Las lágrimas de Julianne Moore/ Tribulaciones de un ama de casa I

Una de mis actrices favoritas es Julianne Moore, de Fayetteville, Carolina del Norte. Además de sus dotes dramáticas, encuentro en ella el mérito de haberse delineado una personalidad propia en la industria cinematográfica. Dicha personalidad está basada en la diseminación del llanto, rasgo que impregna a todos sus personajes. Alguien compuso un clip (que adjunto más abajo) con el título Julianne Moore Loves to Cry. Yo iría más allá: no se trata de una fascinación, sino de un arte, como el del protagonista de “El cocodrilo” de Felisberto Hernández. Porque Julianne Moore llora con arte.  Ha llorado por mí, por ti, por todos nosotros. A mares. Cientos de fotogramas, uno detrás de otro, en rollos interminables, llevan impresos a Julianne Moore en lágrimas. ¿Por qué llora? ¿Cómo llora? ¿Cuándo llora? Mi ilusión es, algún día, escribir un librito llamado Las lágrimas de Julianne Moore. Mientras, me regocijaré, en próximas entradas, esbozando un itinerario parcial y caprichoso por la filmografía de esta actriz a partir de su llanto y la caracterización de sus personajes, tanto los más logrados como los menos.

He aquí los ojos vidriosos y el consiguiente planto de Julianne Moore. Sus ojos llenos de ternura, de amor, de dolor por tener que renunciar al amor, de pena por las oportunidades perdidas, por lo que fue o pudo ser y ya no será.

En las tres películas que ocuparán esta primera serie de envíos, Tribulaciones de un ama de casa, los papeles de Julianne Moore se enmarcan en el paradigma del ama de casa, a lo Betty Draper de Mad Men, aparentemente feliz o con una vida cómoda, dedicada a la crianza de los hijos, sin agobios existenciales mayores (salvo elegir vegetales para la cena o curar a un hijo enfermo). En estos roles la actriz exhibe su lado más vulnerable, que se refleja en sus ojos claros y fijos, acuosos, así como en la palidez de la piel, casi transparente. Empecemos con la oscarizada The Hours. Laura Brown (Julianne Moore) está embarazada de cuatro meses y parece que le cuesta respirar de agotamiento.  En su primera aparición en pantalla, tiene la serenidad y esa hermosura enfermiza, despojada de maquillaje, que antes atribuían a los tuberculosos.

A los tres cuartos de empezada la película, se le humedecen los ojos por su amiga, falsa y envidiosa, que no solo teme ser estéril, sino, quizás, padecer de cáncer. Laura no llega a romper en llanto, sino que se contiene, dándole un beso consolador a la amiga en problemas; total, ella no lo sufre en carne propia, aunque se solidarice. Sin embargo, el dolor de Laura frente a su vida monótona es más grande y la lleva a cometer un arrebato. Entrada la primera hora de la película, ya está sollozando mientras camina hacia el coche, porque sabe que, si hace lo que tiene planeado, no volverá a ver a su hijo. Se traga las lágrimas mientras se marcha, tiene fuerzas aún para limpiarse las mejillas con la mano, pese a los gritos desmesurados del niño, que berrea por ella, quizás sospechando lo fatal. Luego, en el cuarto de hotel, vemos que se ha maquillado, por lo que tiene los labios pintados de un rojo tenue; quiere morir bella, aunque deprimida. Pero no se mata por capricho de Virginia Woolf (Nicole Kidman), tal es la magia del cine y de la literatura. Producto de la impotencia, de la inmensa cobardía, llora en la ancha cama de ese hotel tan idóneo para mujeres suicidas que no obstante ha desaprovechado.

En paralelo, aunque lejanos en tiempo y espacio, se encuentran los otros dos personajes femeninos de The Hours. El personaje de Meryl Streep, Clarissa Vaughan, también llora, pero su llanto es distinto: apenas está empezando a humedecérsele la vista y aparece su hija, con quien entabla una conversación que le permite superar momentáneamente el dolor y las lágrimas desaparecen. Porque Clarissa puede hablar y sosegarse, como una persona madura y civilizada. Por su parte, en una Inglaterra freudiana, Virginia Woolf no llora, ya que no es más que un artista histérica: ella simplemente se exalta, grita y rezonga frente a su esposo, un buen hombre que la soporta con la entereza de un santo penitente.

Laura Brown, en cambio, está sola e incomunicada, en las antípodas de la Woolf y muy lejos de Clarissa. Todos los personajes de Julianne Moore son más o menos así: mujeres solas, con amigas falsas y mediocres que tienen una visión superficial de ellas, dado que las ven hermosas, casadas y perfectas (porque los vestidos no se les arrugan, tienen maridos exitosos y saben hornear un pastel en su punto). Así lo expone la amiga enferma de Laura Brown (una efectiva Toni Colette), quien va a decirle a su casa que siente envidia de ella, porque tiene un marido y un hijo. Laura agacha la cabeza y no dice nada. Se traga la pena interior. Se ha hecho mayor sin darse cuenta, ya que en el fondo sigue siendo la misma muchacha del instituto que, según su esposo, era “extraña, frágil, tímida”. No ha cambiado nada, a ojos del marido, un buen hombre que viste corbata y trabaja todo el día, cuya única recompensa es cenar junto a su único hijo y su mujer hermosa, a la que no conoce en el interior. Porque ella llora sola, ahora, suavemente, sin hacer ruido, en el baño, mientras le miente con dulzura (le dice que se está cepillando los dientes). Porque él no sabe la verdad, que la vida de Laura es miserable, pero no es su culpa tampoco: no tiene luces para entenderla, porque nadie puede. Ella sabe que está sola y lo acepta y no necesita limpiarse los lagrimones. Solo cierra los ojos y las lágrimas se guardan solas, mágicamente. Laura apaga la luz y su esposo está tan ciego que no notará nada.

Y claro, en la última parte de The Hours descubrimos que la tortura de Laura Brown se prolonga durante décadas: no hay mayor dolor que sobrevivir a esa única familia (marido e hijo) a la que ella misma abandonó. Toda la confesión terrible de Laura hace llorar, finalmente a Clarissa, Meryl Streep; porque Clarissa no es tan egocéntrica ni torturada como Laura y llora más por la tragedia ajena que por la miseria propia. Laura Brown ya no tiene lágrimas para entonces, porque debe haber llorado la historia mil veces, en un país nuevo, Canadá, abrazada a la almohada y sin un marido que la espera sin saber nada de lo que le pasa, pero que al menos estaría a su lado creyendo que se encierra en el baño para cepillarse los dientes. Pobre Laura Brown, solo logra la paz cuando se reconcilia con sus congéneres mujeres, la sororidad, como diría Miguel de Unamuno: eso representa el abrazo de la hija de Clarissa, la hermosa muchacha que interpreta una juvenil Claire Danes. Por eso Julianne Moore ya no llora en su escena final, solo se le humedecen los ojos. Pero se le perdona: es un acto reflejo, no puede evitarlo.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Las lágrimas de Julianne Moore/ Tribulaciones de un ama de casa I

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