De la fortuna literaria de los gatos

En el Siglo de Oro, los gatos no contaron con mayores elogiadores. Podríamos considerar la Gatomaquia de Lope de Vega un homenaje a ellos, aunque se trata de un poema burlesco sin pretensiones fuera de los márgenes de la comicidad. Algo tenía Lope con los gatos: deleitó al público de La dama boba con un sabroso intermedio en la primera jornada, cuando la criada le cuenta a la necia protagonista sobre la suerte de la gata embarazada de la casa. Ya quisiéramos un Coloquio de los gatos a la manera del que Cervantes dedicó a los perros. Gracias a los dos Diógenes (el cínico y Laercio) y al alcalaíno, los canes se empaparon de una profundidad filosófica y literaria que los gatos no poseyeron hasta entrado el siglo XIX. Claro que perro también era un enorme insulto, sobre todo para mentar al enemigo de religión: perro era el judío o moro, así como perro era el cristiano en tierra de musulmanes o gentiles.

En el mejor repositorio de las mentalidades áureas, los refranes, tampoco encontramos referencias halagüeñas en torno a los gatos, vinculados a menudo a la brujería y, más precisamente, al Maligno, desde tiempos medievales. Y esto refleja el concepto que de los gatos se tenía en la cultura popular. Víctimas y protagonistas de carnaval, como los perros, aunque a los felinos se les respetaba relativamente menos.  A los perros se les manteaba, cierto (de allí que se dijera en Don Quijote que a Sancho lo mantearon como a perro por carnestolendas y lo mismo le ocurrió al desafortunado Guzmán de Alfarache), pero los gatos la pasaban a menudo peor.  Una muestra de esa falta de respeto a la vida minina (qué dirían los defensores de los derechos animales de ahora) es la famosa masacre de los gatos, como la estudió Robert Darnton en uno de sus libros más fascinantes y complejos sobre la historia europea moderna, ya entrado el XVIII. Hasta hace poco (qué son tres siglos en términos históricos) torturar animales era una forma de diversión.

darntonOtro botón sobre la fortuna literaria de los gatos en el Siglo de Oro. Pensemos en el episodio de don Quijote, aquel terrible “temeroso espanto cencerril y gatuno”, en el capítulo XLVI de la segunda parte. No eran animales muy queribles los gatos por entonces. Una dama podía criar un caniche o perro de faldas; pero no vería con los mismos ojos a un gato. De hecho, un felino cumplía una función muy importante: cazar ratones, en una época en la que la suciedad era realidad cotidiana. Por su habilidad de patas, rapidez, agilidad y elasticidad para moverse en espacios reducidos, resulta natural que gato fuera sinónimo de ladrón ratero o de poca monta. Y gracias a esa acepción y a que del pellejo del gato se hacía monederos, surgió aquel feliz verso de Quevedo en su letrilla: a don Dinero “gatos le guardan de gatos”. Me solazo con el comentario de Covarrubias, quien me brinda su amén, s. v. gato: “El gato es animal ligerísimo y rapacísimo, que en un momento pone en cobro lo que halla a mal recaudo [por eso lo de ladrón]; y con ser tan casero jamás se domestica, porque no se deja llevar de un lugar a otro, si no es metiéndole por engaño en un costal [o en la jaula con la que le transportamos ahora], y aunque le lleven a otro lugar se vuelve, sin entender cómo pudo saber el camino [no me consta, tampoco lo quiero probar]”.

El siglo XIX vino a cambiar esto. Le debemos al romanticismo la reivindicación del gato y su consagración como motivo literario y estético. En particular, el gato como animal de compañía elegante, sensible y misterioso es un invento de Charles Baudelaire, como tantas otras cosas del gusto moderno (lástima que sus guantes rosados no hayan tenido la misma fortuna). El gato también le servía para describir un cuerpo sensual y, por qué no, deliciosamente maldito y mortal, como el de la amada (pensemos en la mujer venal que le contagiará de sífilis): el gato negro, en especial (y esto lo heredó Baudelaire de E. A. Poe), era una imagen recurrente del diablo y mascota inseparable de la bruja (cosas del folclor). Tanta bajeza, misterio y perversidad eran la miel de un espíritu romántico y así lo consagró el poema de Las flores del mal:

 Le Chat

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux;
Retiens les griffes de ta patte,
Et laisse-moi plonger dans tes beaux yeux,
Mêlés de métal et d’agate.

