Cortas rioplatenses

Intentando aprovechar el descanso de otoño, uno se propone cubrir asignaturas pendientes o, siquiera, tener un tiempo para explorar libremente cosas nuevas. Me gustaría compartir contigo, oh lector carísimo, dos noticias. La primera es que descubrí por accidente, como ocurre a menudo con las cosas mejores, el blog de Arturo Pérez-Reverte, llamado “Novela en construcción”: la bitácora en la que vuelca ideas, fragmentos e inquietudes que han ido apareciendo conforme avanzaba su nueva novela (que aparece en noviembre) El tango de la guardia vieja, un viaje nostálgico, sofisticado, con las dosis de misterio y aventura que recordamos con beneplácito los que disfrutamos El club Dumas y La tabla de Flandes, entre otras obras del cartaginés: en esta ocasión, los hechos van de Montecarlo al Río de la Plata, con tango, un amor, el desafío que supone el buen arte de la composición y la parafernalia histórica monumental que nos tiene acostumbrados el mordaz autor de La sombra del águila. Lamento haber descubierto el blog tarde –porque estimo que debió ser apasionante seguir sus entradas según aparecían y no todas juntas ya-, pero aún hay mucho para alimentar la imaginativa:

http://novelaenconstruccion.com/

La segunda noticia es más bien un aviso o una invitación a la lectura. En dos vuelos de dos horas cada uno y una parada en el siempre acogedor aeropuerto de Atlanta (no es ironía), me sumergí en El paisano Aguilar (1934) de Enrique Amorim, novelista de la Banda Oriental que merecería, creo yo, mejor fama que la que le viene otorgando la crónica novelada El amante uruguayo. Reconocido y alabado por Borges, que de literatura y de la fascinación pampeana algo sabía, El paisano Aguilar relata el regreso a la pampa de un joven acomodado, nostálgico de una niñez campestre; añoranza que le ganó entre sus condiscípulos del urbano colegio donde estudiaba precisamente el mote de paisano. A la vuelta a sus tierras de El Palenque, Aguilar experimenta dificultades, inesperadas, para adaptarse, hasta verse envuelto en una transformación que trae consigo viejos fantasmas íntimos y familiares. Extinta ya la novela gauchesca con Don Segundo Sombra (1926), la novela de Amorim es una vuelta de tuerca del género que no sería otra cosa que el tránsito del gaucho, como antihéroe romántico,  al paisano existencialista, dubitativo, sin certezas en torno a lo que debe hacer, indeciso entre el campo y la ciudad: seducido por la figura del contrabandista (lo más cercano a la vida gauchesca que es ya una leyenda), víctima de la molicie del campo, oscila entre una barragana y una novia formal, perseguido por la sombra de un padre machista y adúltero.

Al final, atado al campo sin remedio aparente (ya que sus planes de fuga se arruinan con la muerte de don Farías, una especie de don Segundo Sombra, que emblemáticamente desaparece en un acto heroico), la novela acaba con un final abierto, que insinúa una continuación. Esta se llama El caballo y su sombra (1941). La leeré, Deo volente, antes de fin de año y ya la comentaré aquí en su momento. Si bien hay edición más reciente por la editorial Alcalá, la misma que ha publicado la mediática El amante uruguayo, recomiendo leer El paisano Aguilar en el volumen de la colección Biblioteca Contemporánea de Losada. Alergias aparte, se encuentra allí el placer de lo vetusto y la tipografía de nuestros clásicos.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Cortas rioplatenses

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