A propósito de “En busca del Lazarillo”

En España aparecen periódicamente atribuciones autoriales de obras magnas auriseculares que, por ende, generan pasiones: en primer lugar, el Lazarillo de Tormes; después, el Don Quijote de Avellaneda; y, con menor fortuna crítica, el Guzmán de Alfarache de Mateo Luján de Sayavedra. Al anónimo de 1554 le llueven autores todos los años. Hace un tiempo publiqué un examen de sus principales atribuciones, a propósito de la investigación de Mercedes Agulló, artículo-reseña a la que remito al curioso lector. A estas alturas, me inclino a pensar que el esfuerzo en estudiar autorías se ve alentado, a menudo, por un asunto de reivindicación local; ello explica que, a veces, una diputación o gobierno semejante haya publicado un estudio para atribuirle a un nativo del lugar el Lazarillo (me refiero a los casos concretos de Alfonso de Valdés y Juan Luis Vives). Quizás por eso mismo en otros ámbitos geográficos especializados no se frecuentan estos estudios o no se viven con los apasionamientos que se suelen ver en la península.

En esta entrada, me ocuparé de comentar el reciente volumen En busca del Lazarillo de Antonio García Jiménez, cuyo subtítulo reza Una investigación realizada con el estilo de los clásicos detectives desvela el mayor enigma de la literatura española. Este trabajo desarrolla la propuesta de Fray Juan de Ortega como autor de la obra anónima. García Jiménez parte del padre Sigüenza, el primero en atribuirlo al fraile jerónimo, y el aval de algunos críticos del XX, como Marcel Bataillon, que consideraban probable la atribución. Sinceramente, yo también la consideraría como posible o al menos sugerente, pero no me arriesgaría a postularla. En busca del Lazarillo ofrece muchos y elaborados indicios, no pruebas, y en base a ellos se elaboran conjeturas, en efecto, detectivescas.

lazarillo garcia jimenezEl riesgo de este tipo de estudio es que su lectura nos conduce a una especie de Código Da Vinci, en el que todas las piezas encajan sospechosamente bien y a uno le queda la sensación de que el supuesto autor ha ido desperdigando pistas o guiños (cual psicópata asesino de película tipo El coleccionista de huesos o Hannibal) para que un C. Auguste Dupin o un Erik Lönnrot revelen el misterio celosamente guardado durante siglos. Pese a que soy aficionado a las novelas y a todo lo que sean las delicias de la ficción y el drama, suelo ser escéptico en este campo. Creo que este tipo de trabajo obedece a una sensibilidad más bien romántica, la misma que creó la leyenda de los caballeros templarios a la manera en que la plasma Indiana Jones y la última cruzada y tantas otras ficciones populares (mientras que los de la orden del temple, hasta el siglo XVII al menos, tenían básicamente fama de rijosos y bohemios, cfr. Los sueños de Quevedo).

En el trabajo de García Jiménez se postulan una serie de identificaciones que nos introducen en una muy puntual novela en clave. Entre muchas, solo enumero las más llamativas: Fray Juan de Ortega contaría algunas de sus vicisitudes vitales a través del personaje de Lázaro de Tormes; Carlos V, como benefactor del fraile Ortega, sería el arcipreste de San Salvador; la mujer de Lázaro es, alegóricamente, el obispado de Chiapas del que Fray Juan de Ortega no llegó a tomar posesión. Nos hallamos ante demasiadas suposiciones y nada concreto, fáctico, que las demuestre. Todo documento es leído entre líneas y cuando no se encuentra un testimonio se imagina como probable o se toma por sentado. Hasta se afirma que Felipe II habría estado al tanto de la autoría del padre Ortega.

Pero si algo de provecho tienen estos estudios, al margen de si nos convencen o no, es que en el camino hacia su tesis despliegan algunas ideas o planteamientos que sí resultan dignos de atención y que son más que rescatables, hasta valiosos. En el caso de En busca del Lazarillo, por ejemplo, me animaría a apuntar las siguientes contribuciones sugerentes al análisis del texto anónimo: las referencias musicales presentes en el Lazarillo (que nadie ha estudiado aún sistemáticamente); la conexión con la orden jerónima, de la cual se ofrecen indicios atendibles; y el vínculo con la casa de Alba y la tierra de Alba de Tormes, otro aspecto que no se ha estudiado de forma orgánica.

