Por una cabeza: los caballos en la narrativa de Juan Carlos Onetti

Juan_Carlos_OnettiEn su clásico y penetrante estudio Las trampas de Onetti, Fernando Aínsa reparaba en que, a menudo, la prosa de Juan Carlos Onetti incluía descripciones que tendían más a la representación simbólica, a partir de estados emocionales, que a la mera disección realista (147-148). De tal forma, en lo que concierne al tratamiento literario que reciben los objetos, se observa que su función está determinada por el punto de vista del narrador, siempre subjetivo. Un ejemplo concreto de ello es la presencia de la pipa, que se erige como un emblema y tiene por finalidad “aislar” al personaje que la sostiene: Ossorio en Para esta noche, Díaz Grey en Una tumba sin nombre o Jorge en La cara de la desgracia esgrimen sus respectivas pipas como armas defensivas contra el mundo y estas estimulan sus momentos de reflexión (Aínsa 154). A partir de esta senda de análisis, en el presente trabajo nos ocuparemos de indagar en torno a la presencia de los caballos en la narrativa de Juan Carlos Onetti, en tanto imágenes con una carga simbólica que se desata como un ovillo desde los primeros trabajos del autor uruguayo hasta la consagración de su estilo, a partir de pasajes, de suma riqueza connotativa, que se encuentran desperdigados en su extensa obra. Nuestra exégesis parte de una criba que, sin negar la exhaustividad, procura localizar y trabajar las imágenes más logradas en torno a caballos y explicarlas, primero, dentro la narración de la que provienen; segundo, interrelacionándolas, dado que pueden configurar una cadena de connotaciones y sentidos que van enlazándose en la narrativa onettiana.

Para empezar, hemos divido las imágenes de caballos que pueden hallarse en nuestro autor, con fines metodológicos, en dos tipos: el caballo como figura aislada, estática, cual estampa, generalmente en un contexto onírico; y el caballo en el escenario de las carreras, compitiendo, sea como episodio evocado por un personaje o como parte de la trama narrativa, en faceta realista y ya no fantasiosa. Estas dos dimensiones, naturalmente, a veces se cruzan, se sobreponen una a la otra y hasta llegan a fusionarse, con suma maestría, en El astillero (1961), novela que representa la consagración de unos motivos y una estética que Onetti estuvo forjando desde la década de 1930. De esa interacción se desprende, asimismo, la imposibilidad de establecer una suerte de progresión en el empleo de la imagen equina, ya que esta aparece siempre al servicio de un texto específico y se adapta a las necesidades expresivas de la escena y luego de la obra total.

En primer lugar, abordemos las referencias onettianas al caballo como elemento puramente onírico. La aparición de este animal, como fantasía de un personaje, supondría la manifestación mínima de un procedimiento que Fernando Aínsa ha catalogado como “evasión psicológica”, cuyo extremo es la locura (73). Esta representación se manifiesta por vez primera en El pozo (1939), donde el protagonista Eladio Linacero, planteando los propósitos de su relato autobiográfico sostiene:

Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse o no. O los sueños. Desde alguna pesadilla, la más lejana que recuerde, hasta las aventuras en la cabaña de troncos. Cuando estaba en la estancia, soñaba que un caballo blanco saltaba encima de la cama. Recuerdo que decían que la culpa la tenía José Pedro, porque me hacía reír antes de acostarme, soplando la lámpara eléctrica para apagarla. (Onetti, Obras completas 51-52)

Este sueño del caballo blanco se menciona precisamente luego del sueño de la cabaña de troncos, que es la imagen onírica recurrente y obsesiva del protagonista, de la que solo tendremos una descripción detallada mucho más adelante en el relato: Ana María, muchacha muerta tempranamente en el mundo real y objeto del deseo adolescente de Eladio, lo visita en una noche tormentosa y se tiende desnuda a su lado. El haber mencionado ambos sueños en su evocación, empareja al Eladio entonces púber, lo suficientemente inocente para reírse con la broma de la lámpara, con el adulto incomunicado en que se ha convertido. Si confrontamos ambos sueños, se deduce que el primero opera como un preludio del segundo, más complejo y explícito, en torno a la pulsión sexual, irresuelta, que mueve la imaginación del protagonista, cuya necrofilia se alimenta de la, para él, fascinante juventud y consecuente virginidad de Ana María. En este contexto, el caballo blanco que salta sobre la cama simboliza el instinto básico, aquel que provocó al protagonista, un adolescente por entonces, a intentar, en la vida real, satisfacer sus deseos con la joven Ana María, quien lo rechazó. Nos encontramos ante el significado más elemental de la imagen del equino, la cual se irá volviendo más compleja en obras posteriores.

El artículo completo acaba de aparecer en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 79(2014): 385-398.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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