Boom hispanoamericano

He seguido con atención y gran provecho los textos ofrecidos en el informe especial de El País dedicado a celebrar los cincuenta años del inicio del llamado Boom. El título completo del especial reza: 50 años del Boom latinoamericano. La literatura que cambió el español. Comparto y aprecio casi todo lo que plumas bien documentadas y talentosas han escrito en los diversos textos que lo conforman, pero tengo un amago de discrepancia o, mejor dicho, una duda: ¿por qué latinoamericano y no hispanoamericano? En mi opinión, hispanoamericano resulta un adjetivo más preciso. En vano he fatigado los textos del especial buscando alguna mención a literatura brasileña o del Caribe francófono y no he encontrado nada. Porque, para honrar el término, Latinoamérica o latinoamericano ha de referirse a los países americanos con lenguas de origen latino. Emplear latinoamericano para lo que solo es hispanoamericano es tan pretencioso e inexacto como decir que se va a abordar la literatura románica y solo hablar de literatura española.

Sin embargo, la imprecisión de latinoamericano o Latinoamérica es desbordante y ambos términos se emplean, a veces, como comodines y frescos cajones de sastre para referirse a autores, obras o realidades de países marcados más bien por la colonización específicamente española.De hecho, Latinoamérica suele usarse como un cliché, un lugar común cuando hay que referir algo exótico o llamar la atención sobre una supuesta comunidad imaginada. Esto no quiere decir que no haya usos acertados del término Latinoamérica. La Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, por ejemplo, da fe de su nombre por incluir y difundir autores brasileños y a críticos que escriben igualmente en portugués.

El término América Latina surgió a mediados del siglo XIX. Según lo refiere Wikipedia (que de estas cosas sabe mucho y lo que dice va a misa), fue usado por primera vez por un filósofo chileno, cuyo afrancesamiento (pecado en el que incurrieron casi todos los intelectuales progresistas del XIX y se perdona) queda patente. Se trataba de un concepto que operaba como un paraguas para aproximar a los países americanos a una potencia europea que por entonces tenía planes de intervenir a través de un neocolonialismo que naufragó con la empresa de Maximiliano en México; de allí que Francia lo impulsara inteligentemente.

De esa época hasta ahora hemos recorrido un trecho largo. Lo cierto es que América Latina o Latinoamérica y los latinoamericanos, a estas alturas, son realidades del imaginario continental. En los Estados Unidos el término viene de perlas porque es una cómoda etiqueta para todo lo que queda debajo del Río Grande: Latin America es distinta a America, que es Estados Unidos. Y Canadá, lamentablemente, queda atascada en un intersticio. Sin embargo, Québec y la literatura quebequense, al menos lingüísticamente, tendría pleno derecho de ser parte de la literatura latinoamericana. Celine Dion es una honorable latinoamericana, junto a Caetano Veloso, Carlos Monsiváis y Atahualpa Yupanqui.

Rescatar el uso de Hispanomérica e hispanoamericano, en el terreno básicamente lingüístico y cultural, para referirse a países de lengua española es una propuesta digna de atender. Habría que poner al margen discusiones bizantinas sobre el supuesto gesto imperial que connotaría hispano o hispánico, que no ha de serlo más que latinoamericano, producto de la francofilia de unos y los afanes expansionistas del sobrino de Napoleón. ¿Lengua del imperio? Menudo anacronismo. La lengua más imperial de tiempos recientes ha sido el inglés y próximamente lo será el chino. Cuántas necedades se han escrito en razón de la simplificación del adagio “la lengua compañera del imperio”,  el cual se refería no al castellano sino a conservar la enseñanza del latín. Tantas como en torno a Miré los muros de la patria mía, imaginando que realmente a Quevedo le ponían triste las reformas en Madrid.

