Las lágrimas de Julianne Moore: Tribulaciones de un ama de casa II

Far from Heaven

Julianne Moore es Cathy Whitaker, un ama de casa primorosa de un buen barrio de  Hartford, Connecticut: usa guantes largos para conducir el coche y suele llevar vestidos rojos y verdes, con faldones enormes de caída exacta. En el mundo de Cathy Whitaker todo es dulce, claro y limpio: no por nada el latiguillo de su personaje es lovely, ‘encantador’. Un niño le sonríe y eso es lovely. El jardinero le da una flor aromática y es lovely. Su empleada se despide luego de su jornada laboral y es lovely.

La catástrofe en su vida empieza cuando descubre la infidelidad flagrante de su esposo. Entonces la vemos correr, alterada, escapando de la pavorosa escena que acaba de ver. Si llora entonces no lo vemos: las lágrimas se las guarda para más adelante.

Antes del fin de la primera hora, Cathy solloza intentando contenerse, hasta que no puede más y lo bota todo, ya que el estado de su matrimonio es crítico y no puede seguir manteniendo su imagen perfecta frente a la gente: ese llanto se lo ofrece a Raymond, el jardinero, marginado por ser de raza negra, a quien desde el inicio de la película mostraba una simpatía que para el resto del pueblo resulta primero curiosa y luego chocante. Raymond es un hombre sensible y sabe aliviar las penas de una mujer. Así que le propone escapar de la jaula de dolor que es aquella hermosa casa de Nueva Inglaterra: ¿le acompañaría la señora Whitaker a recoger flores? Aunque duda al inicio, Cathy accede y lo goza. Montada en la camioneta de su jardinero, ella es feliz como un niño sin escuela. El otoño y todos sus matices de amarillo enmarcan ese escape momentáneo hacia la serenidad y la belleza, que se redondea con una cena sencilla y la canción que bailan juntos. Son tales los momentos más lovely de la película. Sin embargo, la presión social hará que Cathy rompa su amistad con Raymond. En consecuencia, ella llora de nuevo cuando debe renunciar a verlo. Pero hay más: la cuota de lágrimas en Far from Heaven es realmente alta.

Lejos del jardinero y con la ruptura marital cada vez más cerca, se aferra al recuerdo de aquel: queda claro, para quien la escucha hablar sobre Raymond y lo que vivieron, que está enamorada, aunque nunca lo admitiría; tal vez ni siquiera podría verbalizarlo. La muestra patente de este sentimiento es el diálogo que sostiene con Raymond, cuando va a buscarlo a su casa y este le dice que, luego de todo lo que ha pasado (no solo lo acosaron a él, sino que lastimaron a su hija), ha decidido mudarse a Baltimore. Entonces, allí, cara a cara, Cathy con el pañuelo lavanda (aquel con el que todo empezó, el que recogió Raymond cuando se vieron por primera vez), mirándolo emocionada, como temblando, le dice que tal vez ella podría ir a visitarlo a esa nueva ciudad donde va a vivir. Es el momento culminante. Ella le pide que la llame Cathy y ya no “señora Whitaker”. Lo está mirando con ojos de amor y le dice que nadie los conocerá allí, en Baltimore. Que podrían ser libres. Sin embargo, Raymond es más prudente (es viudo) e intenta explicárselo, decirle que debe proteger a su hija y no arriesgarlo todo por una aventura.

Rechazada amablemente, Cathy se da vuelta, ya no puede verlo a la cara, no puede resistirlo. Se marcha sin decir nada y aquel llanto que inicia mientras da sus primeros pasos se prolonga hasta su misma cama, donde la vemos, tendida y sola, llorando como solo puede llorar alguien que sabe que no volverá a ver a quien ama y lo ha perdido todo. Son los sollozos más fuertes que le he escuchado emitir a Julianne Moore en película alguna suya.

Y luego de la tormenta, la calma. Cathy tiene una ocasión más de ver a Raymond, el día de su partida a Baltimore, en la estación de tren, que es el cronotopo romántico burgués por definición (¿recuerdan la escena de la partida en El secreto de sus ojos? Soledad Villamil persigue, en vano, el tren que lleva a Ricardo Darín a una remota Jujuy, lejos de ella y de ese romántico y brumoso Buenos Aires del café Los Inmortales; otra escena para llorar). Cathy lleva otra vez el pañuelo lavanda, con el que todo empezó con Raymond, llega al andén y hacen contacto visual. Él lleva un abrigo que imaginamos pesadísimo, detenido en la puerta del vagón y la agitación alrededor no importa. Se están mirando. Ella con los hermosos ojos claros. Él con la serenidad de los labios juntos (no apretados) y las solapas en su sitio. Y son segundos eternos que nos hacen pensar en aquellas escenas torturantes de Los puentes de Madison (¿Francesca abrirá la puerta?; tiene la mano en la palanca) o Casablanca (¿Se quedará Ilsa con Rick o se subirá al avión?). ¿Se irá Cathy con Raymond? ¿Qué espera? Podría subirse al vagón con él, abandonar a su hijo y esa ciudad de gentes racistas y mezquinas. Pero ella solo quiere verlo, contemplarlo. ¿Qué espera? ¿Que le diga “sube, ven conmigo y todo volverá a empezar”? No lo sabemos. Lo que sigue es Incipit vita nuova. Cathy hace solo un amago de llanto, que se le queda atascado. Se da vuelta y se sube al coche donde está su hijo. Ya no llorará más. Ese es, realmente, el fin de la aventura de Cathy Whitaker.

