“No una, sino muchas muertes” de Enrique Congrains Martin

congrains no unaCayó en mis manos recientemente la edición uruguaya de No una, sino muchas muertes, salida de las prensas de la vigorosa, hacia la década de 1960, editorial Alfa de Montevideo. La misma que publicó la novela póstuma de Enrique Amorim, Eva Burgos, y el memorable volumen Tan triste como ella de Juan Carlos Onetti. De Congrains Martin, representante del neorrealismo peruano de la década de 1950, solo conocía el relato “El niño de junto al cielo”, de forma que leer No una, sino muchas muertes (publicada originalmente en 1957) era para mí saldar una deuda pendiente con el canon de la narrativa peruana contemporánea.

Y fue una lectura provechosa. Se trata de una representación del lumpen, la miseria y los instintos básicos de la lacra social enmarcada en un lavadero de pomos regentado por una vieja avariciosa y donde trabaja en condición de esclavitud una veintena de locos. Dada su enajenación, poco o nada sabemos de ellos, salvo el trato de mercancía que reciben de parte de los personajes que sí cumplen un rol activo en la historia: aquellos muchachos de una pandilla a la que ellos llaman “el grupo”, la vieja anónima y su marido –amos del lavadero-, y la protagonista de la novela: Maruja, una muchacha de diecisiete años, carente de inocencia alguna y más bien abocada a la supervivencia.

Me animo a afirmar que esta Maruja es uno de los personajes femeninos más intensos y elaborados que produjo la narrativa peruana de la segunda mitad del XX. Pragmática, independiente, emprendedora, con el mismo impulso racional para elegir pareja como para planificar golpes, ella es quien manipula al grupo, a través de sus cabecillas, para despojar a la vieja del lavandero y sus locos. Los personajes masculinos, jóvenes y alienados en su cerrado machismo, resultan a menudo vencidos por la dialéctica de Maruja. A ella el narrador le destina sus mejores párrafos:

Al cumplir los diecisiete años, el mes anterior, Maruja reconoció que para el futuro merecía algo superior a lo usual en los últimos cinco o seis años, y se propuso darle un tono más elevado al amor, justificándolo solo por intermedio de un sentimiento sincero o por la revelación de un nuevo sentido para la vida.
Sin embargo, esto tampoco pudo llevarse a cabo, pues no habiendo ninguno de esos requisitos o posibilidades en aquellos muchachos u hombres que conocía, clausuraba la única vía por la que daba escape a la pesadumbre y hastío.
Pero como su comportamiento no fue el que ella pensaba, y como entonces cesó la única armonía que obtuviera en sus diecisiete años, Maruja tuvo que elegir entre el perfecto vínculo de sus ideas con sus actos, o la perfecta supresión de sus ideas, dejando exento de responsabilidad cualquier desempeño suyo.
(No una, sino muchas muertes, p. 30)

reverso congrainsLlama la atención, y es un logro estilístico en verdad, la frialdad del narrador y su carácter marcadamente analítico frente a sus personajes. Sin ser absolutamente objetivo, transmite ese efecto de realismo casi documental, suficiente para conmover y agitar –por contraste- a su lector. Aquel ambiente putrefacto, de delincuencia y marginalidad, se nos aparece muy vivo aún, más de medio siglo después de publicada No una, sino muchas muertes. Esta novela supuso la consagración literaria de su autor, a la vez que el inicio de un silencio inexplicable de décadas que rompió en años pasados para dar a luz una novela de ciencia ficción que solo generó curiosidad. No queda más que coincidir con Mario Vargas Llosa en su juicio sobre Congrains Martin, a quien consideraba un sujeto tan inquieto y versátil que podía tentar muchas cosas, producir obras de interés y cambiar de rubro sea por hartazgo o por mera vocación de Proteo moderno:

Pero, de todos mis entrevistados, el más pintoresco y original fue, de lejos, Enrique Congrains Martín, quien estaba en ese momento en la cresta de la popularidad. […] Había llegado a la literatura por razones puramente prácticas, aunque parezca mentira. […] Todo el mundo concibe empresas delirantes; Enrique Congrains Martín tenía la facultad —en el Perú, inusitada— de llevar siempre a la práctica las locuras que se proponía. De vendedor de jabones pasó a serlo de libros, y, así, decidió un día escribir y editar él mismo los libros que vendía, convencido de que nadie resistiría este argumento: “Cómpreme este libro, del que soy autor. Pase un rato divertido y ayude a la literatura peruana.” Así escribió los cuentos de Lima, hora cero, Kikuyo, y, por último, la novela No una, sino muchas muertes, con la que puso fin a su carrera de escritor. Editaba y vendía sus libros de oficina en oficina, de domicilio en domicilio. Y nadie podía decirle que no, porque a quien le decía que no tenía dinero, le replicaba que podía pagarle en cuotas semanales de pocos centavos. Cuando lo entrevisté, Enrique tenía deslumbrados a todos los intelectuales peruanos que no concebían que se pudiera ser, a la vez, todas esas cosas que era él. (El pez en el agua)

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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