Las lágrimas de Julianne Moore: la incomprendida Clarice Starling

Evidentemente, Julianne Moore no es Jodie Foster. Esta, pese a su aparente fragilidad, es dura: sus ojos grandes y fijos te pueden aniquilar. En Hannibal, Julianne Moore, fiel a su estilo, creó una Clarice Starling vulnerable, aunque pretenda reflejar dureza. Es cierto que Jodie Foster también parecía frágil en El silencio de los corderos, pero se supone que la Starling de entonces era una jovencita provinciana, aún estudiante en la academia de policía. Ahora, en Hannibal, Starling es una mujer madura y tiene una carrera detrás. Pero Julianne Moore, con esa palidez de papel satinado, transmite poca fortaleza, que intenta compensar con aparente frialdad. Para empezar, se viste mal: usa gorras de béisbol, chaquetas casuales, pantalones deportivos anchos y sin gracia. Apenas se maquilla. Parece disfrazada, sabiendo lo bien que le sientan los faldones rojos y verdes de otras películas. Como Starling, lleva el cabello liso y largo, sin ningún aderezo ni vuelo, o recogido en una insípida cola de caballo. Cualquiera pensaría que es una jockey mom, aunque con una pistola en la sobaquera. Pero ese es otro problema de la película: ¿no es ridículamente inverosímil ver a Julianne Moore corriendo y apuntando con un arma?

Este desajuste entre el perfil de la actriz y lo que pretende ser genera confusión y vuelve la película extraña e inefectiva. De hecho, podría decirse que Julianne Moore sobreactúa aquí. Cuando se produce el secuestro de Hannibal y marginan a Starling de la investigación posterior, los ojos le tiemblan, brillantes, y parece que va a llorar, pero se contiene, porque sería una Cathy Whitaker cualquiera. Entre sus colegas del FBI le han hecho fama de histérica y están muy en lo cierto: Julianne Moore interpreta a una Starling consumida por la histeria, un rasgo que le sentará de maravilla en Magnolia, pero aquí no.

La fragilidad de Juliane Moore-Starling se hace evidente incluso cuando va a rescatar a Hannibal. No solo es una inútil con los disparos (¿te imaginas a tu madre disparando un arma? Con Julianne Moore es lo mismo), sino que resulta herida y es finalmente rescatada por quien debía ella rescatar. Con ello, la actriz es fiel al instinto de víctima sufrida que suele encarnar en sus papeles. Y hasta ha usado un disfraz cómico en ella: pantalones cargo verdes y botas militares, con una camiseta negra; pretende ser la novia de Rambo.

Quizás la última parte de la película supone una reivindicación del personaje diseñado por Julianne Moore. Hannibal le cura la herida, la maquilla y la viste a su gusto. Es como su muñeca: viste las sandalias Gucci de tacón que le compró y el memorable vestido negro escotado de Mark Bouwer. Ciertamente, la Foster no hubiera permitido que la disfrazaran con ese vestido negro y las sandalias a juego. La escena es demasiado irreal, imposible para Jodie Foster, pero no para Julianne Moore, cuyos personajes están acostumbrados a actuar para otros: ¿no es una convincente actriz la Cathy Whitaker que tiene aquel latiguillo de lovely a flor de labios? ¿No está actuando la Wavey Prouse de The Shipping News, cuando pretende hacer creer a todos que es viuda cuando en realidad fue abandonada?

Esta es la Starling más lograda de Julianne Moore: lerda, sus movimientos torpes de drogada, con la mirada lánguida, vestida de fiesta. Aquí también le cuesta respirar y tiene la belleza de la convaleciente a la que nos tiene acostumbrados. Solo en este momento la Starling de Hannibal se parece más a una protagonista típica de Julianne Moore. Por eso afirmo y sostengo que el personaje de Moore en Hannibal es incomprendido, dado que la gente lo juzga con los parámetros de Jodie Foster y el papel no tiene nada que ver con la Starling que ella diseñó en El silencio de los corderos o que hubiera podido llevar a cabo en una continuación.

Si Hannibal es una película fallida, lo es porque no logra superar convincentemente el legado de El silencio de los corderos. Lo oscuro y grotesco de esta última se vuelve impecable y tan pretenciosamente perverso que cae en el exceso. La rugosidad de las paredes de la celda de Hannibal en El silencio de los corderos se vuelve terciopelo sin matices en esos entornos decadentes entre Washington DC y Nueva Inglaterra donde se ambienta Hannibal. En medio de esa exuberancia y refinamiento de sangre, se encuentra la mujer objeto en que se vuelve Starling, en el papel que Julianne Moore hace mejor: el de hermosa pasiva, la víctima del dragón al que un San Jorge debe descabezar mientras ella observa muda, vuelta donna angelicata. Y allí está, imbuida y tan natural en ese vestido de cóctel que Jodie Foster no hubiese aceptado llevar puesto jamás. Cierto, se llena de asco con la cena caníbal, pero no llora, solo hace muecas y pucheros, con cara de intriga, aunque disimula el miedo.

Durante toda la película, Julianne Moore se niega a llorar. Solo vierte una lágrima (una y nada más), cuando Hannibal la besa. ¿Será acaso una ofrenda de amor? Esa es la contribución de Julianne Moore al personaje de Starling: la empapa de vulnerabilidad y, con ello, la vuelve estereotipadamente femenina.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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