Las lágrimas de Julianne Moore: el ama de casa postmoderna

julesEn The Kids are All Right, Julianne Moore interpreta a Jules, un personaje  a la altura de su potencial histriónico. Jules es algo tímida, dulce, sensible, vulnerable, madre abnegada, pareja de Anette Benning, Nic, una doctora más bien rígida, fuerte, una profesional exitosa, varonil, frente a la cual Jules se empequeñece. Como ama de casa, en la senda de los roles acostumbrados de la Moore, Jules está experimentando una crisis personal, buscándose a sí misma, disconforme con su vida rutinaria alrededor de la crianza de sus hijos y la vida con Nic.

Y entonces aparece Paul (Mark Ruffalo), un hombre hecho en “la universidad de la vida”, un aventurero y emprendedor, en las coordenadas del jardinero de Far from Heaven o el escritor atormentado de The End of the Affair. A causa de ser el padre biológico de los hijos de Jules y Nic, Paul invade el espacio familiar, con la curiosidad del ama de casa y las sospechas de la médico. Mientras Nic anda muy enfocada en su carrera, Jules quiere montar su propio negocio, algo relacionado a la jardinería y los productos orgánicos, dentro de la tendencia New Age que debió inyectarse en vena en sus años formativos de Berkeley. Nic también estuvo allí (de hecho, en ese lugar de California se conocieron), pero seguramente esta última ha liquidado su juventud idealista, en tanto Jules sigue buscando maneras de realizarse y sentir que contribuye de alguna forma al mundo.

En esta situación, con la frialdad de Nic y el buen rollo de Paul con los niños (quienes lo buscaron porque querían conocerle), Jules cae en el hechizo de su galán postmoderno: dueño de un restaurante con productos igualmente orgánicos, degustador de vino y conocedor del mundo. Un adulto de mediana edad, bon vivant que vive su soltería a todo pulmón. Así, es fácil que Jules sea seducida, con lo que se ofrece al espectador un triángulo bastante convencional, pese a que toda la película está revestida de alusiones a lo políticamente correcto, la cultura del reciclaje y el compost, la tolerancia y la mentalidad abierta. En realidad, Jules sufre de un bovarysmo bastante predecible para los seguidores de Julianne Moore. Quizás la particularidad de esta ama de casa pelirroja, en contraste con papeles previos, es que Jules se viste mal, sin estilo. Pretende lucir como una adolescente o muchacha feminista en sus tempranos veinte. Cree que llevando camisetas, chaquiras de cuero, vaqueros, camisas a cuadros, shorts de dril y botas es rebelde e independiente, cuando no es más que una heroína romántica deprimida en un mundo consumista (piénsese que en Men of Children sí es una mujer aguerrida y hasta allí tiene más estilo). ¿Dónde están los vestidos ora rojo escarlata, ora verde guisante, el bolso a juego y los zapatos delicados de señora que bebe vino blanco?

kids-are-all-right_320Sí, Jules es un ama de casa postmoderna y víctima del tedio, vuelta ahora amante de un soltero de oro, cosmopolita y sexy. Y su pareja, Nic, es la caricatura de un macho tradicional, que la infantiliza, como el marido de Far from Heaven y nunca toma en serio sus sueños de comercio justo y cultivar tomates en el patio trasero. Como otra Madame Bovary, Jules se entrega a aquellos encuentros ilícitos con su amante bajo pretextos inherentes a su perfil protagónico. Si Emma tenía como coartada tomar lecciones de piano (afición de señora decimonónica), Jules dirá que se pasa las mañanas reformando un huerto (actividad propia de amas de casa preocupadas por la ecología y alimentación sana de sus vástagos). Pese a estas diferencias formales, el resultado es el mismo: las mismas sesiones de pasión ruda, la consabida liberación frente a esa ataduras que todavía, a inicios del siglo XXI y con todo lo postmoderna que aspira a ser la película, siguen sonando muy burguesas. Esas mañanas de infidelidad, Jules vuelve a ser una muchacha, lo cual en el fondo aún es: hasta abraza el gesto convencional de fumar en el lecho con Paul. ¿Hay algo más tópico que eso? Como una muchacha extraviada, es totalmente dependiente, de Nic e incluso de Paul, si este le propusiera algo más concreto (cosa que no hace, por razones obvias: es un galán solitario y solo se divierte con su ama de casa desatada).

Dejando de lado esas transgresiones comprensibles en la cándida Jules, The Kids are all Right no ofrece mayores estridencias. Como una reformada Emma Bovary, experimenta el arrepentimiento, la vuelta al redil, ¿por qué estoy haciendo esto si yo amo a Nic? No debería estar haciendo esto, etcétera.

En ese contexto, sus lágrimas solo confirman su reconciliación, más no su impotencia, frustración o su dolor trágico (como en las películas más románticas de Julianne Moore). The Kids are all Right, en aras de un mensaje pretenciosamente progre, no da lugar a ese sentimiento catártico propio de los dramas, sino que resuelve sus conflictos tan civilizadamente como lo exigen los tratados de autoayuda en boga: hablar, aceptar y dar vuelta a la hoja. Por eso no hay lágrimas copiosas, ni quejidos prolongados, ni cama que se hunde como en The Hours, tampoco manos finas y enguantadas diciendo adiós tristemente desde una ventana, porque el mundo es así, la fatalidad se cierne sobre nuestro amor, quizás en otro momento, en otro lugar, hubiéramos sido felices… Nada de eso hay en The Kids are all Right. La lección, optimista, conciliadora, dichosa y políticamente correcta es que las personas tropiezan, cometen errores, se descuidan y lastiman, pero todo se soluciona. Por eso las lágrimas de Julianne Moore no se lucen. En lugar de ello, de los sollozos y gemidos con que tan decorosamente suele fascinarnos, nos ofrece una especie de autojuzgamiento frente al sofá donde se ubica su familia. El gesto tiene mucho del ejercicio de autocrítica que se exige a los militantes frente al comité central del Partido. El mensaje es claro: aquí no pasó nada y las lágrimas no vienen al caso, se quedan atascadas. Quien las vierte y nos impresiona es Nic. Quizás esto es lo más auténticamente transgresor y original de The Kids are all Right.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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