“Periquillo el de las gallineras”: una novela picaresca sin pícaro

batihoja_10Miguel Donoso Rodríguez acaba de publicar una nueva edición de Periquillo el de las gallineras (1668) de Francisco Santos. Se trata del volumen 10 de la colección Batihoja que publica IDEA (Instituto de Estudios Auriseculares). Esta novela es uno de los testimonios finales del extenso y, a veces sinuoso, género picaresco. En efecto, luego del cuarteto que configuran el Lazarillo de Tormes, el monumental Guzmán de Alfarache, su réplica en El Buscón y su parodia femenina en La pícara Justina, todos en boga a inicios del siglo XVII, solo nos queda una retahíla de secuelas que siguen, con mayor o menor éxito, la lección de estos fundadores. He allí los experimentos de Alonso de Castillo Solórzano con Teresa de Manzanares (1632), la pícara madrileña; contraparte del Lazarillo de Manzanares (1621), el primer pícaro de la villa y corte, compuesto por Juan Cortés de Tolosa; o el Marcos de Obregón (1616) de Vicente Espinel, quien sigue la senda del Guzmán de Alfarache alemaniano en su faceta estrictamente moralista. Hacia 1668, cuando ve la luz Periquillo el de las gallineras la novela picaresca ya ha agotado todos sus recursos y solo hay lugar para narraciones extensas desprovistas del caudal novelesco previo. En general, la narrativa aurisecular, llegada la mitad del XVII, enfatiza lo descriptivo, dando paso a un incipiente costumbrismo, y al exclusivo (y a veces excluyente) ingenio verbal, producto de la influencia gongorina (desvelada atinadamente por Rafael Bonilla Cerezo en años recientes) que ya se palpa en la evolución de la novela corta, género que se aleja de la impronta cervantina conforme avanzan las décadas.

Por todo ello, el canto de cisne de la novela aurisecular, en lo que de moderno posee, se encuentra en el Estebanillo González (1648), de la que ya se dijo que es la mejor novela del Siglo de Oro, tras Don Quijote de la Mancha y, diría yo, el Guzmán de Alfarache. Periquillo el de las gallineras se encuentra lejos ya de estos modelos y posee, más bien, su apoyo mayor en un obra como El criticón de Baltasar Gracián, texto que adopta el esquema narrativo de la peregrinación para constituir un tratado moral, alegórico y filosófico que se desmarca igualmente de logros novelescos previos. En el Periquillo de Santos encontramos fragmentos directamente inspirados o ya parafraseados del texto de Gracián. Su protagonista, Periquillo, adopta la faceta de “pícaro hablador” de antaño que hilvana reflexiones morales, crítica de las costumbres y adopta el estilo conceptista que ya, hacia 1668, es más un lugar común que un mérito individual (mucho más si se encuentran tantos paralelismos con Gracián). Lo que se extraña en el Periquillo es el tono lúdico, festivo, de realidad grotesca inclusive, que configura la picaresca más clásica, cuyo último testimonio se encontraba en el Estebanillo González. Sin embargo, no es culpa de Francisco Santos, sino de la evolución de la literatura en las postrimerías del XVII peninsular. En el Periquillo solo se conservan elementos de la picaresca, como su estructura episódica elemental y sus digresiones morales, mas ya no su clásico narrador en primera persona, aquel que se divertía, como gustaba decirlo Maurice Molho, con la paradoja de los cretenses: Todos los cretenses mienten. Un cretense lo dice. Esa paradoja es la que sostenía el discurso picaresco de Lázaro y de Guzmán de Alfarache.

Ahora bien, en el plano de los méritos literarios, Francisco Santos sí que los posee, dentro de la poética vigente en la época del Periquillo. Se trata de un narrador vigoroso, gran conocedor del folclor, en la medida en que su narración aglutina un repertorio impresionante de cuentecillos y material afín, solo equiparable con el que ofrece Jerónimo de Alcalá Yáñez en su Alonso, mozo de muchos amos (1626). Además, su narración nos permite conocer el Madrid de finales del periodo áureo, con sus vericuetos, tradiciones y vida cotidiana. En todo caso, gustos literarios aparte, esta nueva edición del Periquillo de Francisco Santos enriquece nuestro conocimiento del Siglo de Oro, brindándonos un texto profusamente anotado que constituye una nueva herramienta filológica para interpretar el panorama literario y cultural de la época. Felicito desde aquí el esfuerzo de su editor, Miguel Donoso Rodríguez, para presentar un texto depurado y con materiales pertinentes que ayudan a su cabal comprensión literal.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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Una respuesta a “Periquillo el de las gallineras”: una novela picaresca sin pícaro

  1. Brandon Alexander Rmos Lopez dijo:

    pto

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