván Thays, Rocío Silva-Santisteban, Patricia de Souza, etc. Había comprado sus libros y los había leído. Era mi último año de colegio y yo quería ser escritor. Más precisamente: cuentista. Yo quería escribir cuentos como los escribía Onetti. Pero, claro, me faltaba vivir. Eso es algo que solo entiendo ahora, una década y pico más tarde, pero entonces creía que existía la genialidad y que esta podía haberme sido otorgada por los dioses.

El taller era dos veces a la semana, por las tardes, en una de las aulas enormes del museo. No sé qué hacíamos allí, en medio de un montón de niños que iban a clases de karate, mujeres gordas que hacían aeróbicos y gente que iba a talleres de plástica que parecían más serios. Había lista de materiales y todo. En nuestro caso, se trataba simplemente de ir, sentarse y aburrirse.

El primer día fue sintomático. El tipo vino y empezó a preguntarnos lo que escribíamos y qué nos gustaba. En la primera fila había una rubia, alta y muy flaca, con gafas de pasta redondas, de esas que se usaban en los noventa y te daban facha de intelectual interesante, a lo Bryce Echenique, autor que por entonces aún derretía corazones y carecía de anticuerpos. La chica tendría veinticinco o veintiséis, lo cual para mí entonces significaba muy mayor (ahora que tengo más de treinta, diría que era joven). Aún recuerdo claramente lo que dijo:

-Ay, yo trato de escribir cosas propias, pero me salen textos como los de Julio Ramón.

Ella no decía Ribeyro, decía “Julio Ramón”, como quien llama “Mario” a Vargas Llosa o “Milán” a Kundera. A mí eso me sonó pésimo. Yo respetaba, como todos, a Ribeyro (había muerto hacía poco), pero que una chica con pretensiones intelectuales (bolsa de tela, botellín de agua y cabello con aquel corte que llamaban hongo) soltara eso el primer día me entristecía. Me parecía muy esnob de su parte. ¿Qué hacía yo allí, con esa gente repugnante que no hacía literatura sino para pasar el rato o para impresionar a sus amistades de café? Porque yo nunca había tomado café con nadie ni tenía amistades a las cuales impresionar con mi vocación. Yo era un muchacho con granos, solitario y virgen (ni siquiera había sujetado una mano femenina) que trataba de ser auténtico y escribir porque quería hacer de la literatura mi vida. Sentía que escribir me justificaba. No me interesaba otra cosa. Bueno, sí, me interesaba el amor. En aquel entonces vivía con suma intensidad el amor. O quizás diré mejor: no el amor, sino la idea del amor. ¿De quién estaba enamorado entonces? El año anterior había estado muy ilusionado con una joven veinteañera que tomaba el autobús en la misma parada que yo, a la que veía todos los días temprano en la mañana y alguna rara vez por la tarde, en el autobús de regreso a casa. Como nunca le había hablado, no sabía cómo se llamaba (nunca supe el nombre de la rosa), pero no sé cómo me entró en la cabeza que se llamaba Milagros, aunque en mis fantasías (que alimentaban las ficciones que iba esbozando) pasó a llamarse Alicia. ¿Por qué Alicia? El nombre me había venido de una canción de Christina Rosenvinge: Alicia sueña que baila. En esa época casi todo lo que hacía, decía y pensaba tenía algún referente musical o literario. Todo tenía una razón de ser, que solía obedecer a la eufonía o simple gusto estético.

¿Quiénes más participaban en ese taller? Recuerdo un hombre de mediana edad con cara de oficinista, algo así como un Gregorio Samsa al que no le había cogido aún la metamorfosis. Decía que le gustaba García Márquez. Yo había leído Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, los Doce cuentos peregrinos y Del amor y otros demonios, pero no dejaba de tener la sensación de que García Márquez era un escritor de esos que salían en el crucigrama y que eran tan famosos que el éxito los había bastardeado. Creía entonces que si GGM era bueno, debía ser discreto, cosa de pocos. No podía ser para las masas. Eso mismo justificaba mi pasión por Joaquín Sabina, que no era tan popular por entonces en Lima, aunque ya empezaba a serlo y yo todavía no me daba cuenta, por Diego Vasallo, Christina Rosenvinge y cosas por el estilo. Escuchaba sus discos en casetes naturalmente, comprados en la calle Quilca por cinco soles (si comprabas tres te los dejaban a cuatro soles cada uno), y los escuchaba íntegros, los dos lados, A y B, en el autobús, rebobinando con el bolígrafo para no derrochar las baterías del walkman.

