Memorias de gris

bb1En 2002, tenía veintidós años y había encontrado un trabajo de profesor de lengua y comunicación por horas en una universidad en la periferia con un discreto nombre en latín. Había acabado la carrera el año anterior y me encontraba en el dilema de todo recién graduado: empezar a trabajar para ganar la mayor cantidad de dinero e intentar independizarme o reservar tiempo y energía para escribir la tesis y licenciarme (empresa que se veía tan o más remota que la independencia económica). Eran dificultades que se retroalimentaban: trabajar muchas horas te distraía del plan de tesis y te llevaba al subempleo a largo plazo; atacar el plan de tesis con miras a superarte y tener mayores oportunidades laborales hacía que optaras por trabajos de muy baja paga. De una forma o de otra, tu vida era dura, de pocas monedas en el bolsillo y de mirar escaparates a sabiendas de que esas cosas que veías no podías adquirirlas.

Este es el testimonio de mi vida cuando era pobre, periférico y gris. ¿Feliz? También, no me cabe duda. Gozaba de la felicidad de las cosas simples: de comer caliente a las once de la noche, de sentirme rico el día que nos pagaban, de que cancelaran por alguna razón una clase o de tomar examen un día y no tener que preparar la lección ni derrochar mis energías tragando el polvo de la tiza e introduciéndola a mis pulmones, como lo hicieron mi abuelo y mi padre en tiempos pretéritos. Como ellos, probablemente ya estaba acumulando suficiente polvo de cal para producirme problemas respiratorios que me pasarían factura en veinte o treinta años más. Mientras, mis días transcurrían entre autobuses o camionetas insalubres, donde corregía exámenes y redacciones (de allí me quedó la tembladera en mi caligrafía), aulas de luz amarilla y muros de colores insípidos, estudiantes que pasaban necesidades más grandes que las de uno, o que eran de lejos mayores que el profesor y aspiraban a sacarse una carrera universitaria cuando el agotamiento del día no les vencía.

Porque mi rutina de trabajo era esencialmente nocturna. Arrancaba con redacción para estudiantes de segundo año, desde las 7 hasta las 8.30. Luego, de 8.45 a 10.15 tenía la clase del estribo, la dura: lengua para los ingresantes. Recuerdo entrar a esta última clase con un café en la mano, siempre, en un vaso de polietileno que –ahora pienso- debía ser hipertóxico. El café, ni qué decirlo, lo consumía de la misma forma en que llevaba a cabo tantas cosas en esos años: porque cubría una necesidad primaria y no paraba mientes en la calidad o en el disfrute, criterios más bien propios de un perfil burgués del cual me encontraba a años luz.

Era conmovedora esa clase de lengua: asistentes de contabilidad, muchachos de mandado en oficinas, trabajadores manuales, secretarias o recepcionistas proletarias, jóvenes de provincias trabajando durante el día en labores ínfimas que venían a estudiar por las noches, con la esperanza de superarse. Sin haber pasado necesariamente por su misma experiencia, yo me identificaba con ellos, compartía el mismo medio de transporte infrahumano, devoraba con ansias la misma comida barata y compraba mi ropa en mercadillos similares, donde había que probarse los zapatos pisando sobre un cartón, para no ensuciar la suela nueva en el asfalto o el cemento mojado o simplemente polvoriento. Todo era muy sucio y pese a los esfuerzos siempre el cuello de la camisa se te arruinaba al final del día o la cara se te ennegrecía por el humo que volaba en el ambiente. Éramos personajes propios de una novela soviética.

bb2Una de esas noches dichosas en que se cancelaron clases por ya no recuerdo qué, evoco sí, más o menos claramente, una caminata casi de flanêur suburbano, feliz como un niño sin escuela ni deberes, cuando visité –por vez primera- el nuevo centro comercial, totalmente pionero, que habían puesto en el barrio, junto a la autopista Panamericana. Se llamaba Royal Plaza y tenía una franquicia de multicines. No se había visto antes tanto neón ni colores tan vivos en esa geografía más bien opaca, donde aún imperaba mayormente el gris del cemento sin pulir y la tierra que se metía en todas partes, con vestigios de pasto marchito que nunca reverdecía. Junto al multicines, habían instalado una tienda de otra franquicia que hubiera sido inimaginable en esa zona de la ciudad: Blockbuster. Ingresé y todo tenía el olor de plástico nuevo y ambientador, con jóvenes voluntariosos que inclusive practicaban su mejor acento limeño clasemediero. El entusiasmo de ver tamaña modernidad en esos rincones de soledad y pobreza que frecuentaba y eran mi propio territorio, hizo que me inscribiera ipso facto y que, con la misma celeridad, recibiera mi carnet de socio, plastificado y aún caliente, recién salido de la máquina. También recuerdo la película que alquilé, en formato VHS, porque era el único reproductor que teníamos en casa: Las cenizas de Ángela de Alan Parker, con Emily Watson y Robert Carlyle, basada en la novela de Frank McCourt. Cualquier parecido con mi realidad era una coincidencia tan certera como triste era la vida. Bastará con decir que me identifiqué con la violenta escuela y la melancolía tan limeña de Limerick, entre otras cosas; hasta el tabaco materno me resultaba familiar.

Volví a Blockbuster días más tarde para devolver la película, creo que sin rebobinar (delito de lesa cortesía en tiempos de VHS), y no me decidí a alquilar nada: entre que no tenía dinero y no podía imaginar cuándo y cómo podría darme el tiempo para ver otra película, preferí dejarlo para otra ocasión. Luego, pasaron los días, las semanas y los meses. El trabajo se acumulaba, corría a todas partes, llegaba increíblemente con todos los deberes hechos en la mochila, leía, escribía y corregía la bendita tesis, mientras tragaba más polvo de tiza y desechaba bolígrafos de tinta roja vacíos o buscaba otros porque los perdía en asientos de cuerina grasosa. Entonces llegó, con mucho esfuerzo, el día de mi suerte (que aún no era irlandesa) y marché a España. Como parte de mi nueva vida, le di de baja a la cartera que llevaba en el bolsillo trasero. Encontré mi carnet, sin brillo y algo rugoso, de Blockbuster. Sin pensarlo mucho, decidí conservarlo y guardarlo en la cartera nueva. Y así ha sido hasta ahora. El viejo carnet se ha vuelto, para mí, un amuleto, talismán o mascot, como dicen en inglés. Un talismán de años idos, caducos, que me permiten recordar una parte de quien soy, ahora que debo ser otro, menos delgado y más burgués, no el de entonces, menos serio y más distraído. Hace unos días me enteré de que han cerrado la última tienda de Blockbuster y no pude evitar abrir la cartera, sacar el carnet y verlo en silencio por un minuto, mientras pensaba todo esto.

Blockbuster

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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