The Shipping News

Julianne Moore tiene un personaje secundario, Wavey Prouse, un ama de casa sola que teje y administra una guardería en un lugar perdido de Terranova. Kevin Spacey es el protagonista de esta película. Él encarna a un meditabundo Quoyle, en un papel que recuerda al que hizo en Belleza americana: un sujeto mediocre, deprimido, adulto de  mediana edad, sin expectativas ya, que se encuentra hundido en una ciudad gris de Upstate New York, mendigando el amor de una mujerzuela y criando solo a una hija pequeña. Un golpe de la fortuna (aparentemente mala fortuna al inicio) produce un cambio radical en su vida, porque la vida siempre da sorpresas cuando menos te lo esperas: viudo, acepta la invitación de su tía para irse a vivir con su hija al antiguo pueblo de pescadores de donde venía su padre, en Terranova. Allí conoce Quoyle a la suave y tejedora Wavey, cuya vida es solitaria y esencialmente triste. Inclusive cuando ríe, sus ojos son tristes. Porque es viuda. Porque tiene un hijo tímido, de gafas, poco activo. Como Wavey, el pueblo también es triste: casi todos tienen un muerto en la familia ahogado en el mar, que lo devora todo. Su relación con el mar es conflictiva: este los provee de lo necesario para la vida, pero también se la quita.

El dolor de la viuda Wavey es profundo y no acepta que su relación con Quoyle vaya más allá de la amistad y así se lo hace saber bien pronto. Pero la vida sigue y los amigos siguen pasando tiempo juntos: son viudos que crían a sus hijos y se hacen compañía. De hecho, así, se les ve felices, más que si estuvieran casados. El punto de quiebre para la historia entre ambos será el accidente en el que Quoyle casi se ahoga. Entonces Wavey se acerca a él y se muestra más receptiva. Al inicio, Quoyle no se lo cree, por lo cual ella debe aclararle que ya superó aquel luto suyo.

Para un registro del llanto cinematográfico de Julianne Moore, esta película tiene una singularidad: en The Shipping News, Quoyle llora mucho antes que Wavey, porque es un hipersensible, un pasivo agresivo, un fulano que no mata una mosca, pero que puede herir con sus silencios, con indiferencia, producto de su crianza con un padre violento (del cual después viene a descubrir que violó a su propia hermana, o sea la tía de Quoyle). Wavey solo llora en la segunda hora de la película, cuando le revela a Quoyle lo que hay detrás de su falsa historia de viuda: que no lo es, que fingió ser una viuda para ocultar el abandono de su esposo, cuando ella aún estaba embarazada. ¿Puede haber mayor desdicha que esa para una mujer? Como no soportaría que Quoyle la viera llorar, se encierra en la cocina, abrazada a su hijo y llora a placer, la mano en la boca y los ojos apretados.

El encuentro final, cuando Quoyle y Wavey sellan su amor, es efectista: ¿hay cosa más tópicamente romántica que declarar tu amor, con un beso y todo lo demás, hasta pasar la primera noche juntos, mientras una tormenta fuera de tu tibio dormitorio amenaza con destruirlo todo? Onetti lo sabía y lo dejó escrito en 1939: en El pozo, Eladio Linacero decía que hay belleza en una muchacha que se refugia contigo en una cabaña, en plena noche tormentosa, y se tiende en una humilde cama de hojas, con el cuerpo tiritando.

La tormenta en The Shipping News (como en tantas otras narraciones) opera como una renovación vital. Al derrumbar la vieja casa familiar se acaba con los fantasmas, los viejos traumas, y Quoyle puede mirar ahora sí hacia delante: con su tía (quien había sido ultrajada por el padre de Quoyle), su hija (que fue vendida por su madre, aunque rescatada a tiempo) y su nueva pareja, Wavey (abandonada por su esposo) y su niño tímido. Una familia de desgraciados que son redimidos por el dolor compartido y el tesón de soportar el día a día juntos en un lugar tan lejano y frío como aquel.

Para cerrar esta entrada con una sonrisa, he aquí la parodia infantil de Far from Heaven en versión Plaza Sésamo: Far from Seven. Nótese la prenda lavanda otra vez y la actitud de mujer lovely de Julianne Moore, no muy distante de la Cathy Whitaker original.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Las lágrimas de Julianne Moore: Tribulaciones de un ama de casa II

  1. R. dijo:

    Julianne Moore, notable actriz que merecería tener ya un Oscar (lo perdió injustamente ante Nicole Kidman hace casi diez años) Tiene muy buenos papeles, aunque creo que nunca estuvo mejor (ni más bella) que en “The end of the affair” Ojalá te animes a escribir algunas líneas sobre este melodrama.

    R.

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