Algunas objeciones: la datación, uno de los grandes problemas del Lazarillo, nunca se esclarece ni se aspira a discutir a fondo. Se asume cómodamente que las cortes aludidas son las de 1538, pero no se debate con quienes las retrasan, con buenas razones, a 1525. Ambas fechas son discutibles y dignas de evaluar, según se sabe, dentro de la obra. Otra menudencia: se aprecia el esfuerzo de García Jiménez por identificar al conde de Arcos, hasta llegar a la figura de Manuel Ponce de León, el de la famosa anécdota del guante y el león, pero no hay un vínculo necesario entre su valentía y la arrogancia que se le achaca al conde de Arcos (o Alarcos) en el texto del Lazarillo.

Llama la atención que En busca del Lazarillo descarte la veta erótica que posee el libro, un filón inevitable en un libro de burlas o de entretenimiento: romper zapatos, en el contexto de un religioso tan frívolo como el cuarto amo, siendo este además fraile (con la fama de su potencia sexual, proveniente del medievo), es una referencia obvia a su lascivia, censurada en el texto. Lo mismo se podría decir de las mujercillas que ayudan a Lázaro, quienes llaman, pícaramente, al fraile “su pariente”, otra de las excusas típicas o eufemismos para ocultar relaciones ilícitas. Esta costumbre, por cierto, pervive en el Perú, donde la amante o novia impresentable (por fea o cualquier otro motivo) solía ser presentada vagamente, cuando no quedaba más remedio, como una prima.

A propósito de la datación, evoco aquí una charla humanista y amena que sostuve hace un tiempo con Mónica Poza. Comentando el Lazarillo, ella elaboró una idea luminosa, que vendría a echar por tierra cualquier elucubración fantástica y seudocientífica: dado que el Lazarillo originalmente era una carta (de eso no hay duda), ¿por qué no creer que efectivamente aludía a personajes concretos y a un caso real acaecido en Toledo? A su hipótesis, yo agregué que, por ejemplo, esto explicaría ese lapso temporal tan prolongado, de 1525 a 1538, que se palpa en el texto, así como las publicaciones tardías de 1554. Habrían tenido que pasar al menos tres décadas para que el caso fuera más o menos olvidado. De igual forma, la alteración que sufrió la carta cuando pasó a la imprenta cooperó para que el resultado fuera un mamotreto que, en su forma desigual, llegara a identificarse con un modelo de escritura que, décadas más tarde, daría pie al libro del pícaro y toda su progenie y, siglos después, a la novela picaresca o simplemente la novela moderna. El carácter anónimo, de paso, encuentra su explicación allí: ¿quién querría atribuirse una historia baldada y monstruosa, carta retaceada en capítulos cuyo carácter postizo es más que evidente, sin medida de la proporción (tres tratados con enormes deudas folclóricas y muy sólidos, estructurados y otros cuatro de factura muy desigual) y un estilo humilde? No estoy quitándole méritos al Lazarillo (que es uno de mis libros de cabecera), sino apuntando a una realidad histórica o coyuntural. Por ello, me resulta fantástico que Fray Juan de Ortega o cualquier otro autor conocido de la época (Hurtado de Mendoza, Sebastián de Horozco, Alfonso de Valdés, Juan Luis Vives y un largo etcétera) haya pergeñado el libro que, aunque es genial, no guarda el decoro que una obra meditada y destinada a la prensa por un solo autor hubiera poseído. Finalmente, la hipótesis de Francisco Rico sigue siendo la más convincente: el autor real le cedió la voz a su criatura, Lázaro de Tormes, para que se le identificara como autor de su propia vida.

Otra cosa, también de sentido común, es que el autor real (sea quien fuere) no pretendía ser descubierto. Actuaba con la libertad del anonimato. ¿Es tan difícil reconocer ese aspecto de la literatura del siglo XVI? Lo mismo hizo el autor de El viaje de Turquía y Fray Melchor de la Serna en su pecaminoso Jardín de Venus. Finalmente, si las identificaciones de En busca del Lazarillo son tan diáfanas y los destinatarios y aludidos quedaban en el círculo de un jubilado Carlos V en Yuste, ¿a qué publicar la novela? ¿qué motivación tendría el fraile Ortega para dar su texto a la estampa, con todos los remiendos editoriales bien conocidos? Lo más verosímil es que la publicación obedeciera a un editor, el de la aún desconocida princeps, que se tomó la libertad de convertir esa carta autobiográfica semiolvidada en un libro con todas las características de una obra impresa, según los criterios al uso de mediados del XVI.

Inclusive con todas las observaciones apuntadas, no dejo de recomendar la lectura de En busca del Lazarillo, investigación curiosa, apasionada y bien escrita. Antonio García Jiménez maneja con soltura una ingente recopilación de datos, los enlaza con ingenio y logra, no solo captar la atención del lector, sino envolverlo hasta el punto de caer seducido, con intermitencias, frente a su atribución de Fray Juan de Ortega.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Novedades bibliográficas y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s