“Un comunista en calzoncillos” o el fin de la infancia

portada-un-comunista-en-calzoncillos_grandeClaudia Piñeiro viene llamando la atención en los últimos años gracias a varias novelas que han obtenido premios tanto en Argentina, su país natal, como fuera de ella (Las viudas de los jueves, Tuya, Elena sabe, Las grietas de Jara, Betibú). Frente a aquellas obras, técnica y formalmente más elaboradas, Un comunista en calzoncillos (2013) constituye un entremés que puede significar la mejor invitación para adentrarse en su obra. Salida del taller de creación de Guillermo Saccomanno, Piñeiro posee un estilo sencillo, risueño y evocador, debido al tema que le ocupa: volver la vista atrás, al verano austral de 1976 y el abril de ese mismo año, cuando se produce el golpe de estado que inaugura la dolorosa dictadura de la Junta Militar encabezada por Videla.

Pero todo este testimonio de otra época nos viene transmitido a través de la perspectiva de una adolescente que aún tiene algo de niña. Si el relato nos resulta enternecedor es porque se recrea el final de la infancia, con el destronamiento de la figura paterna, así como el despertar hacia la vida adulta y sus conflictos. Dividido en dos partes, la primera condensa en su título (“Mi padre y la bandera”) los dos temas principales de la evocación en torno a aquel remoto verano: la semblanza del padre, con su carácter de dios particular al que se guarda devoción (porque conjuga belleza física y atractivo personal), y la campaña, que raya en lo ridículo y lo chovinista, del pueblo (Burzaco) para que se le reconozca haber sido el primero en erigir un monumento a la bandera. Ambos asuntos afectan directamente a la joven protagonista: el padre, figura todopoderosa, empieza a verse débil, porque al fin y al cabo no es más que un empleado que intenta mantener a flote una familia de clase media sobreviviente, con un matrimonio frío y desangelado; el pueblo, en su mediocridad y altivez provinciana, también fracasará en su proyecto. Entre lo colectivo y lo privado (el pueblo y el padre) se impone lo segundo, ya que el padre posee una vocación política que lo lleva a mirar con desdén la postura gregaria de Burzaco.

3_0_5No obstante, no nos hallamos ante un militante disciplinado o revolucionario drástico cual montonero, sino que se trata de un comunista en calzoncillos, o sea un ideólogo de entrecasa, sin aspavientos ni verbo lucido. Probablemente esa sencillez colabora para hacer de este personaje, el de Gumersindo o Gúmer (un gallego, hijo de migrantes y trasladado a Argentina a los cuatro años de su edad), un héroe humilde en su discreta rebeldía frente al sistema y sus deseos de superación personal. Frente a Gúmer, el resto de la familia de la protagonista se ve opacada, dadas su medianía y pretensiones estrictamente burguesas.

La segunda parte de Un comunista en calzoncillos opera como una especie de Rayuela en miniatura. Denominada “Cajas chinas”, responde al carácter eminentemente digresivo de la memoria, que es incontrolable y tiende a la dispersión. Para evitar ese desbocamiento en el relato, “Mi padre y la bandera” incluye números entre paréntesis en medio del discurso narrativo que se remiten a fragmentos o viñetas sueltas de “Cajas chinas”. Se trata de un material disperso, que incluye fotografías y textos de diverso cariz (poemas, noticias de la época, semblanzas, anécdotas, etc.) que complementan el discurso autobiográfico y nostálgico hasta volver invisible la frontera entre la realidad y la ficción. Tal es otro de los aciertos narrativos de Un comunista en calzoncillos: llevar la escritura hasta el límite del asombro y la credulidad del lector. Por todo lo señalado, esta novela constituye un ejercicio narrativo de lectura provechosa y deleitable.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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