Lorsque mes doigts caressent à loisir
Ta tête et ton dos élastique,
Et que ma main s’enivre du plaisir
De palper ton corps électrique,

Je vois ma femme en esprit. Son regard,
Comme le tien, aimable bête
Profond et froid, coupe et fend comme un dard,

Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum
Nagent autour de son corps brun.

the-king-of-cats-1935El gato evoca a la amada con todos los atributos que podían considerarse ideales para un romántico decadente, como sofisticación, frialdad, peligro, misterio y hasta modernidad: Baudelaire debe ser uno de los primeros poetas que empleó el adjetivo “eléctrico” de forma tan profundamente sensorial y erótica: la mano se embriaga de placer cuando palpa (no tocar, que es demasiado, palpar como otear, rozar, tocar como quien teme hacerse daño o no sabe lo que toca, ausculta, con las puntas de los dedos, como a las reliquias o joyas frágiles) el cuerpo eléctrico del gato, que es como el de la mujer en su mente. Total, que del poema Le chat al mote de Roi des chats del retorcido, frío y seductor Balthus solo queda un paso.

Hechizo baudelairiano aparte, ¿qué pasa con los gatos? Traigo a cuenta aquí algunas palabras clave, a manera de repaso. Elegancia. Nocturnidad. Agilidad. Serenidad. Belleza. Los perros son animales muy nobles, probablemente mucho más que los gatos. Sin embargo, estos últimos son más humanos; en tanto los canes –para su suerte- tienen comportamientos que ya quisiéramos ver en muchos seres humanos. Como las personas, los gatos pueden ser caprichosos, hipersensibles, amorosos y crueles –todo a la vez-. Diríase que su gama de emociones es enormemente más amplia que la de los perros, quienes se encuentran –repito, afortunadamente para ellos- en el territorio de la lealtad y de los instintos de vigilancia y defensa. Lealtad a veces malinterpretada hasta el punto de que perro se vuelve sinónimo de miserable y pobre diablo. Quizás por la cercanía con los sentimientos humanos, contradictorios y enfermizos, nadie se atreve a insultar a su rival diciéndole Eres un gato, como sí se  dice Eres un perro. ¿No es curioso?

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a De la fortuna literaria de los gatos

  1. Muy divertida la suerte de los gatos revisada en Oro de Indias. La distribución de valores de esta especie es de lo más cautivante por las sutilezas y vastedad de aspectos.

    Me provocaba mencionar que frente al usual uso de “bitch” y de “perra” como “mala mujer”, resulta curiosa la aparición de la “gata bajo la lluvia” de Rocío Durcal, aunque obviamente modulada hacia el romanticismo barato de la balada. La metáfora debe de provenir del conocido proceso por el cual fórmulas de tratamiento dirigidos a niños son reprocesadas por los amantes; de allí vienen los “mamis”, “papis” o “bebés” erotizados (“Arde, papi”). En esa perspectiva,”gatita” es de uso extendido, en lenguas romances y germánicas, para las niñas pequeñas (con Hello Kitty como la gatita “humanizada”). En contraste, sería anómalo el uso de “perrito” para dirigirse a un niño, y peor “perrita”; sin embargo, en los últimos años, vengo escuchando de vez en cuando “cachorros” o “cachorritos” para dirigirse a “hijos”, quizá de modo similar al peninsular “críos”. Retomando lo erótico, es llamativo que en ciertos lugares nos refiramos a la pose “perritos”, pero no hay o no es muy popular una pose “gatitos. ¿Es más común ser testigos de la cópula canina? ¿Son más discretos los gatos pese a los desgarradores maullidos de su celo?

    De otro lado, es simpático el hecho de que la orientación del gato en lo mágico-religioso se mantenga, parcialmente, en la actualidad frente a lo terrenal del perro, pese a que en la Antigüedad el can sí estuviera mucho más contactado con lo escatalógico. Remanente de ello resultaría ser esa imagen tan dinámica y linda de “gato encerrado” frente al vulgar y antiestético “perro muerto”.

    Acaso, una parte de una respuesta a esta distribución de valores gatunos y caninos se halla ascendiendo por la filogenia. El ascendiente del perro, el lobo, nos remite de inmediato a la complejidad humana: allí está el “homo homini lupus”, la loba romana y la ética del lobo legendario de Francesco d’Assisi. Si simplificamos un poco el caso del gato, podemos arribar al león, que suele ser motivo de terror o respeto o soberbia o majestad.

  2. Pingback: “Lo que aprendemos de los gatos” de Paloma Díaz-Mas | Oro de Indias

  3. Pingback: “Noches blancas” de Fiódor Dostoievski | Oro de Indias

  4. Pingback: “Bla” de Juan Manuel Portillo | Oro de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s