Una banda sonora 3: “Canción” de Mar de Copas (1993)

mardecopasokUna de las canciones más delicadas que he escuchado en mi vida tiene un título tan tautológico que ya ronda la bobada: Canción. Pero la letra es de un sutil lirismo. Es de 1993, pero creo que yo recién la escuché uno o dos años más tarde, en uno de esos casettes que comprábamos en Quilca por cinco soles y que al por mayor costaban cuatro. Digamos que la canción me acompaña, en mis recuerdos de vivencias de entonces, desde mediados de la década de 1990: cremas para acné, agua de colonia barata que uno se ponía cuando se afeitaba algo entre bozo y bigote para sentirse más adulto, el olor fuerte y metálico que te quedaba en la mano por sujetarte en aquellas barras de aluminio con óxido que llamaban pasamanos, otra cosa sucia, como las monedas al fondo del bolsillo del pantalón de pana o corduroy con venas gordas horribles, marrones o grises, que se quedaban lustrosas de tanto sentarse en autobuses y camionetas rurales ilegales. “Mar de Copas” es el nombre de un banda de pop rock de Lima, que tuvo relativo éxito, fuera del circuito comercial, desde los años noventa hasta inicios de la década de dos mil. Tocaban en el barrio bohemio por antonomasia, Barranco, y yo alguna vez los vi tocar allí solo para acompañar y cortejar a una muchacha de aquellos años perdidos. Así que la nostalgia por viejos fracasos y malentendidos aquí es insoslayable.

Ahora tengo ya tu nombre
y eso es todo lo que tengo.
Ni te olvido ni te tengo
y eso es todo lo que queda.
Como un búfalo herido
me despeño en los abismos,
acelero sin parar
y quisiera que me vieras.
Lleves flores a mi tumba…
Lleves flores a mi tumba…
Flores a mi tumba…
Lleves flores a mi tumba…
Lleves flores a mi tumba…
Lleves flores a mi tumba…
Lleves… lleves…
Oh Señor de Muruhuay
protege a mi chica.
Oh Señor de Muruhuay
no tengo fe en el paraíso.

Otra canción de un amor perdido al que, no obstante, uno se aferra, con el nombre de la persona amada como último vestigio o reclamo de una deuda que ya nadie quiere saldar. Porque amores así son como deudas contraídas con pagarés sin fondos, papeles inútiles que uno va acumulando en el pecho. Eso es todo lo que queda: nada entre el olvido y la ausencia. O sea, en ese espacio imposible, hay algo inasible, lo que queda del amor o del sueño, porque el amor también puede ser un sueño que traficamos, el de la otra persona o el que le trasladamos a ella misma, porque no sabemos controlarnos, porque nos entregamos al amor a ciegas, nos precipitamos. Como ese búfalo herido que se desboca y se arruina tirándose hacia el abismo, porque acelero sin parar. Todo el ímpetu, la energía sin objetivo, el desgarro (porque está lastimado) se cifra en el búfalo, animal enorme, bruto y torpe en espacios pequeños, que se comunica con gruñidos y otros gestos poco amigables. Yo no dejo pensar que ese búfalo herido se debe parecer al amaro, animal mitológico andino, parecido al toro, que anuncia cataclismos y desastres, en su correr precipitado y sin rumbo. ¿Hay acaso mejor figura para representar el amor desatado que no lleva a ninguna parte? Y claro, para hacerlo más dramático: quisiera que me vieras, yo búfalo herido, me estoy precipitando al abismo, mírame, no te quedes indiferente. Como en la lírica amorosa más convencional, la persona amada es un tú ausente, de forma que al locutor solo le queda apelar a la divinidad, al Señor de Muruhuay, imagen de un Cristo crucificado, gráfica síntesis del dolor, que se venera en la Sierra central del Perú. Y ni siquiera se pide por uno mismo, sino por la amada: protege a mi chica, porque yo no importo, yo soy el búfalo que se desboca, que va a morir sin ningún sentido, herido de desamor, de pena por la dicha que no alcanzaré. Como un mártir, solo pido que lleves flores a mi tumba, quizás con eso puedas saldar ese deuda ridícula que en vida nunca te exigí con suficiente fuerza.

Es el amor de los locos, de los adolescentes, de los muchachos que iban a Barranco siguiendo muchachas imposibles y solo aspiraban a que una de ellas, la que tú querías, se quedara dormida en tu hombro. Y allí venía el problema mayor, porque tú, entonces, estabas con el corazón en la boca, sin saber qué hacer, porque eras un búfalo, desbocado y torpe, inculto en amores y creías que toda la vida y todo que lo sentías podía condensarse en la letra de una canción.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Una banda sonora y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Una banda sonora 3: “Canción” de Mar de Copas (1993)

  1. rleceta dijo:

    Es extraño (dada mi ignorancia musical) pero creo que la conozco

  2. Pingback: Una banda sonora 4: “Te regalo yo mis ojos” de Gabriela Ferri (1969) | Oro de Indias

  3. Pingback: Una banda sonora 6: “Te ofrezco lo que tengo” de Luz Casal | Oro de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s