Adolescentes de aquí y de allá: Juanito Marés, Jorge Malabia y compañía

Recuerdo haber pasado un fin de año, hace más de una década, leyendo Rabos de lagartija  (2000), entrañable novela que me introdujo a la obra de Juan Marsé. Se trataba de un auténtico viaje a otro mundo, tal es el poder de las buenas ficciones, al Guinardó de la postguerra, bajo el franquismo y la pobreza, males irremediables de la época. Y en medio de ese ambiente degradado, se encontraba la mirada adolescente, meditabunda, cuestionadora y soñadora de un muchacho, el protagonista, que fantasea con el aviador del humilde afiche en su habitación, con un padre ausente y una madre triste. Hace unos días, tuve un reencuentro con Marsé gracias a Teniente Bravo (1987), colección de cuentos que recoge todo el arte narrativo, estilo y temas, del autor catalán. Si bien todos los relatos del volumen son valiosos y de lectura placentera, me quedé dándole vueltas a Historia de detectives, el relato de una pandilla de muchachos adictos al cine que transforman una realidad miserable y sin estímulos en un mundo misterioso e intrigante a partir de su capacidad y, más que nada, urgente voluntad de fantasear en un barrio periférico sin emociones. Juventud conmovedora cuyo fulgor no deja de impactar, aunque pasen las décadas.

Ciertamente la adolescencia, como una etapa del desarrollo humano, es un invento moderno. En las comunidades antiguas, solo existía el rito de paso de niño a hombre. Pero la adolescencia en tanto periodo de transición en que la personalidad se asienta de la mano de cambios físicos acelerados no debe tener más de un siglo. En la tradición literaria contemporánea, la gentilmente llamada edad del pavo puede ser una etapa agitadísima y fundamental, como en la tragicómica Los cachorros (1967) de Mario Vargas Llosa, o triste y sentimental como en Los ríos profundos (1958) de José María Arguedas, o cinéfila, musical y acelerada como Caídos del cielo de Ray Loriga (1995). Por cierto, alguien debería en alguna ocasión explicar por qué en la literatura peruana abundan novelas especialmente sobre adolescentes (además de los mencionados Varguitas y Arguedas, me vienen a la mente José Diez Canseco, Oswaldo Reynoso –de quien hablaré más abajo-, Edgardo Rivera Martínez y un largo etcétera). En la península y en el Río de la Plata es más sencillo encontrar relatos sobre jóvenes que más bien ya están saliendo o acaban de salir del pavo. Junto al excepcional adolescente que es Silvio Astier en El juguete rabioso, pienso en el Martín de Sobre héroes y tumbas de Sábato y en el exiliado de una novela corta como La vecina orilla; pienso en el protagonista de Historias del Kronen o un muchacho como el Lázaro de las Nuevas andanzas de Lazarillo de Tormes. Me parece que Miguel Delibes se siente más cómodo escribiendo sobre niños (El príncipe destronado, parcialmente La sombra del ciprés es alargada y la nostálgica El camino) que sobre adolescentes. Mención aparte a Juan Marsé, cuyo Juanito Marés es aquel alter ego adolescente, aprendiz de antihéroe romántico, que reaparecerá evocado como leyenda en El fantasma del cine Roxy.

Jorge Malabia según Luis Pérez

Jorge Malabia según Luis Pérez

La forma de pasar los días de Juanito Marés y su pandilla, viviendo su vida como una película, buscando oportunidades para desatar la imaginación, me recordó a otro soñador empedernido, aunque menos pavo y más bien aspirante a gallo de mucha estaca: Jorge Malabia, de la prominente familia Malabia de Santa María, cuyo abuelo fundó El Liberal. Jorgito, como lo llama entre displicente y simpática aquella voz colectiva sanmariana que gusta introducir Onetti en sus narraciones, camina por la ciudad con la confianza de ser quien sabe que es, heredero y afortunado, el tipo de sujeto del que la gente busca ganarse su amistad y no al revés.  Jorge Malabia es un personaje constante en Onetti, desde el relato El álbum, a inicios de los cincuenta, cuando tiene aún algo de pavo, siempre con el inseparable Tito, hijo de comerciante. Fiel compañero de aventuras, Tito estará junto a Jorge cuando llega el tren que trae a Larsen y las prostitutas estropeadas que vienen a montar su negocio a Santa María en las primeras páginas de Juntacadáveres (1964). En Para una tumba sin nombre (1959) Jorge se nos presenta machista, con la máscara de un arrogante patrón rural, fascinado por las armas y los caballos, ya que se cree un gaucho redivivo (aspecto de la identidad rioplatense que a Onetti le repugnaba, por cierto); en realidad es un aspirante a señorito, rubicundo y trajeado a la última moda de Buenos Aires. En el mundo de Juntacadáveres (1964), el heredero de los Malabia está enamorado de su cuñada Julita y gracias al patetismo de su gesto y su fracaso anticipado nos resulta más cercano. Con el último relato en el que aparece Jorgito, Presencia (1978), acaba su metamorfosis: cansino y triste, cuarentón, con la monotonía de un Díaz Grey, aunque viviendo la nueva experiencia del exilio, se abraza a los viejos trucos del final de su adolescencia. Se puede trazar un puente de casi tres décadas, entre el muchacho que se deja llevar por las historias de la mujer viajera de El álbum y el maduro desterrado que se abandona a las ficciones que pergeña un detective cazurro que le saca dinero para darle esperanzas de localizar a aquella muchacha esquiva cuyo cuerpo, realmente, debía encontrarse en algún matorral. Presencia es, en último instancia, la confirmación de una trayectoria que se esculpe en los años mozos del personaje; nunca deja de ser un chiquiviejo con grandes esperanzas. Pese a todo lo que sabemos de él después, el mítico Jorge Malabia será siempre el jovencito enamorado a primera vista en El álbum de una forastera y más tarde torturado de amor por su cuñada, una viuda loca víctima de necrofilia, en Juntacadáveres.

Cierro mi texto formando un triángulo, cuyo tercer extremo está en Perú. De todos los textos sobre pavos peruanos, que son muchos, me quedo con Los inocentes (1961) de Oswaldo Reynoso, volumen también llamado Lima en rock o Relatos de collera en diversas ediciones. Estos adolescentes marginales en una ciudad gris que promete devorarlos carecen de la sofisticación para urdir las tramas imaginadas por Juanito Marés y sus amigos, probablemente porque sus vidas tienen ya esa emoción a flor de piel: aquellas pintas de los chicos de Los inocentes los vuelven prometedora carne de presidio frente a los ojos de la policía y demás adultos. ¿No es aquel inquieto muchacho conocido como El Príncipe un prospecto más de asaltante que de galán de barrio (que ya lo es)? Toda la solvencia de Jorge Malabia, al que se le abren todas las puertas, se vuelve inseguridad y ansias en el limeño Cara de Ángel, cuyas delicadas facciones le exigen constantemente reafirmar su virilidad.

Adolescentes, pavos que quieren ser gallos, de aquí y de allá, acomodados y agrandados (Malabia) en una ciudad de provincias en la que fungen de perdonavidas, simplemente pobres y cinéfilos (Marés) en una Barcelona que resiste silenciosa o ya casi aspirantes a delincuentes  y vagabundos (Reynoso) en una Lima horrible, pese a sus diferencias algo muy fuerte los une: una compartida actitud insumisa, vitalista y siempre dispuesta a encontrar la belleza hasta en el rincón más sucio y abyecto.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Adolescentes de aquí y de allá: Juanito Marés, Jorge Malabia y compañía

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