Sinceramente, no recuerdo qué dije yo entonces. Habré sonado esquivo y desganado, que es como solía portarme cuando algo no me atraía. Lo único que disfrutaba de ese taller era el viaje de ida y vuelta al centro y el paseo que me suponía. Algunas veces ni siquiera asistía al taller, sino que me quedaba dando vueltas por la Plaza Francia, por la calle Quilca y llegaba hasta Plaza San Martín, bajaba a la calle Belén y luego retornaba a la avenida Garcilaso, subía hasta el Museo, paseaba por el parque de la Reserva. Me metía en las librerías –especialmente en la librería Época de Belén y en la Studium de Plaza Francia (creo que ninguna de las dos existe ahora)- y me detenía en los puestos de música de Quilca, que estaban situados a lo largo de esa calle estrecha que en Lima llaman erróneamente bulevar, pensando que así la elevaban de categoría. Otro de mis placeres de entonces, que se prolongó hasta mis primeros años de universidad, que sin saberlo estaban a la vuelta de la esquina (1997, 1998), era poner una canción en la jukebox que tenían en un local de máquinas recreativas en plena avenida Garcilaso, junto a la entrada de Quilca. No me acuerdo si costaba cincuenta céntimos o un sol. Ponía algo de The Cars o The Police, que era lo más digno que tenían allí, descontando todos los éxitos de moda.

Me gustaba el centro. Mal que bien, en su decadencia y su mugre, me hacía sentir como un Baudelaire en el París del spleen. Mentiría si dijese que era consciente de ello (ni siquiera había leído a Baudelaire, recién lo haría en la universidad, dos o tres años más tarde y en francés). En esa época mi padre trabajaba en un ministerio, mi madre tenía una tienda de ropa y mi hermana estudiaba odontología en una universidad privada prestigiosa. Yo gozaba de una relativa libertad que, ahora que lo pienso, pude haber empleado para adentrarme en el lado salvaje, pero nunca lo hice. No sé por qué. Quizás porque era un romántico inocente. Otros en mi situación hubieran abrazado otros vicios, pero yo solo me dediqué al de sentirme un náufrago urbano, un artista adolescente e incomprendido que estaba elucubrando ficciones espléndidas.

En 1996 no tenía la menor idea de qué iba a ser de mi vida. Tampoco me interesaba. Yo solo quería ser escritor y que alguna de las chicas de las que me había enamorado sucesivamente (tres hasta ese momento) se enamorase de mí. Eso era todo lo que quería. Otros, a esas alturas, ad portas del último año de la secundaria, ya andaban agobiados con planes de universidad, preparándose para los exámenes de admisión en academias y en ciclos de verano. Pero yo, más humilde, más mediocre, solo soñaba con mi veinteañera –Milagros, Alicia, el nombre real no era importante- de discretas faldas grises y tacones azules, con el tema Polaroids de Vasallo sonando de fondo y un cuadernito de tapas negras –no, no era Moleskine- donde pergeñaba mis historias imposibles.

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Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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3 respuestas a Imitación de Roberto Bolaño

  1. Genial, creo que a todos nos sucede lo mismo, Yo también deseo ser escritor pero no sé por donde empezar

  2. Me ha gustado tu imitación de R.Bolaño.Parece que esté releyendo al Vargas LLosa de mis años universitarios donde me imaginaba en Lima y era una peruana más.besos de los dos para vosotros dos.Sefa Gutiérrez desde Le Havre con cielos impresionistas.

    • orodeindias dijo:

      ¡Hola Sefa! Qué alegría encontrar líneas tuyas y saber que te ha gustado el texto. Te agradezco el piropo a estos pinitos literarios míos. ¡Abrazos y besos también para ustedes de nosotros, desde las alturas neoyorkinas! Dile a Luc que, cuando pueda, me escriba contando novedades.

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