Alicia, esto es el capitalismo

Ed. Intermezzo tropical, 2014

Por una cuestión de recambio generacional, empiezan a aparecer novelas que recrean ya la década de 1990 en la literatura peruana. Estas ficciones toman la posta de aquellas que, diez años atrás, se ocuparon de la década previa, la de 1980, la de la generación cochebomba. ¿Qué nombre darle a la generación de peruanos que fueron jóvenes en la Lima de los años noventa? Tras leer Alicia, esto es el capitalismo, provoca bautizarla como la generación del hambre o la muerte lenta. El nombre guarda sentido si se considera que el Perú paso del cáncer de la inflación a ser un cuerpo débil bajo el rigor de la especie de quimioterapia que significó el shock económico aplicado por el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000).

Nos hallamos entonces frente a una novela histórica que evoca, veinte años después, una época marcada por el desempleo, el éxodo masivo, la pobreza y, en general, un estado de desánimo, de suma desidia, que –por entonces- produjo novelas como Al final de la calle (1993) de Óscar Malca o Nocturno de ron y gatos (1994) de Javier Arévalo. Esta recreación de un tiempo ya extinto resulta sumamente pertinente en un momento en que la sociedad peruana –al menos así lo he percibido en mis últimos viajes- se halla sumida en un discurso mayormente optimista y acrítico. Si uno repara en las ficciones masivas que vienen invadiendo las pantallas (el medio más efectivo para imponer discursos hegemónicos), solo se ven representaciones del pasado centradas en la nostalgia, empapadas de un tono risueño o en última instancia condescendiente ya que estamos mejor que antes, frase que recuerda a la famosa de España va bien que encarnaba todo el ciego optimismo de la clase política peninsular de esa misma época. Pues bien, parece que el discurso oficial actual, que pocos se atreven a cuestionar, es el Perú va bien; hasta el punto de que toda revisión del pasado no debe sino estar orientada a exaltar este presente tan maravilloso que le ha tocado a la nueva juventud peruana. Alicia, esto es el capitalismo viene a ser una réplica a todo este discurso nostálgico edulcorado de las películas que hablan del pasado reciente peruano, de la lamentable Asumare a A los cuarenta.

Entre muchas cosas, Alicia, esto es el capitalismo es una crónica de la explotación económica y social en un país famélico a través de una pareja protagónica, Tigrillo y Alicia, cuyas penurias laborales y familiares corren en paralelo hasta converger en la última escena, altamente connotativa. En un país hambriento, los personajes también sienten hambre de inicio a fin: saciarla es el gran motor de sus acciones. Para comer trabajan, en condiciones precarias, y sufriendo la pobreza en un mundo dividido entre consumidores y empleados. La gran lección que aprenden, y se va desgajando página a página, es que la vida vale bien poco en el sistema capitalista donde son solo piezas de usar y tirar, de explotar y despedir: la comida es tan mala que solo prolonga la vida o aplaza la muerte. En realidad, se trata de una muerte lenta, que padecen todos los involucrados en esa vida miserable de humillados y ofendidos, como los pollos que se desbarrancan por exceso de producción (otra de las imágenes poderosas que posee la novela).

– ¿No te da la sensación de que estamos todos un poco muertos?
– Bueno, un poco, sí, ¿no? Niña, tal vez no lo recuerdas o no lo sepas, pero aquí ha habido una guerra, y hemos vivido encerrados sin saber quién era el enemigo: unos decían que los campesinos, otros que los terroristas, otros que el Gobierno. Al final, el único enemigo hemos sido nosotros mismos. Y eso nos ha matado sin darnos cuenta.
(Alicia, esto es el capitalismo, p. 228)

La idea de una anomia social, guerra civil o leviatán, atraviesa toda la ficción. Así lo comenta también el padre del protagonista:

– Uno piensa, hijo, que estamos listos para salir a enfrentar la calle, al resto de nosotros. Pero no. Nadie nos ha preparado para eso. Porque, por si no te has dado cuenta, hijo, esto es una guerra sin principio. Empezó, seguro, antes de tus abuelos, y ahora con nosotros. Todos llegamos a Lima a pelear por un lugar, una casa, hacerse un espacio en la ciudad, pero nadie nos dijo que esto sería una guerra que nunca tendría fin. (Alicia, esto es el capitalismo, p. 119)

Y en medio de esa guerra, con cuidado de no tropezar con los cadáveres, los jóvenes intentan sobrevivir y sentir algo así como el amor, superando todo desaliento. Ni siquiera poseen sueños, solo la convicción de que deben vivir, un día detrás de otro. En ningún momento buscan un sentido a esa podredumbre, solo intentan vivir con ella, resignados y sobrevivientes en un basural que es tan connotativo como el de Los gallinazos sin plumas. Y ese es otro de los aciertos de Alicia, esto es el capitalismo, ya que abraza, con buenos resultados, el estilo de los mejores textos de Julio Ramón Ribeyro y Enrique Congrains Martin. La novela no solo se deja de leer, sino que logra agitar al lector y recordar el alma dormida en el sueño del capitalismo feliz.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Novedades bibliográficas y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s