La defensa de la ingenuidad de la pintura en el Siglo de Oro, II

Tras el pleito de El Greco, el segundo pleito de importancia para el estudio de la defensa de la ingenuidad de la pintura es el de Vicente Carducho, que duró ocho años (1625-1633). Se sostuvo entre Carducho y el fiscal del Real Consejo de Hacienda, don Juan de Balboa Mogrovejo, que demandó a este pintor y a otros, entre ellos Eugenio Cajés. Se pide que se “condene a los dichos pintores a que paguen alcabala del diez uno de todas las pinturas que hubieren vendido o vendieren, aunque sean de cosas divinas o de santos” ya que se sabe “que los pintores desta corte venden muchas pinturas, de las cuales, a título de decir que son de cosas divinas y santas, no pagan alcabala, siendo así que no tienen excepción alguna, antes por las leyes está declarado questas dos cosas se debe pagar”. Lucas Ávila de Quintanilla defendió la causa de los pintores. Su argumento básico fue la condición de la pintura como arte liberal y con nobleza, ya que había sido ejercida por reyes y señores principales de la Antigüedad y el presente. A esto se agregan luego los testimonios de personalidades, incluido Lope de Vega. Vale la pena remarcar que en los documentos del caso, parte de la defensa consiste en emplear el término “profesores” (que profesa la pintura) y no “oficiales”, como si fuera arte mecánico.

Autores eminentes de la época, admiradores de la pintura, aportaron sus testimonios, con argumentos sólidos, en este famoso pleito. Juan de Jáuregui emplea un argumento extraído de Leonardo respecto de la falta de esfuerzo físico (él decía que la pintura era “cosa mentale”): “La ocupación de las manos en la pintura es lo mínimo y de ningún peso, respecto de lo inmenso teórico en la especulación de la ciencia, y juntamente afirmo que si tal embarazo de manos minorase quilates de su nobleza, sería fuerza conceder lo mismo, no solo a cuantos profesan artes liberales, sino a cuantos escriben”. De allí, por ejemplo, que los pintores no se hagan autorretratos ejerciendo el oficio o si lo hacen lo hagan como Velázquez en Las meninas, en actitud más bien reflexiva ante el cuadro y no en plena labor manual. Otro argumento interesante es el que elabora León Pinelo: “El valor de la pintura y su excelencia no consiste en la materia, sino en la forma […] en la pintura no hay venta, hay locación”. Lo que se vende en verdad es “una línea corrida o arrastrada igualmente por su plano”. El valor del cuadro no está dado por materiales como el marco, ni por la tela ni por los pigmentos en ella, sino por la idea plasmada.

Finalmente, al pleito de Carducho se le dio sentencia en 1633, con sentencia a favor de la pintura. Este pleito sentó jurisprudencia, pero era necesario para el erario público volver a sus pretensiones de reunir algo más de dinero dada la alicaída economía.

Tras este pleito, hubo al menos tres más relevantes. En 1636, “el señor contador Gabriel Pérez de Carrión, juez para la administración de las alcabalas de la concesión de millones desta villa de Madrid y lugares de su partido por quien habla en Cortes, mandó a Joan de Villanueva, alguacil de su comisión, quiera y apremie a todos los pintores desta villa de Madrid” para que declaren exactamente cuánto han vendido desde el mes de enero anterior a efectos de cobranza de dichas alcabalas “conforme lo dispuesto y mandado por su majestad”. El año 1638 el contador volvió a insistir, dando nombres concretos, por lo que sabemos que en el pleito se vieron implicados Angelo Nardi, Vicente Carducho y el propio Diego Velázquez, pintor de cámara del rey, entre otros más. Se deduce que los nombrados olvidaron o no quisieron pagar las alcabalas. Se volvió a presentar una defensa cerrada con argumentos ya conocidos, insistiendo en que en la pintura “obra más el entendimiento que las manos”. En 1638 se falla, otra vez, a favor de la pintura.

En 1639, los pintores son otra vez presionados, esta vez con una alcabala de solo el 1%. Se les exige pagar por las pinturas profanas y no por las devotas, que merecen todas las exoneraciones del caso. No obstante, la sentencia, dada en 1640, falla otra vez a favor de la pintura.

En 1676, se plantea otro pleito digno de mención. Esta vez el procurador general de Madrid pretende que los pintores paguen un soldado, es decir cincuenta ducados anuales. Este pleito contó con la participación en el bando de los pintores de personajes de suma relevancia, entre ellos cuatro caballeros de Santiago, entre los que se incluía Pedro Calderón de la Barca.

Velázquez_-_Juan_Martínez_Montañés_(Museo_del_Prado,_1635-36)

En su retrato del escultor Juan Martínez Montañés, Velázquez lo representa con un delicado cincel en la mano, como si fuera un pintor sujetando su pincel, para evidenciar el carácter más intelectual de su labor, con lo cual la volvía un arte tan liberal como la pintura.

(continuará, en la tercera entrega, con un comentario sobre Diego Velázquez, su ejercicio de la pintura y afanes de ennoblecimiento)

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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