Finalmente, y volviendo a la unidad de la lengua, que hace posible la existencia de algo llamado Hispanoamérica, Ernesto Sábato siempre nos recordaba –y lo decía a Joaquín Soler Serrano, que no hay más Flandes- que entre los mejores creadores y dominadores del español se encontraron Rubén Darío y César Vallejo, ambos mestizos y el último grandemente identificado con la reivindicación indígena. El otro es José María Arguedas. Este último no era precisamente un cantor de América a lo José Santos Chocano, sino más bien un espíritu escindido, dispuesto a retorcer el español hasta amoldarlo para transmitir estéticamente su experiencia del mundo andino. Ese mismo cultor del español lamentaba la Conquista y el trauma producido entre las gentes de aquella tierra que él amó como nadie. Y conste que él, por razones que no viene al caso mencionar aquí, no forma parte de ese club privado que, apelando a un eslogan, llamaron Boom. Tampoco figura Sábato, aunque alguna fama le salpicó. Juan Carlos Onetti, siendo de la generación de Arguedas y no menos innovador y genio que él, entró, en gran medida, gracias a que Mario Vargas Llosa lo reconoció como maestro.

Al final, después de los premios, la champaña y la rumba (porque París era una fiesta para Cortázar y compañía), queda, felizmente, un pecio significativo, un puñado de textos que son nuestros nuevos clásicos. Para saber más de ellos, de sus autores y su calidad literaria, he aquí el enlace al especial de El País, generosa yapa de una entrada que no tenía cuándo publicar:

http://elpais.com/tag/boom_latinoamericano/a/

La yapa adicional (la yapa de la yapa, diríase) es un fragmento de la entrevista a Sábato (atención al minuto 12:53): “La lengua castellana que nos toca a todos […] ese gran milagro, que nos toca a todos […] Yo soy hijo de italianos y mis ancestros son Cervantes y Berceo […] La lengua castellana, que España impuso en el continente, uno de los grandes misterios […] de la Conquista […] Conquista terrible, trágica y a veces bárbara, pero tan importante […] Si fuera cierta solamente la leyenda negra de la Conquista, no se explica por qué dos de los más grandes poetas de la poesía castellana, Rubén Darío y César Vallejo, descendían de indios, y no solo grandes poetas de la poesía castellana, poetas que cantaron a España y de qué manera. Eso indica que la Conquista fue un hecho complejo, muy complejo y dialéctico, como todo lo humano. Fue terrible y a la vez de una herencia poderosa […] de una enorme fertilidad espiritual […] que veinte naciones hablemos y escribamos, en América Latina, seamos descendientes de italianos o de indios, en la lengua de Cervantes, es el milagro más portentoso de nuestro tiempo…”

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Boom hispanoamericano

  1. alfonsodezamora dijo:

    Hola, Fernando: Sin entrar en la sustancia de tu artículo, quizá convendría revisar esta afirmación:

    El término América Latina surgió en Francia a mediados del siglo XIX. Según lo refiere Wikipedia (que de estas cosas sabe mucho y lo que dice va a misa), fue usado por primera vez por un filósofo chileno, cuyo afrancesamiento (pecado en el que incurrieron casi todos los intelectuales progresistas del XIX y se perdona) queda patente. Se trataba de un concepto que operaba como un paraguas para aproximar a los países americanos a una potencia europea que por entonces tenía planes de intervenir a través de un neocolonialismo que naufragó con la empresa de Maximiliano en México; de allí que Francia lo impulsara inteligentemente. […] Habría que poner al margen discusiones bizantinas sobre el supuesto gesto imperial que connotaría hispano o hispánico, que no ha de serlo más que latinoamericano, producto de la francofilia de unos y los afanes expansionistas del sobrino de Napoleón

    a la luz de este artículo de 1998 de la llorada Mónica Quijada. (Está libremente accesible en la web de la Revista de Indias y en el repositorio DigitalCSIC pero ahora mismo está caído y por eso no lo enlazo). Como digo, a la luz de las conclusiones de ese artículo, quizá convendría repensar alguna línea de tu argumentación en este post.
    Por otro lado, me ha causado curiosidad otra afirmación tuya:

    Cuántas necedades se han escrito en razón de la simplificación del adagio “la lengua compañera del imperio”, el cual se refería no al castellano sino a conservar la enseñanza del latín.

