Lenguaje y castración en “Los cachorros”

Publicada en 1967, Los cachorros se ocupa del mismo mundo juvenil referido en Los jefes (1959) y, en parte, en La ciudad y los perros (1963). Se trata de lograr una reproducción en miniatura de un determinado sector de la sociedad peruana: la burguesía miraflorina de los años cincuenta, es decir el mundo del Alberto Fernández de La ciudad y los perros. Pero si en esta última el concepto de perro alude al hombre vuelto animal, carente de razón y mero seguidor del instinto, el de cachorro de la obra que nos ocupa alude al adolescente mucho más insignificante y ridículo en su exaltación: el cachorro no puede más que jugar a ser perro, pues está camino de serlo, está incompleto.

Los cachorros de la novela en cuestión forman un grupo compacto al cual busca integrarse desde la primera página aquel muchachito esforzado que es el protagonista, Cuéllar, víctima de un accidente posterior -la castración a causa del ataque de un perro- que vuelve su pretensión vana e infructuosa. Estos golpes que se da Cuéllar contra su grupo, al cual no se siente inscrito del todo, le dan a la obra un tono ridículo y a la vez melancólico, deprimente: Cuéllar no puede entrar y todos sus intentos son inútiles. ¿Por qué no puede? Porque es un castrado. En ese mundo machista y violento de la obra la castración es fatal. En sentido metáforico, esta última configura “a dramatic exposition of the spiritual and social castration of the group, of the collective” (Angvik, 1997: 123). Así, la castración individual, física, de Cuéllar permite contemplar de cerca la castración simbólica de su entorno inmediato. Por ello, el presente artículo ofrece una lectura de Los cachorros basada en términos de la alienación (concepto tomado del análisis de J. M. Oviedo) padecida por los chicos a flor a piel en el plano lingüístico y la consecuente castración a la que estos se ven sometidos por su medio social, revelada por el emasculado Cuéllar, privilegiado y degradado a la vez dentro del texto.

La idea de alienación lingüística se extrae de un hecho sobre el que Oviedo llama nuestra atención: “Los muchachos [de Los cachorros] repiten mecánicamente las fórmulas verbales que difunden la radio y la jerga deportiva” (1982: 205). Pero, como veremos, los adolescentes de la novela adoptan con facilidad camaleónica muchos otros registros lingüísticos. Tradicionalmente, se asume la alienación como el proceso de hacer ajeno al individuo: en este caso, aquel deber ser que se le impone al burgués. La alienación lingüística, específicamente, sería adoptar una manera de hablar prestigiosa, la del grupo en el que uno intenta inscribirse, y exhibirla como una señal de identidad. Conforme los chicos crecen -en su tránsito de cachorros a perros, diríase- su habla cambia. Cuando aún son niños y se vuelven fanáticos del fútbol adoptan el lenguaje de tal deporte. Este lenguaje nuevamente adquirido sería un lenguaje alienado (…)

El artículo completo acaba de aparecer en Lexis. Revista de Lingüística y Literatura 36.1(2012): 145-154.

Fotografía de Xavier Miserach, proveniente de la edición original de “Los cachorros” (Barcelona, Lumen, 1967).

 

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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