Las lágrimas de Julianne Moore: la madre, esposa y profesional

Antes que nada, esta película pasó sin pena ni gloria. Y con justicia, ya que tras un planteamiento inicial efectivo, la narración pierde su hilo dramático y los personajes se ahogan en la irrelevancia de sus dilemas existenciales. Chloe está basada vagamente en El curioso impertinente o, en todo caso, en aquel relato de origen italiano en el que a su vez se inspiró Cervantes, aunque ahora, además de tradicional, es de alcance casi universal, a saber: la tragedia que desencadenan las dudas en torno a la fidelidad de nuestra pareja.

En Chloe, Juliane Moore es Catherine Stewart, una ginecóloga de edad madura, madre, esposa y profesional. Aparentemente, una mujer moderna que, no obstante, se halla encerrada en una rutina apática que desdice su aparente éxito: en su oficina prima el color blanco gélido, a juego con su palidez muerma. En casa, discute con el hijo y se resiente con el esposo. Es una mujer entre el cansancio y un ataque de histeria inminente. Al otro lado, David, su marido, es un profesor universitario que, por lo que se ve de una de sus clases, busca ante todo el impacto en los estudiantes, pero sin revelar profundidad alguna en lo que expone. Un profesor enrollao, como dicen los muchachos. Él también es un hombre maduro, pero atractivo para sus estudiantes, quienes (tanto chicos como chicas) siguen sus clases, un tanto superficiales, totalmente cautivados.

Catherine ama a su esposo, no queda duda de ello, pero ha caído en la rutina más vil; mientras percibe que él está lleno de energía y que sus días se deslizan con emoción (los y las estudiantes lo adoran y él sí que transmite éxito). En este contexto, a Catherine le es fácil pensar lo peor de su marido. Dos asuntos la llevan a caer en la duda que lleva a la catástrofe. La única vez que se muestra atractiva (lleva un hermoso vestido rojo), organizándole una fiesta sorpresa, David no aparece, la deja colgada y eso la hace sentirse rechazada. El otro incidente es la cena con su marido y una pareja de amigos. La escena es elocuente. Catherine lleva el cabello amarrado, con la frente tensa y la piel tirante (control, control). La mesera que los atiende, con quien David sostiene una charla más o menos coqueta, se parece a Catherine, curiosamente, solo que parece más joven y posee una actitud desenvuelta, relajada, que nuestra mujer madura ya no exhibe. Para colmo, la pareja de amigos que los acompaña no deja de acariciarse. Así, pareciera que todo el mundo alrededor de Catherine se complace con afecto y deseo, mientras que a ella, dada su rigidez, todo parece repugnarle.

"Goza cuello, labio, frente.." de Chloe y "Aquí fue Troya de la hermosura" de Catherine

“Goza cuello, labio, frente..” de Chloe y “Aquí fue Troya de la hermosura” de Catherine

En esta circunstancia se produce el encuentro con Chloe, la muchacha que representa todo lo que Catherine no es, pero desearía ser: una joven seductora, que, desafortunadamente, se dedica a ser dama de compañía. Mientras charlan en la barra, el contraste es muy evidente. Catherine está desecha: tiene palidez de enferma, lleva el pelo mustio, sin gracia, y sus labios tan finos apenas se distinguen. Es invierno en la ciudad y ella anda hiperabrigada y sosa. Chloe, en cambio, está sobremaquillada, tiene el cabello con ondas y unos labios carnosos inmensos. Puede ser invierno en la calle, pero para ella siempre es primavera. Como a Catherine las dudas la mortifican, le propone a Chloe acercarse a David y tentarlo. La propuesta resulta terriblemente peligrosa, un coqueteo con la catástrofe de dimensiones trágicas para una vida tan corriente y moliente como la que lleva nuestra madre, esposa y profesional. Y así se urde el desastre. Naturalmente, Chloe se da cuenta pronto que Catherine disfruta torturándose con la idea de la infidelidad del marido. Y aquí aparece la cuota adicional de perversión: a Chloe le encanta contarle esas historias tortuosas, porque así la tiene cautiva, fascinada. Como resultado, Catherine vive la pasión por su marido lejano a través de Chloe, porque, en el fondo, quisiera ser así de seductora y joven para él. La muchacha, por su parte, también quisiera ser como Catherine: tener “una vida familiar en equilibrio” (que es de suponer que nunca ha tenido), como reza la nota periodística que encuentra colgada en la consulta de Catherine.