    ¿Podrías ampliar un poco esa afirmación de que las frases:

    y pongo delante los ojos el antigüedad de todas las cosas: que para nuestra recordación e memoria quedaron escriptas: una cosa hallo y saco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio: y de tal manera lo siguió: que junta mente començaron. crecieron. y florecieron. y después junta fue la caída de entrambos.

    hablan de la enseñanza del latín en época coetánea a la de Nebrija? Pensando en este otro pasaje que le sigue:

    Como vemos que se a hecho en la lengua griega y latina: las cuales por aver estado debaxo de arte: aunque sobre ellas an passado muchos siglos: todavía quedan en una uniformidad. Porque si otro tanto en nuestra lengua no se haze como en aquellas: en vano vuestros cronistas y estoriadores escriven y encomiendan a inmortalidad la memoria de vuestros loables hechos: y nos otros tentamos de passar en castellano las cosas peregrinas y estrañas: pues que aqueste no puede ser sino negocio de pocos años. I será necessaria una de dos cosas: o que la memoria de vuestras hazañas perezca con la lengua: o que ande peregrinando por las naciones estranjeras: pues que no tiene propria casa en que pueda morar. En la çama de la cual io quise echar la primera piedra. y hazer en nuestra lengua lo que Zenódoto en la griega y Crates en la latina.

    no veo la hilazón lógica de tu afirmación leyendo el prólogo de la Gramática castellana de Nebrija.
    Gracias de antemano por tus precisiones.

    • orodeindias dijo:

      Hola Alfonso. En primer lugar, gracias por comentar y presentar cuestiones pertinentes al caso que nos ocupa. He leído con deleite el artículo de Quijada (disponible en Google Docs) y confirmo algunas intuiciones planteadas en la entrada. Aquel filósofo chileno de cuyo nombre no quise acordarme, Francisco Bilbao, es citado por la autora como uno de los primeros que utilizó una de las variantes más poderosas del término, “raza latinoamericana”, en el año del Señor de 1856. Tal fue un annus mirabilis, ya que también por entonces un colombiano, José María Torres Caicedo, usa la expresión “América latina”. No me consta que ambos hayan sido afrancesados, pero lo encuentro bastante posible. Bilbao estaba en Francia cuando hizo la mención y Torres Caicedo, si era un espíritu progresista, debía sentirse afín a la cultura gala de entonces, hija de la Ilustración: guardaba un comprensible recelo frente al vecino anglosajón y, se había criado en un país recientemente independizado, sin nostalgia alguna del vínculo colonial. Finalmente, me quedo con la afirmación de Quijada: “No estoy negando con esto que el entorno de Napoleón III empleara dicho nombre durante y después de la invasión de México como forma de legitimación de la misma” (603). En mi entrada, he dicho que Francia lo impulsó, precisamente, para fines de expansión hegemónica. Cumplo entonces con matizar el aserto inicial de “nacido en Francia”, que viene a desentonar con el solo apoyo que brindó el gobierno galo.
      Paso a comentar la siguiente cuestión que planteas, la cual, dadas mis pesquisas, guarda más miga. Aquí sí admito que fui demasiado escueto y no quise meterme en honduras, pero me das la oportunidad –que agradezco- de ampliarlo aquí. Lo que propongo (y está acreditado por bibliografía que citaré más abajo) es que el proyecto de la Gramática castellana de Nebrija no tenía por objeto tanto proclamar al castellano como lengua imperial como usarlo simplemente como un medio para promover la conservación del latín, que el gramático andaluz sí consideraba una lengua elevada y digna de ser preservada. Dicho en otras palabras, más ilustres que las mías: “En el plan de Nebrija el castellano era el vehículo intermedio hacia el aprendizaje del latín; como [Lorenzo] Valla, Nebrija le granjeaba al latín la centralidad absoluta para el buen funcionamiento de la res publica christiana, al considerarlo como la lengua de un imperio más espiritual que territorial. En la idea de Nebrija, pues, “la lengua compañera del imperio” recoge y repite la convicción valliana que identificaba en la preservación del latín más clásico la garantía de la res publica y en su cultivo el único medio para el florecimiento de las disciplinas liberales, del Derecho, la Medicina y las Sagradas Escrituras” (Binotti, Lucia. “La lengua compañera del imperio. Observaciones sobre el desarrollo de un discurso de colonialismo lingüístico en el Renacimiento español”. Las gramáticas misioneras de tradición hispánica (siglos XVI-XVII). Amsterdam: Rodopi, 2000. 261-262). De hecho, como desarrolla Binotti más adelante en su delicioso artículo, el castellano de la época de Nebrija era percibido, por las mentes más ilustradas, como una lengua pobre, bárbara, sin autoridades ni literatura: “El castellano, sin norma y sin un corpus de autores modelo, no tiene la categoría necesaria para ser la lengua del imperio. Un mensaje bien distinto pues, del que le venimos dando al famoso dicho” (Binotti, op. cit., 263). Por ello, entre otras razones, los predicadores no tuvieron problema en asumir la necesidad de evangelizar en lenguas indígenas, al menos en las primeras décadas de la colonización. El castellano, en ese aspecto, no era visto precisamente como una lengua “superior” al quechua, por ejemplo. Durante todo el XVI, los lingüistas españoles intentan superar el complejo de barbarie que rondaba al castellano dándole forma a un discurso que, en el curiosísimo trabajo de Gregorio López Madera, encierra un panegírico que pretende “ennoblecerlo” inventándole una antigüedad mayor que la del latín. Te invito a revisar el artículo de Binotti y la bibliografía que ofrece allí. En particular, recomiendo el trabajo de Francisco Rico, “Nebrija frente a los bárbaros” (1978), cuya savia aún nos alimenta.
      Saludos cordiales y nuevamente gracias por comentar,
      Fernando.

