Imitación de Julio Ramón Ribeyro

Hace unos días tuve ocasión de ver una película sobre Manuela Sáenz, la amante de Bolívar. Viéndola, reparé en un detalle del que ya me había percatado en una serie francesa sobre Napoleón hecha años atrás y que también se encuentra presente en una película tan distinta como The Hours. Estas tres producciones pretenden ser biografías fidedignas de personajes singulares, caprichosos y más o menos extraordinarios. Pues bien, he aquí que ellos tres (Napoleón, Manuela y Virginia) tienen personas a su alrededor que los cuidan y cubren de un manto de protección incondicional. A Napoleón lo acompañaba Rustán, aquel mameluco de origen armenio (ahora se sabe) que le regaló un jeque en Egipto. El buen Rustán no solo acompañó al corso en todas sus campañas (aunque se negó a seguirlo al exilio en Elba), sino que dormía al pie de su cama, le preparaba el baño y hubiera dado la vida por él. Su condición de esclavo hacía su compromiso laboral indestructible, naturalmente, pero me gustaría pensar que en algún momento Rustán se dio cuenta de que su amo era un sujeto más que singular. Una situación parecida vive Manuela Sáenz, a quien seguían a todas partes sus dos esclavas, Natán y Jonatás, que murieron, poco antes que ella misma, a causa de la peste que asoló el puerto olvidado que era Paita a mediados del siglo XIX. Natán y Jonatás la siguieron en su arduo periplo amoroso persiguiendo a Bolívar y se dejaron la piel sirviendo a su ama, a la que al final de sus días inclusive tuvieron que ayudar a salir adelante con su discapacidad. De Virginia Woolf hablé en una entrada anterior, a propósito de The Hours y no dudé en calificar a su esposo de “santo penitente” por amarla y soportar su inestabilidad nerviosa. A diferencia de los dos casos anteriores, estoy seguro de que el señor Woolf reconocía la genialidad de Virginia y poseía la convicción de que todo lo que hacía por ella guardaba algún sentido para la posteridad.

Dados estos tres ejemplos, ¿no sería interesante postular que, generalmente, alguien más o menos genial o con una personalidad arrolladora tiene alguien que lo aguanta, lo venera y lo sirve incondicionalmente hasta el punto de convertirse en su lacayo? El problema, como siempre, es definir lo que consideramos genial o una personalidad arrolladora. Manuela era arrolladora en su época, tanto como María Félix o Frida Kahlo, quienes también contaban con sus respectivos lacayos.

Hay contraejemplos a mi propuesta, ya que sujetos poco geniales también contaron con lacayos. Entre ellos varios dictadores, como Francisco Franco. El gallego contó hasta el final de sus días con un asistente personal, Juanito, un hombre que le doblaba la estatura, fumaba y tenía pinta de galán antiguo estropeado; en cambio Franco era petiso, con un timbre de voz agudo algo irritante y el bigotito chaplinesco de oficinista sin mayores atributos. Otros caudillos menos sombríos y con grandes dotes han contado con lacayos. Pienso en el extraordinario Simón Bolívar, quien como cuenta Gabo en El general en su laberinto, tenía en José Palacios a su mayordomo y servidor incondicional.

En el campo de las letras, porque los intelectuales no se salvan, recordemos lo que cuenta Mario Vargas Llosa sobre su maestro, el eminente historiador peruano Raúl Porras Barrenechea: este contaba con una vieja ama de llaves, probablemente su ama de leche original, que lo cuidaba y administraba su casa miraflorina, recibía a los invitados y hasta regañaba a Porras como a un niño.

A veces pienso que me sentiría muy cómodo haciendo ese tipo de trabajo, o
sea sirviendo incondicionalmente a alguien que me resultara, sin lugar a dudas,
extraordinario o genial. Lo admito: yo le hubiera aguantado todo a Virginia Woolf, le
hubiera limpiado el orinal y otras excrecencias a Napoleón, molido los colores a
Velázquez o a Balthus. Pensando en los tiempos que corren, sería el asistente personal y limpiababas de Michael Gondry, o le cargaría las bolsas a Juliette Binoche, porque admiro su trabajo.

Me imagino que la satisfacción del lacayo reside en servir a alguien cuya superioridad (intelectual, política, económica, espiritual, inclusive) respecto de uno mismo está fuera de dudas. El que la persona que uno sirve sea única en su arte puede hacer sentir al lacayo que está contribuyendo a conservar ese brillo de genialidad y como resultado puede sentirse justificado en su pequeñez. Porque, como lo mostraba Milos Forman en Amadeus, es una tortura ser Salieri si tienes frente a Mozart, pero si no eres más que un afinador quizás sí gozarías trabajando cerca de Mozart: sentirías que tu trabajo coopera, sencillamente, con el suyo y que compartes, al menos de forma vicaria, parte de su genialidad, de su aura mágica. En García Márquez y yo, el cuentista Jorge Ninapayta narraba la historia de un humilde y anónimo corrector de estilo que se honró, en silencio, toda su vida por haber corregido una coma de vocativo en el original de imprenta de Cien años de Soledad. Un forma secreta, además de pulcra y aséptica, de ser lacayo de un genio y contribuir a que culmine su obra.

