Las lágrimas de Julianne Moore: la meretriz y la arribista

He aquí dos películas en las que Julianne Moore participa como actriz de reparto y ofrecen interesantes variantes de su papel acostumbrado de mujer melancólica, hermosa y vulnerable.

En Boggie Nights, ella es Amber Waves, actriz que tiene una voz aflautada y mira con ojos eternamente alcoholizados o intoxicados por alguna sustancia. Según su pareja, el director de cine para adultos Jack Horner, ella es “una madre para todos los que necesitan amor”. Y en medio de aspiraciones de cocaína, sí que lo es, ya que cobija a los jóvenes, como Rollergirl y Dick Digler, cubriendo sus carencias afectivas. Pero Amber no se llama Amber, se llama Maggie en realidad y, zafada de su maternal actitud hacia los que ingresan a ese negocio tan sucio y perverso, lleva una vida triste, la cual nosotros apenas vislumbramos. Durante las casi tres horas que dura Boogie Nights, Julianne Moore solo llora una vez, para demostrar ese otro rostro de su personaje aparentemente tan risueño y maternal. Amber/ Maggie tiene una confrontación con su ex esposo, quien la deja sin argumentos frente a la jueza que debe decidir las condiciones de custodia del hijo de ambos. A la salida del juzgado, la vemos llorar sola, junto a la pared, con la mano en los ojos, abrazándose a sí misma, porque no tiene a nadie (ella que es la madre de todos), porque es una drogadicta, con una pésima reputación frente a la gente decente, por lo cual no podrá volver a ver a su hijo. La película nos priva del espectáculo de su llanto, del que solo tenemos un destello luminosísimo en esa pared de oficina pública. De manera que ella, la buena Amber, sufre, se droga, se prostituye frente a la cámara y finge que la vida es dulce. Salvo la promiscuidad y la drogadicción, Amber no se diferencia mucho del personaje de ama de casa atribulada e hipersensible que actúa para agradar a los demás y hacerles la vida menos dolorosa: total, Julianne Moore está acostumbrada a arropar a otros sin que nadie la arrope a ella.

En Savage Grace, Julianne Moore interpreta a Barbara Baekeland, la esposa del heredero del imperio de la bakelita. De origen humilde, diríase que Barbara fue una cazafortunas a la que le salió todo bien: se casó y tuvo un hijo con un millonario. En alguna parte de la película ella misma resume su vida en un solo consejo que le dio su madre: Find the man. Y Barbara lo había encontrado. Su problema reside en que es, aunque intente disimularlo, una mujer esencialmente vulgar: no solo se viste un poco atrevidamente para su edad y condición económica y social, sino que es coqueta sin estilo, fuma como una chimenea, sonríe falsamente y usa palabrotas. Julianne Moore logra plasmar todas estas características de manera muy eficiente. En su rutina de fiestas y cócteles en los mejores lugares de Nueva York, Barbara tiene amplio terreno para dejar evidencia de su torpeza y vulgaridad permanentes, ya que habla de lo que no sabe, es impertinente y, lo peor de todo, en su intento de impresionar a los demás queda en ridículo y salpica la vergüenza sobre su esposo (un dandy distinguido al que las acciones de Barbara irritan) y más tarde sobre su hijo, que pagará las consecuencias de una educación viciosa y descaminada.

Un ejemplo de esta actitud de mujer ignorante y presumida se da en aquella escena en que Julianne Moore hace referencia, curiosamente, al Perú. Su esposo, cual otro Indiana Jones, va tras las huellas de los incas rebeldes y monta una expedición a… ¿a dónde, querido? ¿Villa…?. “Vilcabamba, aclara el esposo abochornado. El mundo de Savage Grace es el de ricos que (contra la idea común en torno a la clase alta) se aburren a causa de una vida tan cómoda. Como no tienen grandes dificultades, se agobian y fatigan en frivolidades: se lanzan indirectas y pullas sutiles, ríen con hipocresía y celebran los disparates de la ordinaria Barbara, aquella cazafortunas sin estilo que se ha encumbrado. Miren cómo se ríe: abre la boca y emite una risa ruidosa, infecta, desatada, que casi ofende en un salón como ese. Su marido, dueño de un patrimonio inmenso, es un millonario de toda la vida, un hombre de cuello fino y gemelos de oro que se conduce por la vida con la seguridad de que es un príncipe moderno, lo fue y lo seguirá siendo. Todo lo que en él es natural, en ella es afectación, solo brillo y oropel.

Su rutina de millonarios es sumamente monótona. Barbara, su esposo e hijo hacen vie de château: duermen hasta tarde, almuerzan, leen o despachan cartas, pasean, reciben visitas, cenan y se van de fiesta hasta que asoma el sol. Y así sucesivamente, día tras día. Barbara, que supuestamente habrá deseado esto toda su vida, es insoportable. Hostiga a su hijo, su esposo y todos los que la rodean; en respuesta, la gente le devuelve su vulgaridad con idéntica vulgaridad. En la relación con su marido, estas fricciones se solucionan con sexo, el cual se convierte para ambos en una lucha más.  Su esposo la ultraja y maltrata para devolverle aquella ingratitud y dolor que le inflige y más tarde la engaña, con alevosía y ventaja, sin escrúpulos. Barbara intenta replicar también con infidelidad, pero no se siente bien, por ello no puede evitar llorar después de consumada la traición. Pero es tan vulgar que no encuentra dignidad en sus lágrimas y se cubre los ojos con gafas oscuras. Barbara, como todas las heroínas de Moore, está sola y nadie la entiende. Lo trágico aquí, lo que diferencia a Barbara de otros personajes suyos, es que ella es, evidentemente, una mala mujer.

Con una madre así de trastornada en casa y un padre ausente que se dedica a viajar con su amante, el hijo único de la pareja está expuesto a lo peor. Se vislumbra la tragedia. A la corrupción social y sexual del hijo por las malas compañías, a la sombra de una España veraniega y libertina representada en Savage Grace, se le suma la tragedia del incesto con aquella madre ignorante y malévola que, paradójicamente, cree hacer lo correcto. Recordemos que Savage Grace, finalmente, es la historia de un hijo perturbado que deviene en asesino de su propia madre, el producto de una pareja destrozada de antemano: la que conforman la mujer arribista, cínica y sexualmente manipuladora que es la Barbara que diseña Julianne Moore, cuyos vestidos rojos y tacones a juego son aquí menos artísticos e impresionistas que en Far from Heaven y más bien prendas de ruborizar y seducir, como aquella dulce boca que a gustar convida de la que hablaba el poeta, la misma en cuyos labios se encuentra la ruina moral y social. En Savage Grace, por último, Julianne Moore nos ofrece la faceta degradada y grotesca del arquetipo de la esposa ideal que tan bien conoce y por ello pudo subvertir con tanta efectividad.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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3 respuestas a Las lágrimas de Julianne Moore: la meretriz y la arribista

  1. Barbaro Comensales dijo:

    Hay Bárbaras y Barbaras, no metamos a todas en el mismo saco. Terminarán paranoicas todas? … Y Ana Barbera…. ahps!!!

    Leemos tus actualizaciones con asuidad. Buen blog. Que buen chifa.

  2. Pingback: Las lágrimas de Julianne Moore: una reina triste sin llanto | Oro de Indias

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