¿Quién lee las cartas?

leriano+cartaCartas. ¿Quién las escribe? ¿Quién las lee? Una de las más bellas canciones de Presuntos Implicados se llama, precisamente, Recibes cartas: “Recibes cartas/ y te emocionas/ llegan de Palma o Barcelona…”. Se trata de una canción de 1991. Veintidós años después, las cartas son un género que va menguando. Quizás por ello, con más razón, ahora nos emocionan más. Es cierto que en lugar de cartas se escriben y comparten mensajes, pero, a fuer de nostálgico, no es igual, nunca es igual. En una novela sentimental como Cárcel de amor, ¿con qué se atragantaría Leriano hasta morir si no fuera con las cartas de Laureola?

He aquí tres ejemplos (provenientes de la literatura contemporánea) de cartas que no se leen. En “En el tiempo indeciso”, relato de Javier Marías publicado en 1995, el futbolista húngaro le confiesa al narrador que no abre las cartas que su novia le envía desde la lejana Budapest; mientras él baila torpemente y seduce con su fama de goleador a las chicas deslumbrantes de la discoteca Joy. ¿Por qué? Porque ya sabe lo que dicen: en las cartas su novia le declara su amor eterno y a él no le interesa. Rehúye abrirlas y averiguar su contenido para no recordar la tan mentada voluntad afirmativa de la novia. Es tan fuerte dicha voluntad que, tras charlar con el futbolista, no le queda duda al narrador de que ambos acabarán casados, indefectiblemente.

En El jinete polaco (1991) de Antonio Muñoz Molina, el protagonista recuerda el inicio de la relación entre sus abuelos. Cuando el muchacho que es el abuelo en aquellos tiempos inicia su cortejo, sigue las convenciones sociales. Entonces se nos cuenta que:

portada_el_jinete_polaco1Al principio [ella, la abuela cuando jovencita] se las devolvía todas sin abrir, porque esa era la costumbre, pero cuando empezó a aceptárselas muy pocas veces las abría, no solo porque apenas supiera leer, ya que siempre habría encontrado a alguien que lo hiciera por ella, sino porque no imaginaba que pudiera existir alguna relación entre su propia vida y las palabras escritas, a las que en todo caso atribuía un poder maléfico.

Aquí Muñoz Molina nos explica la razón de no abrirlas, la cual permite comprender el texto de Marías. El futbolista de “En el tiempo indeciso” también intuye la discrepancia entre lo escrito y la realidad. Su respeto, cínico, del amor incondicional de su novia hace que evite leer sus cartas; tal como, en El jinete polaco, la muchacha no quiere leer las cartas del joven enamorado para que no se rompa el hechizo, aquel mundo paralelo donde el amor se está cocinando, fuera del mundo real, marcado por lo cotidiano y lo mediocre del ambiente rural.

El último ejemplo que traigo a cuenta proviene de un clásico. En Crónica de una muerte anunciada, Bayardo San Román, el novio deshonrado, no lee las cartas que le envía Ángela, pues parece ser que, más que valorar su contenido, valora su presencia, su calidad de objeto. Se trata de reliquias, objetos de adoración. Las cartas que le envía Ángela a Bayardo son pruebas de su amor, más allá de lo que efectivamente se diga en ellas. A la vez, el narrador de Crónica nunca precisa si Flora Miguel abre las cartas que le envía Santiago Nasar. Cartas sin amor, claro está, de los tiempos en que Santiago estaba en el colegio y ella atesora en un cofre. El sentido de posesión que connota el cofre pretende subsanar, con su presencia, la irrealidad de un vínculo verdadero entre la pareja, cuya boda fue acordada por sus padres muchos años antes.

Las cartas, género en extinción, nos advierten de la fragilidad de lo escrito cuando se confronta con la realidad, a la vez que suponen el poder del discurso entendido tanto como objeto privilegiado de la cultura letrada como simple y poderosa reliquia a la que aferrarse en tiempos de flaqueza.

Rodríguez Mansilla, Fernando. “Sobre la escritura en Crónica de una muerte anunciada”. Rilce. Revista de Filología Hispánica 22.2(2006): 299-306.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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