El discreto arte literario de José Bianco

Jose_BiancoJosé Bianco (1908- 1986) es un escritor para escritores. Hizo de la sutileza y la discreción su marca personal, tanto en su vida pública como en su obra. Su actitud frente a la literatura me recuerda a la de Luis Loayza. Como este, Bianco escribió poco y cada página suya, en su aparente sencillez, encierra un prodigio de estilo y vigor narrativo envidiables. Su obra completa se resume en la colección de cuentos La pequeña Gyaros (1932), dos novelas cortas de impecable factura (Sombras suele vestir y Las ratas), una novela que tiene algo de autobiografía (La pérdida del reino), algunas traducciones del francés y del inglés (como Otra vuelta de tuerca de Henry James) y un puñado de ensayos (Ficción y realidad y Homenaje a Marcel Proust), donde Bianco nos revela su refinado gusto literario. Así como Loayza hizo del silencio literario prolongado una forma de vida y decidió ejercer labores pane lucrando al margen de camarillas intelectuales, ora por pereza o por repulsión a las mezquindades típicas del gremio ( tú me prologas y yo te prologo, yo te invito a tal mesa y tú me invitas a tal otra, hazte amigo de fulano que yo te lo presento, etc.), José Bianco se dedicó a labores de edición en la revista Sur, donde debió aplicar un don de gentes y cordialidad que ahora son proverbiales, y más tarde en la prestigiosa EUDEBA. Resumiendo, y vuelvo otra vez al productivo símil de Luis Loayza, José Bianco escribió obras literarias memorables, pero no hizo vida de escritor. Jorge Luis Borges, quien le reconocía el mérito de ser algo así como el secreto mejor guardado del Buenos Aires de su época, resaltaba su humildad esencial, la cual hizo, por ejemplo, que Bianco nunca utilizara su puesto en Sur como plataforma para hacer una carrera de escritor. En efecto, siendo mano derecha de Victoria Ocampo, resulta increíble que Bianco no haya aprovechado su puesto para trepar en el Parnaso, echando mano de una habilidad política que más de un escritor que yo me sé ha aplicado para compensar talento con buenos contactos y favores de ida y vuelta. Como el niño que en el fondo era, Borges embromaba a Bianco diciéndole “Sombras suele vestir” cada vez que lo veía, a manera de saludo o santo y seña de amistad y reconocimiento.

Pese a llevar esa vida retirada de las luces y la bohemia literaria, Bianco era un apasionado de la literatura. Por ello, pienso, ejercer vida de escritor quizás le resultaría una parafernalia inútil, la chafalonía de los necios. Entendió que para ser buen escritor hay que ser un eximio lector; de allí que sus libros estén llenos de intertextualidades y guiños a sus lecturas, las cuales (ingenuo él) pensaba que eran patrimonio común entre sus lectores. Así, le tuvieron que recomendar que colocase epígrafes en sus textos para revelar las fuentes de sus títulos: Sombras suele vestir proviene de un verso de Góngora y La pérdida del reino tiene su origen en uno de Rubén Darío. Pero José Bianco partía de la buena fe en sus sutilezas y pretendía establecer una relación de complicidad completa con su lector, al que asumía tan embriagado de libros como él mismo.

De Sombras suele vestir y Las ratas diremos aquí que son novelas cortas próximas al arte literario del mejor Henry James. Curiosamente, Bianco afirmaba que se trataba de una empatía espiritual o mera coincidencia, mas no una influencia estricta, ya que de James solo había leído Retrato de una dama cuando escribió aquellas dos novelas cortas y conocería a fondo sus libros por traducciones que le encargaron a partir de 1944. Sombras suele vestir (1941) había sido un encargo de Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares para su Antología de la literatura fantástica que Bianco no pudo entregar a tiempo, por lo que tuvo que publicarse tiempo más tarde. La novela en cuestión es un ejemplo del moderno arte del perspectivismo en la narrativa, el cual produce una ambigüedad que no solo cuestiona la realidad, sino que la amplía y hace de la intriga su más fascinante valor. Al final de la lectura, como en todo texto de mérito, Sombras suele vestir produce más preguntas, debates y comentarios que certezas. Algo similar ocurre con Las ratas, hasta el punto de que suelen editarse como un díptico que configura la mejor puerta de entrada a la obra y figura de José Bianco.

la pérdida del reinoLa pérdida del reino es como el último canto de un cisne o la consolidación de un mundo literario absolutamente personal. La novela empieza con un hombre que trabaja en una editorial (¿un alter ego del propio Bianco?) y que en una reunión social (de esas que lo irritan) conoce a una mujer y a partir de su amistad con ella a un círculo de personas, entre las cuales destaca Rufino Velázquez, crítico literario que acaba de retornar a Buenos Aires tras un largo periodo viviendo en Francia. En poco tiempo, Velázquez fallece. En vísperas de su deceso, este entrega sus papeles, entre los cuales hay materiales suficientes para escribir la novela que él no pudo escribir. Así que el hombre del inicio de la novela se encuentra ante esa ingente misión de tener que novelar otra vida, la de un crítico literario, creador frustrado (¿otro alter ego de Bianco?). De forma que La pérdida del reino sería supuestamente una novela en clave, en la que se retratan las manías, secretos y pasiones de aquellos personajes de la alta sociedad argentina entre los que se movió el fallecido Velázquez. La novela es válida página a página y nos envuelve en la deliciosa mezcla de tribulaciones burguesas de sus protagonistas e íntimas reflexiones del narrador:

El campo está unido a la naturaleza, cuya belleza nos inunda por su propia fuerza sin que tengamos necesidad de conquistarla. Nos perdemos en ella, en razón de nuestro mismo deseo de poseerla, y al admirarla somos aquello que admiramos: un árbol, un río, una montaña, la grandeza melancólica de la llanura, el cielo siempre distinto. La belleza natural renueva el asombro que nos causa, y el placer que suscita en nosotros, como no apaga del todo nuestra sed, quizá por eso sea superior a todo. A diferencia de una música, un poema, un cuadro, una escultura, la naturaleza nunca nos fatiga. (José Bianco, La pérdida del reino)

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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