Esos son los minutos mejor llevados de la película. Los acontecimientos empiezan a enredarse de forma muy efectiva: las amigas de Catherine empiezan a creer que todos estos secreteos para reunirse con Chloe y escuchar sus historias tienen que ver con un amante (cosa que las emociona a ellas también, mujeres maduras aburridas). Porque, en efecto, todo este juego de citas en hoteles y cafés de Catherine y Chloe tiene mucho aroma de infidelidad, que es lo que ella fantasea que hace su marido, el pánfilo David. El juego malsano llega a su clímax en una escena muy bien ejecutada. Catherine llega al hotel donde Chloe acaba de atender a un cliente y se repite la ceremonia de siempre: el relato en el que la muchacha seduce al maduro David. La narración de Chloe se ve aderezada por los movimientos sutiles que indican la emoción, incontrolable, de la generalmente atemperada Catherine (sus calores, el movimiento nervioso de su pierna, la mano que aprieta el asa del cajón, etc.). La escena acaba con el pago, en efectivo, que le da a Chloe por su historia o, como ella fantasea, por haber estado con David en su lugar. Pero todo esto es más fuerte que Catherine y finalmente, rompe a llorar. Hasta ahora los relatos habían humedecido sus ojos, pero ahora la derrota es total. Sus lágrimas son pesadas, aunque no llora a mares como nos tiene acostumbrados (hablo de Far from Heaven o The Hours). Yo era joven, le dice a Chloe, cuando evoca los tiempos en los que era feliz y amante de su marido, como queriendo exculparla por toda esa lozanía que ella ya ha perdido.

Esa misma noche, Catherine volverá a sentir el rechazo de David, quien –despistado y sin segundas intenciones- brinda mayores atenciones a una estudiante que lo va a buscar en medio de la recepción en la que él y su esposa se encuentran. Otra vez, el fantasma de la muchacha joven y atractiva aterroriza a Catherine, quien escapa y busca a Chloe, porque solo en ella puede encontrar algún alivio. ¿Qué busca en Chloe? Empaparse de su fogosa juventud, ya que, en su trastornada mente, implica estar con su esposo, recuperarlo figuradamente. Con esto, cree Catherine haber exorcizado esa imaginaria infidelidad de David. “No vuelvas a ver a mi marido”, ordena a la muchacha. Sin embargo, el dilema no es solo suyo. Chloe le confiesa allí que desde el inicio la quería conocer, que David era solo un medio para acercarse a la vida de Catherine. Y aquí debió acabar la película: dándole a entender Chloe que las historias eran falsas u ofreciendo una luz de ambigüedad sobre toda la materia de sus diálogos…

Chloe-movie-image-Liam-Neeson-and-Julianne-Moore-2

La madre, esposa y profesional aferrándose a su pánfilo marido

Pero el guion avanza, Catherine rechaza a Chloe, porque ella es, ante todo, una madre, esposa y profesional, ni más ni menos que eso. Lamentablemente, a la película le restan treinta minutos más, que le dan al personaje de Chloe la oportunidad de remedar a las psicópatas de Instinto básico y Atracción fatal. En adelante, todo en Chloe se vuelve una crisis familiar, o sea un drama de película de domingo por la tarde. Catherine se siente acosada y se vuelve paranoica. Y en la confrontación con el marido, cuando se aclara la sospecha de infidelidad (que nunca ocurrió, por supuesto), el conflicto que durante la primera hora de la película podía comprenderse como un ejemplo del deseo triangular o la obsesión por un objeto amado distante que se sosiega mediante la tortura del obstáculo, ahora es un asunto completamente doméstico, tema digno de terapia de parejas. La muerte de Chloe no deja de ser un desenlace ridículo por lo abrupto. Hay que ver la facilidad con la que se desprenden los ventanales de las casas en Canadá. Se rinden ante el empujón de una muchacha menuda.

El final de Chloe no puede ser más convencional. Catherine recupera la paz de su rutina de esposa, madre y profesional; cual otra señora Dalloway, organiza su fiesta, con esposo, hijo y amistades sonrientes y burguesamente conformes. ¿Qué sentido tiene entonces que Catherine preserve el prendedor de Chloe, leitmotiv de la película desde sus primeros minutos? ¿Retener para sí, bajo control, el peligro, la amenaza de alguien como la muchacha venal? ¿Sentirse juvenil y deseada de nuevo? Nos inclinamos más a lo primero que a lo segundo. En Chloe, muerta la joven, se acaba la oscuridad. Y Catherine puede brillar en su mundo pequeño y condescendiente de gente bien. Por eso tal vez Catherine no llora lo suficiente. Qué lejos estamos del mundo resquebrajado de Savage Grace.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Las lágrimas de Julianne Moore y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s