Las lágrimas de Julianne Moore: “The End of the Affair” o la beata penitente

En uno de sus lúcidos ensayos sobre la novela moderna, Mario Vargas Llosa reconocía como uno de los grandes méritos de El final de la aventura de Graham Greene el hecho de que su autor había logrado hacer verosímil un milagro en la trama. En 1996, Neil Jordan asumió el reto de volver a contar esa historia, a través de imágenes en movimiento, y con ello el milagro y el proceso de iluminación y conversión de una pecadora, Sarah Miles.

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El traje color guisante de Sarah

En esta película todas las escenas están bien orquestadas y meditadas. La ropa de Julianne Moore se luce especialmente. Hay que admirar sus vestidos verdes y rojos, con boinas ladeadas y joyas a juego. Hasta las escenas de amor configuran una lenta danza de brazos y miradas. Sarah, la esposa infiel, y Bendrix, el escritor escéptico y torturado, se aman con locura y compiten por poseer al otro, con deseo, con palabras, con desafíos, etc., mientras el mundo se destruye a su alrededor. Tengo celos de la lluvia, le dice su amante a Sarah. ¿Hay algo acaso más hermoso y enfermizo?

Sarah Miles llora a mares, pero despliega su llanto gradualmente. Primero, cuando decide abandonar a Bendrix, luego de verlo recuperarse milagrosamente tras el bombardeo alemán sobre Londres, Sarah está con los ojos vidriosos, pero no llora aún, porque se aferra a Dios y a esa promesa que no quiere contarle a su amante. Bendrix, por su parte, está más dispuesto a llorar que ella. Más tarde sabremos que, en secreto, en solitario, Sarah lloró al marcharse y halló serenidad en su propia fe, avivada por lo extraordinario ocurrido. Entonces Sarah se vuelve una mujer que sufre y asume su dolor como parte de su vida. Renunció al amor por darle la vida a su amante; pero esto es algo muy difícil de entender para él, probablemente ateo, veterano de la Guerra Civil Española.

Sin embargo, la aventura no ha terminado aún, sino que recién empieza. Designios superiores provocan que Bendrix y Sarah se reencuentren. Ella, ahora convertida en una beata penitente, está por encima del amor terrenal, físico, que la unió a Bendrix. El amor para Sarah es más complejo que ese antiguo sentimiento. Sarah lleva una vida de silencioso sacrificio, junto a un marido invisible, y desarrollando la enfermedad romántica por definición, la mortal tuberculosis.

Aparentemente fría ante el regreso de Bendrix, Sarah se reúne con él, habla de su pasado, pero todo lo medita con ojos secos, serenos, porque cree que nada puede perturbarla y que está tranquila con su consciencia. Así, despide a su antiguo amante, pero Bendrix no se da por vencido tan fácilmente. Ahora sí que Sarah llora a moco tendido, mientras él la persigue. Veamos, ¿hay algo más triste que una persona siguiendo un vehículo motorizado que no va a parar? Lo mismo se ve en la escena de la despedida de Expósito e Irene en El secreto de sus ojos. Y si han leído El pez en el agua, ¿recuerdan a Vargas Llosa contando cómo todavía ahora recuerda al viejo indio que fue corriendo detrás del tren cuando su familia abandona Cochabamba, a los diez años de su edad? Hay trenes, coches y personas que no se olvidan.

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Sarah promete renunciar al amor a cambio de la vida de Bendrix

Y Sarah llora, llora y vuelve a llorar, porque no puede evitar amar a Bendrix, después de todo. No puede resistirse al sentimiento amoroso, pese a que hizo la promesa a Dios de no ofenderlo con esa infidelidad. Pobre Sarah. Cómo llora, mientras habla y le suplica a Bendrix que ruegue por ella, que ha caído otra vez, beata penitente que vuelve a reincidir en el pecado.

Y ya no vuelve a llorar, con arte, hasta cuando el médico la desahucia. Es el momento de contarle a Bendrix su conversión, la cual tiene que ver con él, con el momento en que ella pensó que estaba muerto. Al verlo de nuevo, de pie, con vida, el amor que sentía cambió y ese llanto nuevo, cuando le narra el episodio, quizás es el llanto de quien sabe que la verdad está por encima de todos ellos, que la comprensión humana no alcanza para entender los designios de Dios. Porque Dios o la presencia de Dios es lo que embarga la última parte de la película, el milagro de Sarah (quien cura a un niño) es lo que lleva a Bendrix inicialmente a la perplejidad y luego a admitir que Dios existe, que está allí, aunque él no quiera aceptar su presencia en su vida: querido Dios, déjame solo, le dice, aunque también agrega cuida de ella (de Sarah) y de Henry, como el centurión que le dice a Jesús no merezco que entres en mi casa, pero ruega por la salud de su criado. Sarah se vuelve una santa y Bendrix, su hagiógrafo. Las lágrimas en The End of the Affair muestran las transformaciones del amor y el proceso de conversión de su protagonista.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Las lágrimas de Julianne Moore: “The End of the Affair” o la beata penitente

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