¿La cueva de Montesinos en “Los detectives salvajes”?

Publicada en 1998, Los detectives salvajes representa un proyecto narrativo que, sin negar los aportes de la “nueva novela” de Boom, se propone otra forma de novelar. La novela de Roberto Bolaño posee una estructura episódica, en la mejor tradicion de la novela prerrealista con Don Quijote a la cabeza, y una permanente reflexión metaliteraria. La unidad de Los detectives está sostenida no por un hilo dramático, sino por la persecusión de las aventuras de la pareja protagónica, Arturo Belano y Ulises Lima, las cuales son narradas desde puntos de vista muy diferentes todo el tiempo. Este recurso provoca un perspectivismo que enriquece muchísimo la novela haciendo de ella una suerte de mamotreto, de expediente sobre estos “detectives” cuya trayectoria se observa también de forma “detectivesca”. El detective investiga la realidad, busca esclarecer un hecho, explicarlo. Se trata de encontrar el móvil del crimen, que en este caso es reemplazado por el hecho literario. Este método obedece a una manía romántica: buscar en la vida del escritor la explicación a su obra. Tal es la razón de ser de la búsqueda de Cesárea Tinajero por Ulises Lima y Arturo Belano, los “detectives” que le dan título a la novela, y también es tal la forma en que se ausculta a los personajes.

El hecho de no contar con los testimonios directos de la pareja protagónica y conocer sus hechos a través de otros convierte la obra en el resultado de una búsqueda infructuosa, una historia mediatizada, contada a medias. Esta mediación es una virtud dentro de Los detectives salvajes, un objetivo de la novela, la cual nos propone una realidad inasible. Si la “novela total” del Boom, a la manera vargasllosiana, intenta ordenar el caos del mundo e insertarlo en una estructura compleja pero coherente, dentro de un sistema de reglas fijas (monólogo interior, vasos comunicantes, etc.), la novela de Bolaño explota las formas de narración más tradicional (la unidad disgregada que otorga  el modelo narrativo episódico o el relato fuertemente oralizado en primera persona) y las pone al servicio de propósitos más cercanos a una estética postmoderna, en la cual se plantea la incapacidad del discurso para reflejar la experiencia de la realidad. En Los detectives salvajes todo es discurso: la realidad es tan inestable como la perspectiva que adopta cada personaje (algunos de ellos en definitiva locos y otros simplemente perturbados: Quim Font, el austriaco Heimito, José Lendoiro, etc.) al momento de dar su versión de los hechos. Esta autorreferencialidad se vuelve mucho más patente cuando se observa el fenómeno de la metaliteratura de forma tan constante a lo largo del texto.

La metaliteratura, la reflexión sobre asuntos literarios dentro de la novela, nos conduce hacia uno de los temas principales de Los detectives salvajes: el problema de la interpretación. Todos los personajes quieren comprender poemas, actos y personas. Hay una constante búsqueda del significado, labor que, dentro de la novela, resulta una empresa imposible. Al final, todo son lecturas (distintas maneras de ver o de opinar) más o menos subjetivas. Cuando las interpretaciones se plantean, resultan muy libres, resaltando la subjetividad de las mismas (cuál es el significado del poema de Cesárea Tinajero, por ejemplo). Y es que no hay método posible para leer el “realismo visceral”. En ese sentido, toda la novela estaría escrita siguiendo la tendencia realvisceralista.

Ahora bien, si “una de las premisas para escribir poesía preconizadas por el realismo visceral, si mal no recuerdo (aunque la verdad es que no pondría la mano en el fuego), era la desconexión transitoria con cierto tipo de realidad” (pp. 19-20) como lo afirma Juan García Madero en las primeras páginas de la novela, la realidad se asume como fragmentada, compleja. A este propósito, nos interesa comentar el capítulo 20 de la segunda parte de Los detectives salvajes, el cual contiene la historia del abogado y poeta José Lendoiro y su relación con Arturo Belano. Este episodio explica la manera en que funciona la novela: como una pesquisa en torno al sentido de la vida a través de la literatura y al revés (explicar la literatura a través de la vida) que nos inserta en un círculo vicioso que conduce precisamente a los personajes de la novela a un laberinto sin salida, hasta extraviarse y perecer, como ocurre a los viscerrealistas, en los desiertos de Sonora u otros espacios tan o más tétricos y solitarios. Dentro de este episodio, la intertextualidad a flor de piel, que hace explícita el personaje narrador, se da con un cuento de Pío Baroja, “La sima”, el cual es empleado por José Lendoiro, el narrador, como clave de lectura tanto para la aventura de Belano de la cual es testigo como para comprender el derrotero que tomará su propia existencia a partir de entonces.

La relación de Los detectives salvajes con la aventura de la cueva de Montesinos en Don Quijote de la Mancha pretende iluminar un aspecto de la novela de Bolaño en aras de comprender su mecanismo de elaboración. El atractivo de la cueva de Montesinos reside en que pone en riesgo la verosimilitud de la narración, la estira, a la vez que evoca un tópico de raigambre clásica: el descenso a los infiernos, metáfora de un viaje interior. En Los detectives salvajes,  ese descenso, contado, interpretado y manipulado a placer por un desequilibrado Lendoiro, no trae más que mayores preguntas. Este personaje narrador, tal y como está diseñado, trae a la mente a otro extraño personaje cervantino, el Primo, testigo del descenso de don Quijote a la misteriosa cueva (…)

El artículo, cuyo título completo reza “¿La  cueva de Montesinos en Los detectives salvajes?(Los detectives salvajes, II, 20)”, fue publicado en el segundo número del periódico cultural Mnemósine. El texto en formato PDF se encuentra disponible en este enlace:

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