“Caídos del cielo” de Ray Loriga, diecinueve años después

ray-loriga-caidos-del-cielo-plaza-y-janes_MLA-F-2731562596_052012Definitivamente eran otros tiempos. Hacia 1995, cuando Ray Loriga publicó Caídos del cielo, era todavía un joven narrador, con el cabello largo, chaqueta de piel y tatuajes, más parecido a un cantante de rock que a un novelista al uso. Volví a leer Caídos del cielo hace poco, con la excusa de un viaje por la costa y me provocó hacer un balance de esta novela y su significado, diecinueve años después. Lo cierto es que bien poco queda de esa época. Diríase que uno lee con ánimo casi arqueológico, como se lee ahora las novelas del Boom, con esa mezcla de reverencia y curiosidad por lo clásico; sí, casi un cuarto de siglo de después y con la carrera posterior de Loriga, puede atribuírsele ese adjetivo: clásico de su generación, al menos.

Se trata de un universo ficcional compartido con Christina Rosenvinge, de quien era pareja Ray Loriga por entonces. De hecho, una banda sonora apropiada para esta novela sería el álbum Que me parta un rayo (1992). Una muestra patente de esa colaboración entre ambos es la canción Señorita (cuya letra es contribución de Loriga), pero también muchos versos sueltos que pueden ilustrar la afición por personajes jóvenes, algo extraviados, con más preguntas que respuestas, héroes de comic, inocentes pese a su aparente rudeza, como ángeles caídos, de allí el elocuente título de la obra. En efecto, hacia 1992 Christina cantaba así: Andábamos casi a dos metros del suelo/ limpios y guapos, caídos del cielo/ compré una historieta del Corto Maltés/ y tú, una chaqueta de soldado inglés (Ni una maldita florecita). La pareja protagonista de Caídos del cielo la componen el hermano mayor del narrador, el cual se caracteriza por su belleza (sí, él era más guapo que la hostia), su oscuridad de poeta y su fascinación por aquella pistola con tres balas que empieza a usar sin un plan específico. No es casualidad que Christina cantara también, en 1992: Tengo una pistola/ por si un día todo falla… (Tengo una pistola). Su amor de ocasión, que acabará siendo el amor de su vida, es una muchacha pelirroja, adolescentemente seductora, que lo secunda en sus aventuras de road movie. Tampoco es casualidad que por entonces se hubiera estrenado Natural Born Killers (1994), porque los protagonistas de Caídos del cielo bien podría identificarse con unos Mickey y Mallory castizos, montados en un coche robado, yendo a ninguna parte, solo escapando de la policía, pero también buscándose a sí mismos sin tener consciencia de ello; Christina cantaba también voy en un coche/ que robé anoche/ a un tío listo que iba a ligar (Voy en un coche). Como en Natural Born Killers, en Caídos del cielo tenemos una sátira, muy de la década de 1990, hacia los medios de comunicación y el inicio de los reality shows, que ahora ya están tan asentados que nadie los critica, sino que se asumen como géneros fijos, incuestionables y populares, como lo son los culebrones y los programas tipo Saber y ganar o Pasapalabra. Recuérdese que, también por esos años, en El día de la bestia, contábamos con similar sátira sobre la televisión y su vacuidad. El resto de la novela está salpicada por rock and roll, películas que pasaban por televisión y lugares comunes de estas, como Bruce Lee, Thelma y Louise, ciertos diálogos, así como personajes prestados (la pareja de policías, el malo y el bueno).

Sin embargo, con toda esa parafernalia que ahora es fácilmente decodificable, tanto como se puede desmontar también una novela del Boom, algo queda: la frescura de una narración que se remite ya no a una tradición literaria, sino a música y películas, con una imaginación, por eso mismo, más bien audiovisual que estrictamente narrativa (no es de extrañar que el libro se convirtiera en película después, La pistola de mi hermano, dirigida por el propio Loriga); los sueños adolescentes, siempre de raíz cinematográfica; la complicidad de la pareja protagónica, esos chicos tan guapos y salvajes como las canciones que cantaba Christina Rosenvinge por entonces y que era fácil imaginar protagonizadas por ella misma y el propio Ray Loriga, con ese cabello largo (seguramente usaban el mismo champú acondicionador). Diecinueve años después, las páginas de Caídos del cielo nos invitan a ingresar a un túnel del tiempo, a la vez que nos religan con los sentimientos absolutos propios de aquella edad, la del pavo, cuando la vida era dura, distinta y feliz, siempre oscilando entre el dolor y la ternura, el ímpetu y la melancolía.


Christina Rosenvinge entrevistada por Ray Loriga. La complicidad aún subsiste.

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