Apología de María de Zayas y Sotomayor (1590- circa 1650)

En la nómina de narradores auriseculares, María de Zayas se merece un lugar destacado. Su perfil biográfico, lamentablemente, aún se nos escapa a causa de la homonimia: hay documentos de más de una María de Zayas en la época. El único dato cierto, y confirmado por sus colegas escritores, es su origen madrileño. Como Sibila de Madrid la mienta Alonso de Castillo Solórzano en La garduña de Sevilla (1642). El vallisoletano fue su amigo y admirador, según parece, ya que a él se le viene atribuyendo el Prólogo de un desapasionado que abre el primer libro de Zayas, las Novelas ejemplares y amorosas (1637). Aunque el título de la obra remite a Cervantes, nuestra autora no se plantea ser un simple epígono del alcalaíno. María de Zayas tiene un proyecto ambicioso, que rebasa ampliamente el marco de expectativas de un género narrativo tan popular como el de la novela corta barroca. Puesta al lado de un plumífero profesional, como Castillo Solórzano, espíritu de buen humor y escritor de antuvión, Zayas se nos presenta como una autora auténticamente comprometida con una causa firme, que la lleva a producir obras de tesis, como se solía decir hace unas décadas, cuando aún existían utopías más o menos creíbles a las cuales abrazarse.

María de Zayas no poseía imagen alguna de utopía, salvo que esta fuera el convento, la vida retirada entre mujeres solas, viviendo en comunidad o sororidad (magnífico término que Unamuno ponderaba tan bien en La tía Tula), como concluye Lisis su sarao en los Desengaños amorosos (1647), segundo y definitivo libro de Zayas. Si las Novelas ejemplares y amorosas planteaban su posición frente al lugar de la mujer en la sociedad y alertaban a sus congéneres sobre los peligros de confiar en los hombres; diez años después, en la segunda parte de esa reunión de damas y caballeros llamada Desengaños amorosos, la narradora principal, Lisis, ya no advierte o discute tanto como defiende y ataca, apelando al tópico del desengaño barroco, ya no contra las falsas apariencias en general, sino contra la crueldad de los hombres.

Los Desengaños amorosos llevan a sus últimas consecuencias los postulados feministas que ya ofrecían las Novelas ejemplares y amorosas, con la seguridad que le ha otorgado el reconocimiento del público, el cual se encuentra expresado en el éxito editorial de su primera obra. Las heroínas de Zayas son mujeres hermosas, sacrificadas y discretas, no obstante tengan que lidiar con un confuso laberinto de intrigas y maldades, urdidas por sus antagonistas, tanto hombres como otras mujeres que destacan igualmente por su saña. Un lugar común en torno a estas heroínas es su aparente pasividad, aunque recientes estudios vienen refinando su perfil y encontrando en ellas unas mayor complejidad, que las vincula con la hagiografía, por un lado, y con un discurso sexual soterrado, por el otro. Y es que de María de Zayas debemos esperar, como en todo gran escritor, una mirada caleidoscópica de novela a novela. Sin negar las líneas maestras perceptibles de su narrativa, sus textos siguen planteando más preguntas que respuestas, tanto en el plano temático como en el formal.

Forjado a mediados del XVII, el estilo de María de Zayas debe entenderse en el marco del triunfo silencioso del culteranismo, que va impregnando sutilmente la prosa a partir de la década de 1620, y el énfasis en la función descriptiva (otra herencia gongorina), que amenaza a veces con devorarlo todo. A ese regocijo en la descripción, se le suma una prosa generalmente limpia, solo interrumpida por digresiones que revelan la prédica feminista urgente y la poesía interpolada que es sello distintivo de la narrativa de su siglo. No cae en los vicios digresivos de un Lope de Vega, ni en la ácida crítica, que a menudo asume una visión grotesca, de un Quevedo o un Salas Barbadillo. Menos profusa que Castillo Solórzano, pero, a contrapelo, más profunda, la tradición crítica suele equipararla –con fines de elogio- con Miguel de Cervantes, dados lo complejo y lo moderno de sus obras.

