La invención de Burel: sobre “El Club de los Nostálgicos”

La literatura uruguaya está marcada por aquel grupo de inclasificables que son los llamados raros, desde Felisberto Hernández a Mario Levrero. En un medio literario así, Hugo Burel no parece un escritor tan llamativo, pero su obra mantiene una originalidad de motivos y estilo que merece la atención crítica. De hecho este año apareció el primer estudio monográfico dedicado a su obra: Sociedad, escritura, memoria: idiosincrasias uruguayas en la narrativa contemporánea de Giuseppe Gatti. Con la esperanza de que en el futuro las investigaciones se amplíen, ofrezco esta entrada  para avivar el interés del lector curioso de novedades.

Secreto, aunque no propiamente clandestino, sino casi mimetizado con el ambiente, existe en Montevideo un club sin actas ni documentos: unos cuantos solitarios se reúnen semanalmente para compartir recuerdos y evocar lugares, canciones, hábitos, etc., de la ciudad. Sujetos raros, aunque a la vez típicamente montevideanos, se encuentran entre ellos dos hermanas emparentadas con el memorioso Funes, cuya precoz muerte narró Jorge Luis Borges. Al club se une, a la caza de certezas, de hallar un sentido a sus obsesiones, el tímido Walter, quien confeccionaba listas de recuerdos sin saber bien por qué. El Club de los Nostálgicos (2011) narra la búsqueda vital de Walter, con sus manías y su imposible amor por la misteriosa Pierángeli.

portada-club-nostalgicos_grandeCon El Club de los Nostálgicos, Hugo Burel ha reinventado Montevideo para la literatura. Lo que ha hecho aquí Burel puede parangonarse con el volumen de Montevideanos de Benedetti (aunque estos relatos estuvieran inscritos en un naturalismo más cercano a Dublineses), con una diferencia notable: Burel hace de la realidad tangible mito. Por ello, el título de esta entrada juega con La invención de Morel y lo hecho por este novelista, dado que ha impregnado de fantasía, de literatura, las calles y los rincones de la ciudad. Y el resultado es verosímil: solo en Montevideo puede vivir una mujer como Pierángeli, hija del romanticismo, novia eterna de James Dean, o mejor dicho del mítico muchacho de Rebelde sin causa. O un Walter, vagabundo, robando propinas de los restaurantes, un flâneur rioplatense,  con sus listas nostálgicas a las que –en vano- intenta encontrar un sentido. Así son los habitantes de Montevideo, la capital más austral de América y a la vez más próxima al Viejo Mundo, tradicionalmente moderna, la ciudad de Joaquín Torres García y el desarraigado Onetti. Evidentemente, Burel está identificado con la ciudad y sus obras la recrean de forma tan intensa que alguna invención suya ha pasado por realidad ante los lectores. Según él mismo lo contó, para la novela El corredor nocturno inventó aquel cabaret extraño, más propio de película de David Lynch, llamado La puerta roja y hubo quienes le preguntaron dónde quedaba realmente ese local que él situaba en la Ciudad Vieja.

Un par de observaciones finales. La primera, solo para dar cuenta de la impronta borgiana, hábilmente manejada por Burel. Además del guiño a Funes el memorioso (que no por nada era oriental, de Fray Bentos) en los personajes de las hermanas integrantes del club, no pasemos por alto el hecho de que Kairo, el nostálgico mayor, al inicio cursi, ridículo, y luego algo siniestro, casi monstruoso, evoca al Carlos Argentino Daneri de El Aleph en su faceta de narrador estrambótico, obsesionado con su único tema, que lo devora y lo conduce a una serena demencia.

La segunda apunta a que, como siempre en Burel, el cine es un móvil y generador de historias y guiños (como ocurría en Tijeras de plata). No por nada, intuyo, la inasible Iris, aquella “sirena del río” que persigue y/o se inventa Walter, debe su nombre a la adolescente meretriz de Taxi Driver. Porque finalmente, ¿qué es la nostalgia exactamente? Una fuerza, el imperioso deseo de volver, pero ¿a dónde? ¿existe realmente ese lugar que añoramos? ¿cuánto de fantasía o realidad tiene nuestro recuerdo? Es todo lo que tenemos, es aquel botín de los años inútiles (como gustaba repetir Ribeyro), pero a la vez no es nada: solo un puñado de objetos (los restos del naufragio) o de sensaciones, de imágenes vagas, brumosas, a las que nos aferramos como último recurso.

Hasta muy recientemente se nos decía –hasta el hartazgo- que Latinoamérica carecía de memoria, que es joven, que es el futuro… Diríase que Uruguay vive el fin de la historia o su día después, como si el país hubiera pasado ya por todas las etapas históricas que el resto del continente todavía está experimentando. Quizás por ese desfase queda la impresión de que al final, El Club de los Nostálgicos tiene visos de una novela fantástica: el club logra su propósito, rebasa sus límites y se infiltra en las instituciones hasta controlar el país.

Un miembro antiguo del Club declaró que alguna vez –sin ánimo de instituir una doctrina- que en algunas zonas de la realidad el Club y el país eran –son- lo mismo. Reflexionaba sobre cierta vocación nacional por la efeméride, el mojón histórico que hay que enaltecer cada trescientos sesenta y cinco días, la obstinada memoria que perpetúa el apego a cosas que con el correr de los años nada significan. Exagerando, este socio propone sustituir el nombre del país por el de República de la Nostalgia. Yo no tengo una postura tan radical. El Club es apenas el refugio de los inadaptados que no toleran el presente. Un presente criminal e inseguro, cambiante, disparado hacia un futuro sembrado de interrogantes y amenazas. (Hugo Burel, El Club de los Nostálgicos)

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