Roberto Bolaño y los talleres literarios

los_detectives_salvajes.large¿Qué joven aspirante a escritor, al menos en el mundo hispánico, no ha asistido a un taller de creación literaria? Roberto Bolaño, escritor para escritores (como lo eran Borges o Milán Kundera), no podía dejar pasar este lugar común de la educación sentimental de todo escritor en ciernes, pichón de cóndor, pipiolo de tinta, dentro de su narrativa.

El inicio de Los detectives salvajes recrea precisamente el ambiente de un taller de creación literaria, donde el joven Juan García Madero se sumerge y de paso se escaquea de las clases de Derecho en las que, por presión familiar, se ha tenido que matricular. Pero el taller dirigido por Julio César Álamo no es nada del otro mundo, por el contrario, parece un refugio para la pereza y la mediocridad:

Hasta entonces yo había asistido cuatro veces al taller y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado siempre ocurrían cosas: leíamos poemas y Álamo, según estuviera de humor, los alababa o los pulverizaba; uno leía, Álamo criticaba, otro leía, Álamo criticaba, otro más volvía a leer, Álamo criticaba. A veces Álamo se aburría y nos pedía a nosotros (los que en ese momento no leíamos) que criticáramos también, y entonces nosotros criticábamos y Álamo se ponía a leer el periódico. (R. Bolaño, Los detectives salvajes, p. 13)

En suma, impera la monotonía y se extraña el entusiasmo que debieran provocar las musas en estos poetas noveles. En realidad, según vamos adentrándonos en el mundo de Los detectives descubrimos que el taller se convierte en un punto de encuentro para socializar, para hacer política literaria más que para aprender o afinar la pluma. En el taller de Álamo conocerá nuestro protagonista a los realvisceralistas, Ulises Lima y Arturo Belano, quienes irrumpen un día para agitar el cotarro y mostrar su valía. De manera que el taller es importante por lo que ocurre después, por lo que pasa a la salida del aula. El taller literario es entonces un umbral, un rito de paso, esencialmente vacío, pero que adquiere su relevancia solo dentro de la trayectoria del aprendiz. Del taller de Álamo al desierto de Sonora, ni más ni menos. La misma desolación y el mismo sinsentido.

Algo similar ocurre en Estrella distante. En esta novela corta, el narrador nos introduce al contexto previo a la dictadura a través del taller literario de una remota Concepción, con personajes que son más bien inquietos y provincianos, pues carecen del tedio que impregna la urbe en aquellos náufragos urbanos de Los detectives salvajes. Esta es la descripción del ambiente del taller de Juan Stein:

La mayoría de los que íbamos hablábamos mucho: no sólo de poesía, sino de política, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que después fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografía, de revolución y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una nueva vida y una nueva época, pero que para la mayoría de nosotros era como un sueño o, más apropiadamente, como la llave que nos abriría la puerta de los sueños, los únicos por los cuales merecía la pena vivir. (Bolaño, Estrella distante, p. 7)

roberto-bolano-screenEl ambiente es otro, cierto, pero el taller produce resultados parecidos: los estudiantes de Stein y Diego Soto (profesores de sendos talleres literarios) elaboran poemas para antologías que nunca van a publicarse y todo ese fulgor juvenil será cancelado por la represión dictatorial, la consecuente diáspora y el paso demoledor de los años. Los participantes en los talleres compartían una serie de pasiones revolucionarias, de diverso cariz, una de las cuales era la creación literaria. Pero la historia, que es trágica en el caso del Chile de 1973, viene a derruir todos esos sueños. Como en el taller de Julio César Álamo, en Los detectives salvajes, el mayor recuerdo que se lleva el protagonista de Estrella distante es el encuentro con los otros sujetos que sufren o provocan el hecho medular de la novela. Nuevamente, el taller es el umbral, el espacio fronterizo entre la infancia (cuando no se tiene voz o se está buscando) y la toma de conciencia.

Me gustaría acabar evocando un cuento famoso de Bolaño en que no hay taller literario alguno, pero donde sí encontramos el tipo de relación de aprendizaje, mentoría o enriquecimiento mutuo que en teoría debiera promover el espacio del taller literario. En el magistral Sensini, el diálogo epistolar e inclusive la reconstrucción, hecha en base a indicios y suposiciones, de la vida del escritor exiliado, Sensini (alter ego de Antonio di Benedetto), ilumina el camino hacia la forja de una carrera literaria, a través del testimonio del narrador y el ejemplo vital del viejo narrador que se mantiene pobremente a base de premios literarios. Este diálogo franco, honesto y conmovedor, que ni siquiera llegaría a ser diálogo fluido, sino contacto o intercambio austero, intermitente, es el único que asegura –en el mundo narrativo de Roberto Bolaño- la pervivencia de la literatura, entendida como un sucedáneo de la vida.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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