Primeras impresiones sobre “El héroe discreto”

portada-heroe-discretoA estas alturas de su carrera, a Mario Vargas Llosa no se le exigen mayores credenciales, pues ya las mostró todas. Su obra quedó absolutamente consagrada con La guerra del fin del mundo (1981), pico al que solo logró volver a escalar con La fiesta del chivo (2000), casi dos décadas después. Por ello, su más reciente novela, El héroe discreto es, ni más ni menos, una novela eficaz, y digna de compartir sitio en el anaquel junto a Historia de Mayta, Pantaleón y las visitadoras o El Paraíso en la otra esquina, textos que, sin ser el pico del iceberg, se leen con el placer con el que se escuchan las variaciones de un virtuoso. En esta entrada ofrezco algunas primeras impresiones en torno a El héroe discreto.

Un elemento que se vuelve más frecuente en este último Vargas Llosa son las recurrencias a un mundo ficcional consolidado, como un García Márquez de vuelta en Macondo o un Onetti a su Santa María. El héroe discreto nos recuerda a Dejemos hablar al viento del autor uruguayo, con sus personajes de ficciones pasadas que se encuentran e interactúan. Así, vemos a don Rigoberto (hecho todo un portavoz del conspicuo señor de derechas que es el Nobel peruano), Lucrecia y un quinceañero Fonchito (provenientes de Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto); también encontramos al sempiterno sargento Lituma (de La casa verde y las novelas policiales de los años ochenta), abotargado en su comisaria de provincias, emblema de la mediocridad peruana; y hasta un personaje más rebuscado que se me antoja un guiño fantástico a la primera época vargasllosiana: ¿el abogado Claudio Arnillas no será aquel sanisidrino “Cachito” Arnilla de Los cachorros?

16779-la-casa-verdeOtra posible reminiscencia de personajes vargasllosianos clásicos es Edilberto Torres, aquel fantasmal personaje que atormenta al joven Fonchito. En un inicio, su figura hace pensar en esos personajes de Vargas Llosa que en algún momento de sus vidas encarnan la santidad o el martirologio frente a los otros: el emasculado Cuéllar que llora por los pobres mientras sus amigos se meten en un burdel (Los cachorros) o el mismo Mayta en su adolescencia, quien impresionaba a sus compañeros de escuela con muestras de caridad rayanas en santidad (Historia de Mayta). A la larga, sin embargo, Edilberto Torres se revela como un mero distractor, una especie de dato escondido para prolongar la intriga.

Para acabar con los guiños, esta vez en el plano absolutamente autobiográfico, la novela está dedicada al difunto Javier Silva Ruete, aquel “Javier” de La tía Julia y el escribidor, cómplice de una fuga y el matrimonio ilegal del joven Varguitas y su tía política. No deja de resultar curioso que El héroe discreto también hable de un matrimonio truculento, ilícito, con oposición de una familia y una fuga con chispazos rocambolescos, quizás un homenaje a las aventuras vividas con aquel amigo que ya no está y plasmadas literariamente en la novela de 1977.

Solo guardo una objeción al mundo ficcional elaborado en El héroe discreto. Vargas Llosa ha hecho de la mímesis realista,  a la manera flaubertiana, su estilo personal, que impregna todas sus novelas y configura su arte poética, plasmada en infinitud de ensayos y entrevistas. Para llevar a cabo una mímesis realista, el novelista requiere estar sumamente empapado del mundo que recrea. Vargas Llosa lo ha sabido hacer desde sus inicios (con Pantaleón y las visitadoras, por ejemplo, o Conversación en La Catedral) hasta muy recientemente (El sueño del celta o El Paraíso en la otra esquina). Sin embargo, en El héroe discreto se perciben ciertos desfases o, por decirlo de otro modo, las costuras del traje, hilos sueltos que deslucen el pretendido realismo, emblema de nuestro autor: la narración mezcla jerga antigua que nadie menor de setenta años usa ya en Perú (los mellizos cuarentones, Miki y Escobita, dicen “muca” por “pobre”, un anacronismo escandaloso) o refiere detalles realistas que han quedado anacrónicos (la secretaria de Felícito Yanaqué dice que su pretendiente trabaja en la guardia civil, cuerpo de la policía que se disolvió ¡en 1988!) con elementos efectivamente actuales que no suenan del todo convincentes: se menciona un célebre programa de frivolidades y chismes del espectáculo (desaparecido, por cierto, a fines de 2012); o se dice que una noticia se difundió en radio, televisión, periódicos “y blogs” (como una muletilla); Fonchito, pese a ser un quinceañero educado y sensible, compra un disco de Justin Bieber (detalle poco verosímil en un muchacho como él, ya que Bieber es más bien un ídolo de jovencitas).