***

Hay que comprender a los lacayos o los que no aspiran más que serlo de otros. Porque si no eres genial o no buscas esa cercanía con alguien genial, ¿qué te queda? Ser un tipo vulgar, en vez de  aspirar a ser extraordinario infructuosamente. Haz de conformarte con tener una vida chiquita, de placeres mínimos. Yo experimento uno de estos cada vez que encuentro un restaurante chino barato y me vuelvo cliente habitual. Es un ejercicio que cultivo desde que vivía en el Perú.

En Lima, me fascinaba ir a un chifa (tal es el nombre que reciben los restaurantes chinos de mi país) en la avenida Petit Thouars, cerca de mi casa. De ser un delincuente, lo hubiera hecho mi base de operaciones. Iba con el gran Tito o solo, de madrugada, de vuelta de alguna salida nocturna, viendo cómo el cocinero chino salteaba la comida frente a mis ojos, con alguna mosca revoloteando y telarañas en los rincones. A esa hora solo echaban en la televisión los miniprogramas del doctor Julio Gagó y Rubén, quien siempre exprimía la oferta del doctor hasta el punto de sacarlo de quicio. Otras veces iba los mediodías del domingo. Entonces me distraía viendo la transmisión del fútbol por televisión. A esa hora, alrededor de la una de la tarde, solo jugaban en provincias, el Juan Aurich o el Alianza Atlético de Sullana, cualquier equipo chico del norte que llevaba a equipos de otras partes a ahogarse corriendo a esas horas tan cerca de la línea ecuatorial. Un abuso.

Por esos años también trabajaba en un barrio periférico y encontré un chino a la altura de mis necesidades económicas y espirituales; porque esto también es un ejercicio del espíritu, un ambiente que te hace sentir en casa o, mejor que eso, en una película en la que te sientes como en casa. Entre las diez y las once de la noche, el gran Tito y yo bajábamos a la avenida principal, Carlos Izaguirre creo que se llamaba, y nos refugiábamos en aquel restaurante chino cuyo nombre ya no recuerdo. Pedíamos el menú más barato, el de cinco soles, y nos pasábamos casi una hora allí, charlando (con Tito siempre teníamos cosas que contar, que diseccionar y deslindar), comiendo arroz frito, pollo en trozos y bebiendo esa gaseosa amarilla con sabor de chicle que solo existe en Perú. Al final de la jornada, cansados luego de enseñar, devorábamos esa cena junto a otros empleados sobreexplotados como nosotros lo éramos entonces y a veces familias enteras, con hijos y abuelos, que armaban mesas largas con fuentes y sopas humeantes. De fondo, se escuchaba la televisión que daba las noticias del día, siempre impregnadas de política y crímenes. Qué felices éramos entonces, llenándonos los estómagos jóvenes y hambrientos, inquietos y ansiosos. Qué relajados salíamos de allí, dejándole, como grandes señores, una moneda de un sol a la mesera, una muchacha de aspecto sencillo y probablemente provinciana que Tito, Rauf y yo bautizamos como la aldeanita. A veces, en un arrebato pigmaliónico, yo les decía que deberíamos acercarnos a ella, hablarle y ayudarla a salir de un lugar como ese, redimirla social y económicamente. Nunca lo hicimos y a veces pienso que la buena aldeanita sigue allí, limpiando las mesas de un restaurante chino de medio pelo en la avenida principal de los Olivos.

Años más tarde, en Chapel Hill, Carolina del Norte, encontré el Asia Café, un restaurante chino de paredes amarillas y grasientas, donde por cuatro dólares me daban un tazón enorme de arroz con pollo que devoraba hasta reventar. A veces, solo por placer, llamaba a Julián con cualquier excusa para que viniera a verme allí y charlar. Él nunca comía en el Asia Café, ya que, bendito él, tiene un estómago sensible y no habituado a tamaños asaltos. Yo, igualmente, me sentía como en una película de ladrones chirles que se citan allí para organizar un robo que los podría sacar de pobres. Memorables jornadas las del Asia Café: allí leí, comí y escribí mucho en el periodo 2008-2010, tanto o más que en la biblioteca Davis o en mi oficina compartida de Dey 214. Además, pensé en el pasado y en el futuro, afiné ideas para artículos o clases, tomé decisiones trascendentales y sostuve luengas conversaciones transatlánticas con mi hermana. Su olor penetrante, las moscas ocasionales y sus descoloridas paredes recreaban ese ambiente familiar de chifa barato de extrarradio que tanto añoraba; aunque no había aldeanita alguna aquí, ya que barato en Norteamérica supone autoservicio. Perdón por la tristeza.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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