Las tres vidas de Lurgio Gavilán y la autobiografía en el Perú

lurgio gavilan portadaLas Memorias de un soldado desconocido (2012) configuran una muestra magnífica del género autobiográfico plasmado en una narración que podríamos considerar esencialmente andina. Esta es la historia de  Lurgio Gavilán, cuyas niñez, adolescencia y juventud transcurren en un grupo armado clandestino (Sendero Luminoso), el cuartel militar y más tarde el seminario donde pretende seguir una carrera religiosa. El estilo que caracteriza la narración de estas etapas de su vida, que distinguen tres partes en el libro, es austero y común a la narrativa indigenista clásica: una base descriptiva de corte realista decimonónico con puntas de pensamiento mágico debido al sincretismo religioso andino (al mejor estilo de Arguedas o Ciro Alegría). Otro rasgo igualmente relevante de la tradición narrativa andina presente en estas Memorias es la compenetración del narrador con el ciclo agrario y el medio ambiente que le rodea. Se emplean también imágenes de la naturaleza para explicar el mundo y los sentimientos básicos: la fuerza de los ríos, la lluvia, etc. Súmese a ello la intercalación de canciones, propias del mundo oralizado, aquel propio del ámbito rural.

De la misma forma, no se cuenta con una mayor introspección psicológica, tan solo un recuento más o menos detallado de la rutina en estas tres etapas o “vidas”, con lo que se  constituye casi una relación de servicios. Lo interesante, sin embargo, es ver cómo existe una serie de vasos comunicantes que enlazan tales “vidas” aparentemente distintas. La primera, la estancia con la guerrilla terrorista, es representada por la bandera roja. Se caracteriza por el hambre, el abuso de los superiores, la férrea disciplina y el modelo del hermano mayor al que el protagonista intenta emular. Debido a que se trata de los actos de un niño, no existe en él ningún compromiso ideológico. Hasta podría decirse que sus actos están guiados por el sentimiento de aventura y de admiración que hizo que siguiera a su hermano, desaparecido más tarde.

El tránsito hacia la siguiente etapa, la del ejército, se produce casi sin darnos cuenta. Es una transición suave, ya que prosigue mucho del abuso, la violencia y la aplicación drástica de la disciplina, aunque el hambre se halla un poco más regulada. Este periodo se caracteriza por la bandera rojiblanca, que sintetiza el cambio de paradigma, ya que ahora es la nación (y no la lucha armada marxista) a la que se rinde tributo. En esta etapa el protagonista asciende en el escalafón y se ofrece un testimonio de primera mano de la explotación de los unos por los otros en la institución militar. Corresponde este momento al de la adolescencia, cuando el sujeto ya razona y aprende a leer y escribir. Inclusive el narrador llega a declarar que el ejército había sido lo más parecido a un hogar, una familia.

Sin embargo, Lurgio debe seguir madurando y su siguiente paso es la religión, representada por la bandera blanca de la paz. Esto parece ser lo que siempre buscó: ayudar al prójimo, servir a los demás, paliar el dolor y combatir las injusticias. Si bien en esta y sus vidas anteriores (la guerrilla y el ejército) hay vicios, solo en esta última existe el perdón, mientras que en las dos primeras solo hay castigo, sufrimiento y muerte. La Iglesia es el único lugar donde no se ofrece la violencia como regla de vida y donde tiene lugar un banquete que cierra su paso por la vida religiosa: “Franciscanamente tomamos chocolates con panetones en un ambiente de familiaridad, contagiados de entusiasmo y alegría” (Memorias… p. 155). Pese al adverbio “franciscanamente”, que se propone atenuar la abundancia asociada con las celebraciones de fin de año, es de notar que la situación es auténtica, llena de regocijo, a diferencia de sus otras dos vidas, marcadas por el hambre, la clandestinidad y el sufrimiento.

Además de la imagen de la bandera y otros temas que señalamos como vasos comunicantes, conviene observar que las tres vidas del protagonista son marcadamente gregarias, de negación completa de deseos individualistas: “Los religiosos vivíamos en comunidad, no era posible tener esposas, además de tiempo en tiempo rotábamos de convento en convento, como los militares y los de Sendero Luminoso” (Memorias… p. 137). La obediencia y disciplina, valores en los que Lurgio ha sido formado desde niño son elementos permanentes de su existencia. Las tres etapas de las que hablamos suponen un periodo formativo, aunque duro, de permanente búsqueda personal. Cuando el protagonista abandona la Iglesia, no le queda sino declarar su más caro deseo: “Quería tener una familia, quizás un hijo, y salir al mundo como cualquier persona” (Memorias… p. 156). La guerrilla, el ejército y el convento se ven como ámbitos cerrados, de los cuales Lurgio debe “salir” precisamente para tener una experiencia real.

Para él, en efecto, la vida recién empieza, aunque esta nueva etapa (su vida presente, la cuarta) sea la del antropólogo, en un intento suyo quizás de exorcizar el pasado. Esta cuarta parte de las Memorias…, el epílogo del libro, se ocupa del regreso a los lugares de la memoria, experiencia que solo parece traer desolación: todos esos lugares, que está visitando como antropólogo a la caza de testimonios, ya no existen o están en ruinas. Las personas son indiferentes, se niegan a hablar del pasado o lo tergiversan. De allí que el final del libro deje una gran interrogante sobre el futuro, tanto de Lurgio como de otras víctimas de la violencia como él, y es un alegato por la acción. Si en sus tres vidas iniciales el narrador de las Memorias se movía cómodamente en un discurso narrativo andino tradicional, la reflexión que cierra el volumen nos presenta a un sujeto que ya habla desde la posición de un ciudadano moderno, quien piensa en el progreso y elabora su reclamo a la clase política. En conclusión, las Memorias de un soldado desconocido son un testimonio terrible y original de los años de la violencia política en el Perú, pero también una autobiografía literariamente rica en su aparente sencillez estructural y estilística.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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