Los “diez años” en las letras áureas (y aún ahora)

En su clásico Literatura europea y edad media latina, Ernst R. Curtius dedica un excurso a los números como principios de composición literaria; la función del número tres, por ejemplo, en la estructura de una obra como la Comedia de Dante. Hay otros números preferidos en la literatura, por diversas razones, como el cuatro y otros números pares sucesivos, y el siete. Se vuelven favoritos por el significado que se les atribuye, sea por motivos religiosos o inclusive mágicos. Me gustaría comentar, a propósito de ello, un fenómeno paralelo, de índole semántica, antes que formal. Se trata del empleo del número diez en un lugar común relativamente frecuente en el Siglo de Oro: los diez años desperdiciados.

Mi exposición empieza con Juan de Valdés en su celebrado Diálogo de la lengua, en el que recuerda su juventud como lector de frivolidades: “Diez años, los mejores de mi vida, que gasté en palacios y cortes, no empleé en ejercicio más virtuoso que en leer estas mentiras [los libros de caballerías], en las cuales tomaba tanto sabor, que me comía las manos tras ellas”. La misma contundencia se encuentra en el romance de Luis de Góngora, compuesto a los veinte años de su edad, cuyo estribillo dice Déjame en paz, amor tirano: “Diez años desperdicié,/ los mejores de mi edad,/ en ser labrador de Amor/ a costa de mi caudal;/ como aré y sembré, cogí:/ aré un alterado mar,/ sembré una estéril arena,/ cogí vergüenza y afán”. Quevedo, menos amargo, compuso un soneto amoroso en que declaraba la década invertida en el amor, no se sabe si con mejor fortuna como amante, pero al menos sin quejarse demasiado. El primer cuarteto reza: “Diez años de mi vida se ha llevado/en veloz fuga y sorda el sol ardiente/ después que en tus ojos vi el oriente,/ Lísida, en hermosura duplicado”.

Y es que los diez años no siempre se consideran necesariamente un desperdicio. Se encuentran ejemplos abundantes de los proverbiales diez años como mera imagen de un paso de tiempo muy largo, como quien diría “mil años” o “siglos” en épocas más recientes a la nuestra (“Hace mil años que no lo veo”; “Hace siglos que no monto bicicleta”). Considerando el promedio de vida de la Europa de los siglos XVI y XVII es comprensible aferrarse al uso de diez años como medida redonda para expresar un periodo muy prolongado. En el apotegma catorce de Las seiscientas apotegmas, Juan Rufo lo pone de manifiesto: “Volviendo a su patria a cabo de diez años, y hallando menos tantos de sus conocidos, dijo que no había batalla sangrienta que más aportillase el escuadrón de los amigos que diez años de tiempo”. A sabiendas de ello, se comprende que Salas Barbadillo describa las artes del engaño de la daifa Elena apelando al lugar común: “Persona era ella que se pasara diez años sin decir una verdad, y lo que más se le ha de estimar es que nunca la echaba menos, y vivía contenta y consolada sin sus visitas”.

Como siempre, hablando de literatura, Miguel de Cervantes merece un aparte, ya que su tratamiento de casi cualquier tema lo ilumina con un matiz particular. En la última parte del Coloquio de los perros, Berganza y Cipión charlan acerca de cuatro enfermos, locos de remate, del hospital de la Resurrección. Uno de ellos es un poeta, figura cómica cuya ignorancia (junto a la falta de higiene) solía ser el principal motivo de mofa. Dice el orate cervantino, pobre enfermo en un hospicio: “¿Cómo y no será razón que me queje […] habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga a luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años por ella [….]?”. En realidad Horacio dice en la Poética que la obra debe guardarse y meditarse nueve años antes de darla por acabada y sacarla a la luz. El error cervantino, según un editor reciente y muy solvente de las Novelas ejemplares, puede provenir de la traducción de Vicente Espinel de la epístola horaciana (publicada en sus Diversas rimas de 1591), donde el rondeño romanceaba que el poema debe guardarse “diez inviernos”. ¿Se habría dejado llevar Espinel por la frase hecha de los diez años como un lapso suficiente para haber madurado (o, mejor, macerado) una obra literaria? Así, los diez años desperdiciados se definirían en oposición a los diez años “aprovechados” o de estudio que se vinculaban tradicionalmente con la labor del poeta que, supuestamente, propugnaba Horacio vía Espinel.

Lejos de antiguallas, y valga esto de colofón ameno, dos canciones modernas atestiguan la vigencia del lugar común de los diez años como cifra redonda para expresar un gran salto en el tiempo. Los Rodríguez, banda argentino-española, contribuyen con el tema “Diez años después” (en su álbum Palabras más, palabras menos, 1995): “Si diez años después no estamos igual, qué le vas a hacer/ Otros diez años más y luego, empezar juntos otra vez”, porque el deterioro es inevitable y hay que seguir con la vida. Más lírico es Diego Vasallo, quien compuso “Diez años” (en su álbum Criaturas de 1997), como un ajuste de cuentas con su pasado como parte de Duncan Dhu, por lo cual la canción se vuelve una afirmación de madurez: “Sombras blancas detrás de mis pies/ abrazándome a mí diez años después”; pero también de ruptura, sin nostalgia alguna por los viejos éxitos y la ingenuidad de las primeras canciones: “He olvidado el final de aquella canción/ cien gaviotas que hoy aún no sé donde van”, con evidente guiño al hit “Cien gaviotas”, de 1985, que consolidó la popularidad del grupo en la península.

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Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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4 respuestas a Los “diez años” en las letras áureas (y aún ahora)

  1. R. dijo:

    Debo decir que este post me ha interesado muchísmo y me motivan una reflexión (extraliteraria). Para mí la cifra diez (en particular diez años) es muy relevante. Lo que ignoraba es que dicho número estuviese enraizado en una tradición. Yo también he sentido el impacto de los diez años, aunque no me atrevería a decir que sean perdidos. Diría más bien que son los del arribo a la madurez, que no es poco.
    R.

  2. Alvi dijo:

    También es interesante su relación con el ciclo generacional dentro de los siglos, divididos por décadas. La década de los 60, como expresión, condensa todo un modo de vida y pensamiento, lo mismo que los 50 en España, o en Estados Unidos, definen modos de vida condensados en bloques de diez años que nos resultan icónicamente muy definidos, toda una época en diez años.

    • orodeindias dijo:

      En efecto, tu reflexión me hace pensar en varias décadas del Siglo de Oro: la llamada “década prodigiosa” de Cervantes (1605-1615); la década de 1620, que vio la consolidación de la comedia urbana; los casi 10 años sin licencias para imprimir comedias y novelas en Castilla; y un largo etcétera.

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