  2. Tito del Piélago dijo:

    Fernando, aunque a destiempo () deseo aludir a un artículo que siempre recuerdo; con precisión, lo revisé por primera vez pocos años antes de entrar a Letras, conmovido por la lectura de Gabo. Se trata de un volumen de la Revista de la Universidad Complutense de Madrid (vol. XXIV, número 99; septiembre-octubre 1975) entitulado La novela actual. Recuerdo el tomo porque me indignaba un comentario de Agustín del Saz, según el cual la memorable escena de Rayuela en la que los dos protagonistas masculinos tienden un tablón para que Talita pase yerba es una muestra de situaciones absurdas, carentes de sentido (¡!).

    El punto es que el artículo lleva el atinado título de “Novela hispanoamericana actual” y en el desarrollo todo el tiempo habla Del Saz del “boom hispanoamericano”. Por las precisas coordenadas lingüísticas y geográficas que el autor prodiga, se subraya implícita y explícitamente lo que sensatamente señala tu entrada.

    Sí, ese uso de la etiqueta “latinoamericano(a)” denota, en su imprecisión-confusión, cierto grado de frivolidad; cae dentro del paquete de maneras importadas de una sensibilidad “agringada”; saliéndome del tema, le hallo afinidad con ese recurso idiota de la publicidad peruana de juntar a un “caucásico” y a un “afrodescendiente” para “simbolizar” la tolerancia o la ausencia de racismo.

    • orodeindias dijo:

      En efecto, podríamos decir que es una sensibilidad “agringada”, pero tiene su origen en Francia. De hecho, habría que pensar en la cantidad de intelectuales latinoamericanos formados en Francia (o bajo su influjo cultural) y que sentaron cátedra en Estados Unidos.
      Una excepción a esta práctica generalizadora de pasar por “latinoamericano” lo estrictamente “hispanoamericano” es Emir Rodríguez Monegal. En su fundamental “Narradores de nuestra América” (en dos volúmenes) ofrecía también ensayos sobre novela brasileña y su conocimiento de la lengua y la cultura del Brasil era sobresaliente. Gracias por comentar.

  3. Pingback: “Caídos del cielo” de Ray Loriga, diecinueve años después | Oro de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s