La comparación es generosa, aunque desafortunada. Cervantes, educado en un garcilasismo del siglo XVI, como gusta decir Márquez Villanueva, escribe con un optimismo intrínseco, proveniente de la imaginación pastoril y el romance (en inglés) de las caballerías y del Ariosto. Estas fuentes alimentaron sus ilusiones de soldado de fortuna y oscuro funcionario en la Andalucía, lo bastante quijotesco como para sufrir penurias y cárcel por seguir su sentido de la justicia. Incluso en sus ficciones más sombrías, como cuando debe lidiar con la delincuencia o personajes trágicos, prima en Cervantes la convicción de una armonía que se plasma en el amor (sancionado por la iglesia mediante el matrimonio) o en la amistad de los protagonistas. Y en el momento más oscuro de la noche, siempre surge el brazo fuerte del héroe, que trae la luz y puede superar las dificultades, tal es el aliento épico que destila el mundo cervantino.

Nacida en una España bien diferente de aquella en la que se crió Cervantes, el escepticismo de María de Zayas se anuncia en Novelas ejemplares y amorosas y se ratifica y lo invade todo en Desengaños amorosos. El teatro de la guerra en el Mediterráneo, el heroísmo del cautivo y la virtud intacta de la gitanilla, junto al mundo soñado del lunático que vaga por la Mancha, se truecan en matrimonios infelices, mujeres melancólicas o perseguidas, así como gabinetes siniestros donde se juega a la magia negra para vencer a la dama constante. Extintas la épica y la armonía, Zayas propugna tomar conciencia de la opresión masculina y renunciar al mundo regido por ellos. Para llevar a cabo esta misión y ahondar en sus aristas, la autora presenta sus historias como testimonios reales y así han de ser entendidos para comprender los alcances de su propuesta:

Fue la pretensión de Lisis en esto [que solo mujeres narren historias verídicas] volver por la fama de las mujeres (tan postrada y abatida por su mal juicio, que apenas hay quien hable bien de ellas). Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan, sino los que les dan; y si bien lo miran, ellos cometen la culpa, y ellas siguen tras su opinión, pensando que aciertan; que lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres.

Quizás la épica en Zayas se encuentra, precisamente, fuera de su estilo o las anécdotas que narra: su militancia, que modernamente podríamos identificar como feminista, posee el aliento reivindicativo de una cruzada de valores que luego proseguirán Sor Juana de la Cruz, Emilia Pardo Bazán, Rosario Castellanos y Marta Traba, entre otras eminentes mujeres dedicadas al oficio de escribir.

Existen muchas ediciones, tanto parciales como completas, de las obras de María de Zayas. Entre las completas, las más útiles, solventes y canónicas son las de editorial Cátedra: Novelas ejemplares y amorosas editadas por Julián Olivares y Desengaños amorosos en edición de Alicia Yllera. Respecto de la crítica zayista, he aquí una bibliografía secundaria mínima reciente:

Alcalde, Pilar. Estrategias temáticas y narrativas en la novela feminizada de María de Zayas. Newark: Juan de la Cuesta, 2005.

Brownlee, Marina. The Cultural Labyrinth of María de Zayas. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2000.

Gamboa Tusquets, Yolanda. Cartografía social en la narrativa de María de Zayas. Madrid: Biblioteca Nueva, 2009.

Greer, Margaret. María de Zayas Tells Baroque Tales of Love and the Cruelty of Men. University Park: The Pennsylvania State University Press, 2000.

Rodríguez Cuadros, Evangelina y Marta Haro Cortés. “Introducción”. Entre la rueca y la pluma. Novela de mujeres en el Barroco. Edición, notas y selección de E. Rodríguez Cuadros y M. Haro Cortés. Madrid: Biblioteca Nueva, 1999. 11-132.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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