Un clásico de la crítica 2: El conde-duque de Olivares de John H. Elliott

el-conde-duque-de-olivares-9788498924152El conde-duque de Olivares nos permite comprender mejor la figura política del privado, así como los principales hechos del reinado de Felipe IV, entre ellos los problemas políticos, económicos y sociales que condujeron a la pérdida de Portugal y la revuelta catalana de 1642. Elliott nos sumerge en la coyuntura española de las décadas de 1620 a 1640, las cuales contemplan el periodo de Olivares como privado: desde su primera etapa reformista, el fracaso en su aplicación, las guerras en las que se ve envuelto y las pérdidas de Portugal y Cataluña, acontecimientos estos últimos que precipitan su caída.

Este libro, profunda y detallada investigación histórica, puede leerse igualmente como una novela, cuyo protagonista es un noble segundón que gracias a su talento y ambición llega a ganarse el máximo favor de un rey frívolo de dieciséis años. A este noble lo alienta su deseo de alcanzar la privanza, cierto, pero también el de servir al representante de una monarquía que considera la más grande de la tierra. Olivares es consciente del rol hegemónico de España, cuyo rey es un “rey planeta”, quien tiene la misión de mantener la fe católica y la concordia de los reinos. Gaspar de Guzmán, el todopoderoso conde-duque, creía que solo él era capaz de ayudarlo a mantener dicha hegemonía, la cual ya veía decaer.

El pensamiento político del conde-duque posee dos palabras clave, que aparecen constantemente en todos sus escritos. La primera cifra su visión de la monarquía española: reputación. La reputación siempre está por encima de todo. Por reputación hay que seguir la lucha en Flandes, aunque muchos digan que es una guerra que nunca va a ganarse. Por reputación hay que mantener a raya a los ingleses. Por reputación hay que apoyar a la rama austriaca de los Habsburgo. Por reputación hay que movilizar ejércitos, conseguir nuevos préstamos y empeñar hasta lo que no se tiene. Olivares usa este concepto para justificar toda su política en torno al patrimonio real y lo que, según él, el rey debe hacer. La segunda palabra clave es la que emplea para justificar todas las medidas económicas y planes gubernamentales frente a los súbditos de Felipe IV: la necesidad. Por necesidad, hay que subir impuestos. Por necesidad, los reinos deben aportar una cantidad de hombres y dinero a los ejércitos de su Majestad (la tan bien intencionada, aunque incomprendida, Unión de Armas). Por necesidad hay que confiscar la plata de poseedores privados que acaba de llegar a Sevilla. Su mayor frustración es ver que el sentido de aquella necesidad no es entendido por el pueblo ni por las elites que conforman las cortes. El conde-duque fue uno de los primeros políticos que postuló la unificación de los diversos reinos peninsulares en uno solo, o sea eliminar los fueros y prerrogativas diversas para aplicar a todos las leyes de Castilla. Esta diversidad de legislaciones, que volvía tan desigual las relaciones de la Corona con cada reino, era uno de los mayores obstáculos en los tiempos de crisis que vivió Olivares.

A este tipo de problemas debe sumarse un hecho tan real como patético: la fortuna parecía no jugar a su favor. Hasta su mayor rival de entonces, el cardenal Richeleu, se vio favorecido por ella en más de una ocasión. Olivares fue víctima de las tormentas y los piratas que provocaron, por ejemplo, que se perdieran toneladas de plata americana que eran imprescindibles para el presupuesto anual. ¿Qué ocurría cuando la plata no llegaba? Había que seguir endeudándose bajo el sistema de asientos, con penosas negociaciones e intereses más altos. Otro factor, ajeno al pobre Olivares, era la falta de “cabezas”, o sea personas hábiles para puestos clave: se quejaba constantemente de no encontrar nobles que pudieran ser embajadores o jefes militares solventes. Allí está, por ejemplo, el Marqués de los Vélez, patrón de Alonso de Castillo Solórzano, quien pierde Cataluña en una acción bélica de lo más absurda.

Azares aparte, el conde-duque también cometió errores. Quizás el más frecuente era que prefiriese, en la mayoría de los casos, ganar tiempo o esperar. Solía evitarse el tomar decisiones rápidas. En su descargo, podría decirse que, con la lentitud de las comunicaciones de la época, era más conveniente a largo plazo ser prudente (cuando las noticias de Flandes, Viena o de América llegaban casi siempre era demasiado tarde para actuar precipitadamente). Otro error frecuente en su política: pensar que los Habsburgo de Viena velaban por los intereses de sus primos españoles tanto como estos últimos. Olivares siempre pensó que existía una reciprocidad entre el Imperio y España, pero no era así: mientras Madrid apoyaba con dinero los planes militares de Viena cada vez que se requería, esta última corte siempre podía poner excusas a brindar su apoyo para alianzas o guerras.

Así, sin el apoyo incondicional de Viena, con la Francia de Richelieu siempre hostigándolo, las Provincias Unidas en pie de guerra, Inglaterra jugando a dos bandos y los suecos decididos a convertirse en una potencia en el este, la España de Olivares se iba empobreciendo más y más. El conflicto en Flandes, del que las demás potencias europeas sacaron el mayor provecho, exprimió a la Corona hasta el punto de que, en los momentos peores, Olivares solo pensaba en firmar una paz que fuese lo menos lesiva posible a la reputación. En el verano de 1641 escribe lo siguiente, a manera de síntesis vital, en una sentida carta al embajador veneciano:

He de deciros en confianza que he sido el hombre más ambicioso del mundo. Confieso que nunca dejé de hacer maquinaciones y pasé noches en vela intentando mejorar mi fortuna. Consideraba la privanza un estado de incomparable felicidad; la conseguí; y la he tenido durante veinte años. Pero ahora, y Dios me castigue si lo que digo no es cierto, mi único deseo es concluir una paz y luego morir. En lo que al rey respecta, a él se lo debo todo… Sin él dejaría casi de ser cristiano, pues siempre que rezo a Dios es por él… En cuanto a mí, me contentaría con firmar una paz y después morir… Y aquí en mi pecho guardo un sobre lacrado cuyo contenido describe el tipo de vida que estoy decidido a llevar… (El conde-duque de Olivares, p. 681)

Su vida refleja, sin proponérselo, el espíritu de la época que le tocó vivir: aspirar a tocar el cielo con las manos, creer que lo logró y luego caer, cual Ícaro, porque las ambiciones y los buenos deseos no bastan si la fortuna no está de tu lado. Y al final, solo queda el desengaño. Una vida barroca que podría condensarse en un poema de Francisco de Quevedo, contemporáneo suyo y también su víctima.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Un clásico de la crítica 2: El conde-duque de Olivares de John H. Elliott

  1. Shai dijo:

    Como siempre, un excelente análisis de un libro tan primordial para los estudios de la época. Un gusto leerte. Gracias!

  2. Pingback: La media rota de Alonso Quijano: desengaño y cortesía en el episodio de los duques | Oro de Indias

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