cuadernos-don-rigoberto-mario-vargas-llosa_1_1_1166092Despistes poco realistas aparte, una dimensión del mundo actual que ejemplifica bien El héroe discreto es la que ha desarrollado Vargas Llosa en uno de sus últimos ensayos, aquel sobre La civilización del espectáculo: ambos conflictos, los del provinciano Felícito Yanaqué y el distinguido limeño Ismael Carrera, que en otra época hubieran sido dramas familiares tratados de manera solemne, inclusive con tintes semitrágicos, se convierten en comidilla de la prensa, que los trivializa y acaba por impregnar a las dos historias de un tono de melodrama o de revista del corazón, común a la forma en que el narrador asume buena parte de los hechos que cuenta. Y esto parece ser un acierto, un efecto buscado por el autor, que da un aire fresco al mundo vargasllosiano.

Otro novedad en la representación de la realidad peruana según Vargas Llosa es su mirada optimista, basada en la idea, en boga en años recientes, de que el país ya no es más pobre, sino un lugar pujante y de bonanza económica: se resalta cómo la modernidad, encarnada en centros comerciales y tiendas de marcas extranjeras, ha llegado a una provinciana Piura (otrora rural, tan señorial como miserable, en sus novelas clásicas) o cómo el sicariato se ha instituido debido a la abundancia y el exagerado consumo. Por todo ello, resulta irónico que la aristocrática familia de Rigoberto viaje en clase turista mientras el cholo chulucano Yanaqué, nuevo rico triunfador, y su monstruosa mujer Gertrudis viajen en primera clase. El narrador se refocila contando el contraste y el asombro de la refinada pareja ante aquel viaje del matrimonio piurano. Evidentemente, luego de razonarlo, a Rigoberto le queda claro: Felícito es tan inculto que hace el viaje a regañadientes, porque su único plan es acompañar a Gertrudis a ver al Papa; en tanto él, señor barranquino, tiene milimétricamente planeada su gira europea, con museos, conciertos y cenas de sibarita.

Finalmente, ¿quién es el héroe discreto que da título a la novela? ¿Felícito Yanaqué? ¿el anciano Ismael Carrera? ¿el refinado Rigoberto? Qué lejos estamos del Vargas Llosa inicial, de aquel mundo opresivo en el que un personaje (Gamboa, Zavalita, Pantoja, Mayta) se enfrenta quijotescamente a la autoridad, que lo expulsa o aniquila, “jodiéndolo” o llevándolo a la mediocridad (ser un desclasado, un militar exiliado en Puno o un ínfimo vendedor de helados). Un desenlace feliz, con viaje a Europa, en la trama de la novela pareciera querer transmitirnos que en estos tiempos de economía liberal no hay lugar a heroísmos tan grandilocuentes, no viene al caso manifestar la rebeldía o el inconformismo y solo queda la discreción de actos mínimos, como el de Rigoberto encerrado en su biblioteca admirando sus pinturas y viviendo fantasías que, lo sabe bien, no pueden llevarse a cabo en el mundo real, porque este es feo, sucio y vulgar, el mismo que sin embargo le provee de todo (allí está la economía de mercado) para montarse ese mundo placentero paralelo. ¿Viene a cuento recordar que el primer título de La ciudad y los perros era La morada del héroe? El último Vargas Llosa ha pasado de héroes de antaño que se inmolaban por sus ideales a burgueses cómodamente instalados en el éxito económico, como Yanaqué o el ya prejubilado Rigoberto.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Novedades bibliográficas y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Primeras impresiones sobre “El héroe discreto”

  1. Magnífico análisis, Fernando. Acabo de terminar de leer yo también la novela, y no puedo añadir nada a tus sabias palabras. Lo único, mencionas varias veces el apellido de Felícito como Ipanaqué, pero es Yanaqué, ¿no? Ha debido de ser un lapsus… En fin, el relato me deja con muchas ganas de volver por sus dos escenarios, Lima y Piura, “la tierra del tondero y el che guá” (p. 324). Un fuerte abrazo,

    Carlos

    • orodeindias dijo:

      Gracias por fijarte en el gazapo, Carlos. Ya lo enmendé. En realidad, en el norte del Perú los apellidos terminados en “qué” son muy comunes y tienen tantas variantes que ocurren estas cosas cuando uno redacta de memoria viajando en tren (que fue mi caso cuando hacía mis apuntes). Yo también guardo gratas memorias de Piura y los colegas de allá. Un abrazo para ti y tu familia, F.

  2. Pingback: “Una piel de serpiente” de Luis Loayza | Oro de Indias

  3. Pingback: “La novela luminosa” de Mario Levrero | Oro de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s