Brindan los curacas: de los “Comentarios reales” a las “Tradiciones peruanas”

A lo largo de cuatrocientos años, los Comentarios reales y su autor han sido motivo de inagotables reflexiones de muy diversa índole. El presente es un escarceo filológico que intenta echar luces, en su brevedad, en torno a un capítulo en la recepción de la obra del Inca en el siglo XIX. Me interesa traer a consideración textos que, puestos en diálogo, llaman nuestra atención sobre el papel que cumple un escritor profesional (Ricardo Palma fue uno de los primeros peruanos en serlo), en la constitución tanto de un imaginario nacional como de un canon de las letras, mediante sus armas de hábil narrador.

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Ilustración de Guaman Poma sobre el mes de junio en el calendario andino.

Todo empieza con una anécdota marginal, un cuentecillo, como lo llamaban los hombres del Siglo de Oro. En el capítulo XVIII del libro III de los Comentarios reales, Garcilaso nos brinda un sumario de la campaña militar expansiva del príncipe Inca Roca y al mencionar el valle de Acarí (Hacari en el texto del cusqueño), uno de los territorios conquistados por el joven auqui, siente necesario narrar un cuentecillo: «Será razón, pues estamos en el puesto, no pasar adelante sin dar cuenta de un caso estraño que pasó en el valle de Hacari poco después que los españoles lo ganaron, aunque lo anticipemos de su tiempo». La introducción del cuentecillo, pese a que escapa del marco cronológico planteado, según lo reconoce el autor, encaja a raíz de un aspecto que a Garcilaso, como a cualquier diestro narrador aurisecular que escribe imaginando que entabla un diálogo in absentia con su lector, no se le escaparía: el capítulo está quedando corto y algo desabrido, por tanto hay que adobarlo con una anécdota amena.

Se trata de dos curacas del valle, aún no bautizados, que se enfrascan en un pleito de límites, donde ya ha corrido sangre. Dada esa situación, «los gobernantes españoles enviaron un comisario que hiciese justicia y los concertase de manera que fuesen amigos». Uno de ellos, no se menciona quién, no queda conforme y se propone vengarse del otro secretamente. En la plaza del pueblo se ponen a comer todos juntos, bajo capa de amistad recobrada. Al final del banquete, el curaca que sigue sintiéndose agraviado  lleva dos vasos, uno de ellos envenenado, para brindar con su amigo. El que recibe la copa con la ponzoña sospecha y le dice: «Dame tú esotro vaso y bébete ese». El curaca felón, por no mostrarse débil, hace de tripas corazón, le entrega el vaso sin veneno y se bebe el envenenado. El Inca relata que horas más tarde murió por efecto de la bebida, pero también por el «enojo de ver que por matar a su enemigo se hubiese muerto a sí proprio». La muerte del curaca es muy posterior al banquete que los convocó y provocada por la cólera de no haberse salido con la suya, de no haber sido tan astuto como pretendía (…)

Pasemos ahora al heredero del cuentecillo, Ricardo Palma, quien lo reescribe tres siglos y medio más tarde, a finales del XIX, convertido en la tradición «Orgullo de cacique», publicada en la quinta serie de Tradiciones, en 1883. Para entonces, Palma se ha consolidado en un estilo de narrar, el del género de la tradición, que él mismo ha ido modelando. En su faceta de narrador transcriptor, Palma se inserta en la historia que cuenta y se presenta como testigo o recolector de un relato oral. Para ello evoca un episodio verificable de su biografía: el naufragio del vapor Rímac, en 1855. A partir de este hecho, y de la marcha de los sobrevivientes por pueblos perdidos de la costa, nuestro autor contextualiza la historia dentro de un marco realista, pretenciosamente verídico (…)

El artículo completo acaba de aparecer en Mercurio Peruano 524(2011): 142-150.

Todos los trabajos del volumen se encuentran disponibles en la página de Mercurio Peruano en Dialnet:

http://dialnet.unirioja.es/servlet/listaarticulos?tipo_busqueda=EJEMPLAR&revista_busqueda=16054&clave_busqueda=316047

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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