Juan Felipe Mey, autor del “Guzmán de Alfarache” apócrifo

En una entrada anterior, dedicada al espinoso tema de las atribuciones autoriales, comentaba que resulta difícil no dejarse llevar por apasionamientos que influyen notoriamente en la defensa de una u otra figura literaria como posible autor de un texto canónico. Quienes conocen mis opiniones respecto a este tipo de estudios y mi evaluación tras un análisis mesurado reconocerán que no suelo adherirme con entusiasmo a ninguna atribución y que suelo asumir la máscara de abogado del diablo. Acaba de llegar a mis manos el trabajo de Juan I. Laguna, investigador residente en Francia, titulado La Philosophía moral en el Guzmán apócrifo: la autoría de Juan Felipe Mey a la luz de las nuevas fuentes (Ciudad Real, Almud, 2012).

Se trata de un estudio dividido en dos partes. En la primera, se ofrecen pruebas abundantes del uso indiscriminado del “corta y pega” que llevó a cabo Mateo Luján de Sayavedra con la Filosofía moral de príncipes de Juan de Torres en su segunda parte del Guzmán de Alfarache. Este descubrimiento ya supone una contribución, ya que en el pasado se atribuyeron otras fuentes (como la Silva de varia lección) para el apócrifo Guzmán, pero ahora queda evidente que Mateo Luján copió más que parafraseó párrafos íntegros del tratado de Torres. Además, Laguna detecta la copia, en traducción, de pasajes de Il manifesto successo, texto legal en torno al famoso duelo que enfrentó a dos caballeros italianos a mediados del XVI, así como la transcripción (que no simple parafraseo) de otros textos misceláneos humanistas o devotos, los cuales ya habían sido apuntados por la tradición crítica (Miguel Mir, Terzano, Gatti, Herrero García, Castro, Rubio Árquez, Labourdique & Cavillac, McGrady, Mañero Lozano, etc.).

Metamorfosis+y+Rimas+de+Felipe+Mey+001-1La segunda parte del estudio de Laguna postula, con hipótesis razonables, la autoría de Juan Felipe Mey. Resulta muy interesante el perfil de este librero humanista, de una familia ligada al negocio editorial en Valencia, que llegó incluso a poseer la cátedra de griego en la universidad del Turia. Juan Felipe habría tenido una sólida formación en letras y acceso a fondos bibliotecarios de la mano de su protector, el arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín. Esta cercanía explica también su adopción de la Filosofía moral, obra de otro jesuita como Juan de Torres; la publicación del Guzmán apócrifo en la imprenta de su hermano Pedro Patricio Mey; las referencias positivas a la compañía de Jesús (que si bien son corrientes en la época, son más que notorias en este segundo Guzmán); los posibles recuerdos de Alcalá (donde vivió con su padre, el impresor Juan Mey, siendo adolescente); el italianismo recusado en el apócrifo Guzmán; y, quizás lo más importante, el olfato editorial (que le venía de casta) para maquinar una segunda parte de la obra de Mateo Alemán. Esto último no solo le reportaría beneficios económicos, naturalmente, sino que el proyecto del libro era solidario con una personalidad devota y moralista, afín a la sevillano.

Sin embargo, la brecha que diferencia a Mateo Alemán del autor de la continuación apócrifa es muy simple: talento. El sevillano no solo es el mejor estilista en prosa de su generación, sino que logró engarzar como nadie la “conseja” y el “consejo”, la moralidad y la acción, en su magnífico Guzmán de Alfarache. La fórmula tuvo un éxito rotundo, pero igualmente irrepetible. Los imitadores de Alemán hicieron ajustes a aquella estructura narrativa, la parodiaron, la rechazaron o naufragaron en el intento, como ocurrió con el Guzmán apócrifo.

