Diario de Luis Alberto de Celis, III: autobiografía

Leyendo el diario de mi malogrado amigo Luis Alberto, encontré esta entrada que bien puede ser una autobiografía en miniatura. Recuerdo algunas de estas afirmaciones suyas a través del hilo telefónico y que me decía, entre veras y burlas: la próxima vez que busque trabajo debería enviar esto en lugar de mi carta de presentación, ¿no crees?

Domingo, 28 de setiembre de 2008

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Apartamento de Luis Alberto de Celis en Potsdam, NY

Nací en la clínica Virgen del Carmen de San Isidro en 1975. Se trata del mismo centro médico en el que murió Haya de la Torre y Alan García se internaría más tarde para una cura de sueño. Estudié en colegios de sacerdotes, donde nos hacían transcribir la biblia, confesarnos periódicamente, cantar el himno y nos golpeaban –en las manos, en las posaderas y detrás de los muslos- para mantenernos a raya. En primaria era un buen estudiante, hasta el cardenal Landázuri me dio un diploma de aprovechamiento en tercer grado. En secundaria fui un estudiante mediocre aspirante a vago. Lo único que hacía en esa época de adolescencia era leer, escuchar música y escribir poemitas cursis a una chica con la que ni siquiera me hablaba. Acabar el colegio fue un alivio e ingresar a la universidad dos meses más tarde una bendición, porque sentía que estaba cada vez más cerca de la adultez. Pero esta tardó en llegar y seguí sufriendo en vano buscándome a mí mismo todavía unos años más. Seguí con mi rutina intelectual y medio bohemia hasta los veintiuno. A los veintidós renuncié a las camisetas negras y empecé a usar las camisas dentro del pantalón. Había acabado, sin darme cuenta, la carrera de filología y, gran sorpresa, me gustaba investigar. En el camino hacia ese deleite por la academia, había renunciado a buena parte de la música que me había gustado y también a algunas adicciones adolescentes. Me metí a fondo a trabajar con gente muerta de hace cuatro siglos: me especialicé en el Siglo de Oro español. A la par de ese interés en los cadáveres y las reliquias lingüísticas, me tomé en serio el trabajo de profesor universitario y lo ejercí con fruición en dos universidades, además de haber hecho mis pinitos en un colegio privado. El tiempo pasó y antes de los veinticinco me ofrecieron viajar a España para perfeccionarme en mi materia. Acepté aquella oferta que no podía rechazar. En Europa aprendí la soledad de los trenes, a comer solo y entender a nivel sentimental a César Vallejo. Pero España me cansó luego de un par de años y me fui, antes de cumplir los veintisiete, a Estados Unidos. Allí persistí en mi vocación filológica, viajé a California para escuchar “Sitting on the dock of the bay” en uno de los piers de Frisco, pisé Manhattan y el corazón se me salía por la boca. Volví a España, fui a Italia siguiendo una corazonada, fui a Chicago para llorar y a la vuelta de eso, me hice doctor en literatura. Mi triángulo de las Bermudas (Perú-España-Estados Unidos) se cerró poco después y decidí venir a Nueva York huyendo de los zapatos feos y las aceras rotas de Lima. Tengo predilección por las mujeres italianas, los pies pequeños y los cuadros de Balthus.

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“Fui a Italia, siguiendo una corazonada”

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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