“El tango de la guardia vieja” y la sonrisa de Gardel

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El “Cap Polonio”, donde transcurre buena parte de la acción de “El tango de la guardia vieja”

Pasé este fin de año leyendo El tango de la guardia vieja, novela a la que vine siguiendo el paso desde meses atrás, según dejé testimonio en una entrada pasada. Recomiendo fervorosamente su lectura. Si algunos habían percibido un desgaste del arte literario de Arturo Pérez-Reverte en la última entrega de El capitán Alatriste, llamada El puente de los asesinos (con la que recibí el 2012) y empezaban a creer que era más de lo mismo o trucos viejos del mismo tahúr, debo advertirles que El tango de la guardia vieja recupera al mejor Pérez-Reverte, el de El Club Dumas y La piel del tambor, con un ingrediente más que resulta, hasta cierto punto, novedoso en un escritor que parecía tener ya un universo totalmente definido: el amor melancólico. Si nos tenía acostumbrados al tono nostálgico de los “héroes cansados”, bajo el hechizo de la aventura que involucra llevar a Dumas en vena (véase la síntesis de su poética narrativa en Cuatro héroes cansados, texto incluido en Obra breve 1), ahora contamos, bien visto, con una novela de amor, sabiamente narrada e impregnada de música (tango que me hiciste mal y que sin embargo quiero) y una pareja de grandes amantes, que uno imagina en blanco y negro, recubiertos por el humo de un cigarrillo y calándose el sombrero (él) o la boina (ella): la aristocrática Mecha y el buscavidas Max Costa, víctima y cómplice de los prejuicios de su época.

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La sonrisa de buen chico de Carlitos

Una intuición de lector: me inclino a pensar que este hijo del arrabal, impostor, ladrón y gigoló, está inspirado en la otra cara de la leyenda de Carlos Gardel: la del “pibe Carlitos”, quien habiendo sido pobre se hacía pasar por un gran caballero. Dejando de lado el perfil criminal, Costa posee algo de conmovedor, como el propio Gardel: un tipo humilde que se crea su propia fama de hombre de mundo (exagerando o directamente mintiendo sobre su éxito en el extranjero o las amistades que tiene) porque dentro de la sociedad en la que vive ser de baja cuna es deshonroso. Costa se parece mucho a aquel adulto en que se convirtió el niño que soñaba con “una montaña de guita”, con champaña, mujeres y trajes de etiqueta. Para los amantes del tango y de Gardel, El tango de la guardia vieja puede resultar familiar y hasta seductora. No es casualidad, creo, que Mecha, la amante, no deje de señalar aquella sonrisa irresistible, franca, “de buen chico”, tal cual era también la del Zorzal criollo. Imposible verlo y no caer hechizado por su presencia. En cualquiera de sus películas se percibe este don de gentes extraordinario. Gardel aparece e ilumina la escena, todas sus intervenciones son ingeniosas y sus protagonistas encarnan eso que llaman en francés joie de vivre. Por supuesto, siempre interpreta a un playboy, a un joven soltero y rico que le cae bien a todo el mundo (porque así se había autoconfigurado).

Para acabar, he aquí un botón que ilustra lo dicho. En El tango en Broadway (1934), sabrosa comedia de enredos, en la que Gardel interpreta Rubias de New York con sus queridas Mary, Betty, Peggy y Julie, ocurre este momento mágico: el mayordomo del rico señor Bazán (Gardel) le dice que piensa renunciar, porque no soportaría seguir trabajando en la casa con la ingrata visita del tío tacaño de su jefe: Señor Bazán, sírvase aceptar mi dimisión. Yo no aguanto a su señor tío. La cámara enfoca a Gardel, de smoking y gomina: ¿Cómo? ¿Me vas a dejar solo en la desgracia? ¿A mí? ¿A tu viejo patrón? ¿A tu amigo…?, con una enorme sonrisa, cogiéndolo de los brazos, como queriéndolo abrazar, la sonrisa de buen chico, la sonrisa del “pibe Carlitos”, la del encantador de serpientes, la de Max Costa, la del chico criado en Barracas o en La Boca que debía convencer a la gente del mercado de abastos para que le fiaran y pudiera comer. Eso nunca, contesta el buen mayordomo, entregado.

He aquí el enlace de la película completa. Recomendable para los amantes del tango, para los que aman a Gardel o simplemente para los que quieran incrementar su cultura cinematográfica. Puede ser instructiva inclusive con fines arqueológicos: en un instante se ve Times Square (desde la ventana de don Bazán) igual de ajetreada que ahora, pero sin la sobrecarga de carteles luminosos. La escena con la espléndida sonrisa de Gardel (que es como la de Max) está entre los minutos 22:16 y 22:33.

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