portada_la_philosophía_moral_300_pxHabemus autorem? Quisiéramos considerarlo más que probable. Con prudencia y aglutinando testimonio tras testimonio, el cálamo de Laguna afirma con seguridad y no se deja llevar por la pasión que a veces obnubila la razón crítica. Sin embargo, hay algo triste en la atribución, ya que conlleva admitir el plagio descarnado de una ingente cantidad de textos secundarios. Después de desmontar y casi diríamos deshuesar el Guzmán apócrifo, ¿qué queda de él? ¿qué es una novela, en última instancia? ¿Convierte esta maniobra sistemática per se al Guzmán apócrifo en una mala novela (no dudo de que lo sea, pero me pregunto si es tal el motivo)? ¿Cómo entender el concepto de plagio en el Siglo de Oro? Uno no deja de guardarle simpatía a la figura de Juan Felipe Mey, por su educación, sus lecturas y la fama que cosechó en vida entre sus compañeros, amigos y conocidos (de la que deja testimonio el fragmento de Vidas de varones ilustres valencianos que aparece en el anexo del estudio), pero cuesta –con sensibilidad moderna- despojarlo de ese estigma de remendador de textos ajenos. La atribución elaborada por Laguna se ve refrendada por un trabajo de David Mañero Lozano, editor reciente y solvente del Guzmán apócrifo (“Pedro Patricio Mey y Mateo Alemán. Nuevos enigmas del Guzmán apócrifo”, Nueva Revista de Filología Hispánica 59.1(2011): 79-96), en el que ya se postulaba, por otras vías, la probable autoría del impresor humanista valenciano.

Finalmente, es digna de resaltar una de tantas coincidencias curiosas que unen a ciertas figuras y obras: durante sus años de impresor en Tarragona, Juan Felipe Mey formó a Felipe Robert, aprendiz suyo que, en 1614, publicaría el Don Quijote de Avellaneda (Laguna 113). Ojalá este estudio de Juan I. Laguna refleje una nueva orientación en los trabajos de atribución autorial que, con algo más de cabeza fría, vayan despejando incógnitas o, al menos, no planteen mayores confusiones en el espectro del canon aurisecular.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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3 respuestas a Juan Felipe Mey, autor del “Guzmán de Alfarache” apócrifo

  1. Alvi dijo:

    Por el comentario y las pruebas aportadas, parece difícil admitir en este caso un trabajo de “imitación compuesta”, de un uso inteligente de fuentes varias en las que recrear un historia formada de teselas de otras obras para crear un mosaico distinto aunque fiel a la idea de la auctoritas humanística, ese diálogo de imitar hasta la saciedad lo más perfecto con ligeras variaciones y un deje de sprezzatura. En fin, se me ocurre bautizar a Mey como un proto discípulo del pastiche al que le salió mal el juego de tan cerrada imitación. Aunque, desde luego, según estos datos, Mey estaría apostando sin duda por una teoría y aplicación muy editorial de la imitatio descompuesta del corta y pega: como buen impresor, sabe que el trabajo perfecto es lograr una plancha de imprenta bien copiada (o adecuadamente modificada) del manuscrito proporcionado por el autor. ¿Equivocó algunas planchas de otras ediciones en marcha? Un error técnico que la posteridad sabría disculpar, o quizás valorar como original aportación de un impresor cuya labor es combinar planchas y crear la máquina de lectura que es el libro. En fin, en toda casa cuecen habas, que en nuestros tiempos aun tenemos el recuerdo de fragmentos plagiados en novelas realizadas por premios Nobel y ganando premios con ellas…
    En fin, como nota serendípica, es interesante que en el Tesoro de la lengua castellana (1611) la lógica alfabética pone al verbo imitar inmediatamente después de la palabra “immoral”. Según el diccionario, en los casos de copia y pega, no se hablaría de imitación, porque la semejanza no es la copia.
    Imitar: “Seguir el modo o instituto de otro, remedarle, contrahazerle, asemejarle, conformarse con el en dicho, o en hecho” (501r-v). Quizás debamos conformarnos nosotros con una imitación inmoral, conformada con el “dicho y hecho”, entonces.

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