Picaresca peruana: la vida del Cholo Jacinto

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Otro de los pilares de la picaresca peruana

Hace casi una década se me ocurrió escribir un esbozo de itinerario del género picaresco en el Perú. Recuerdo arrancar admitiendo que no existían representantes notables, como sí en otras literaturas nacionales vecinas (México y Argentina, por ejemplo). Por entonces, me hallaba influido por una visión comparatista herencia de la lectura de Literature as System de Claudio Guillén, una etapa que vista desde aquí me resultó muy enriquecedora y me empapó de un método y cierta coherencia discursiva. Hasta el título de aquel trabajo revela la impronta del llorado Guillén: “¿Hacia una picaresca peruana?”. Ahora diría que la interrogación intentaba darle el aire especulativo y cuestionador, muy sí es no es, propio de un post-estructuralismo tibio, pasado por agua. Basado en los criterios de un modelo autobiográfico, con una voz narrativa ambigua hasta producir la paradoja del mentiroso que afirma decir la verdad (la confesión “sincera” de un delincuente, ni más ni menos), identifiqué ciertos textos que merodeaban esa estructura enunciativa.

Empezaba con la colección de relatos Los inocentes (1961) de Oswaldo Reynoso, donde detecté algo del ambiente picaresco y una confesión criminal en ciernes, la que incluye el relato “El Príncipe”. El segundo hito de un camino picaresco en la literatura peruana se encontraba en el relato “Reina de Corazones” del magnífico e irrepetible Navajas en el paladar (1995) de Jorge Eslava. La tercera manifestación que se aproximaba al discurso picaresco era Maldita ternura (2005) de Beto Ortiz, novela escrita con barroquismo estilístico (que el autor ha llevado a sus últimas consecuencias en sus columnas semanales), cierto moralismo encubierto y maquillado de humor y sátira, con ingredientes grotescos y hasta patéticos, de un prófugo de la justicia que malvive en Miami y desde allí elabora un ajuste de cuentas con su pasado. Mi exploración en torno a un surgimiento de una picaresca peruana acababa así, con un optimismo de lo más cándido:

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Artículo aparecido en “Ajos y Zafiros”

Me parece evidente que nos hallamos ante la inminente constitución de una picaresca peruana. Su raíz estaría en los relatos contenidos en Los inocentes, que encierran una pauta narrativa en germen -darle voz al sujeto marginal- que solo será retomada treinta y cuatro años después con Navajas en el paladar, donde el discurso picaresco se encuentra en estado de ebullición, pero que no se desenvuelve del todo por la brevedad de los textos que integran el volumen, dada su naturaleza de recopilación de testimonios, aunque magistralmente facturada como literatura por Eslava. Con Maldita ternura (pese a todas las objeciones formales, estilísticas o ideológicas que se le pueden hacer) nos encontramos ya ante el discurso picaresco propiamente dicho, es decir en una narración de largo aliento, finalmente novelesca -puesto que hasta ahora solo habíamos contado con visos del mismo en textos breves-….

Lo que vine a descubrir tiempo después de publicado el artículo fue que ya existía o se estaba escribiendo (al menos eso se aseguraba) una novela peruana auténticamente picaresca. Alguien, un delincuente, estaba escribiendo su autobiografía cual otro Ginés de Pasamonte. Jacinto Aucayari Bellido (alias Cholo Jacinto) fue protagonista de un reportaje para televisión en el que mostraba un arrepentimiento afín al de un Guzmán de Alfarache –pero sin teología o erudición- y se hacían públicos pasajes de un cuaderno, donde letra infantil e imágenes narraban una historia que repetía todos esos lugares comunes de la picaresca desde los primeros tiempos del género literario en cuestión: la expulsión del paraíso, la victimización, el primer hurto, el aprendizaje duro en la calle con pícaros más expertos, etc.

¿Qué ocurrió con el libro del penitente Jacinto? No lo sé. Intenté preguntárselo al periodista que hizo el informe y, creo que hacia 2008 ó 2009, me comunicó que el cuaderno con el relato y los dibujos debía estar en manos de la esposa del presidiario. Llegar a ella, según me advirtió, podía ser peligroso. Yo, que por esa época ya acariciaba un proyecto narrativo personal, decidí arrimarme a los buenos (por ser uno de ellos) y jubilarme de las andanzas picarescas. Sin embargo, dejo aquí el testimonio de la primera novela picaresca peruana stricto sensu, a la espera de que alguien pueda acceder a ella y sacarla a luz en un futuro espero que no muy lejano: La vida del Cholo Jacinto.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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