Diego Velázquez y la ingenuidad de la pintura, III

Autorretrato_de_Velázquez_en_las_MeninasDiego Velázquez (1599-1660) es un ejemplo del artista que, gracias a su talento, es ennoblecido. No obstante, hay que reconocer que su caso es la excepción a la regla y que si bien el otorgarle el hábito de Santiago es una suerte de triunfo de la pintura por encima de los que la consideran un oficio vil, hay que resaltar que para conseguirlo hubo de sostener algunas informaciones falsas y silenciar otras que eran inconvenientes. El trámite para recibir el hábito se inicia en 1658 y son citados a declarar testigos (que sumarán ciento cincuenta testimonios), los cuales acreditan que ni Velázquez ni sus antepasados habían desempeñado “oficios viles y mecánicos”, ya que el consejo de la orden de Santiago consideraba dentro de los “oficios viles” el de pintor. Como no se puede negar que Velázquez pintara, ya que eso sería querer tapar el sol con un dedo, se sostiene a su favor que nunca ha desempeñado ese oficio sino por obedecer y darle gusto al rey. Además, los compañeros de profesión, como Alonso Cano, Zurbarán y Carreño de Miranda (hidalgo asturiano que contra la voluntad de su padre se metió a pintor, según se decía) tendrán que afirmar que Velázquez nunca tuvo la pintura por oficio (o sea que ese haya sido su medio de subsistencia) y que nunca vendió pinturas ni abrió tienda. Son falsos testimonios a todas luces (mucho más proveniendo de sus propios colegas), pero había que ajustarse a las normas de la orden a la que aspiraba ya desde 1636, según cuenta un cronista anónimo: “A Diego Velázquez han hecho ayuda de guardarropa de Su Majestad, que tira a querer ser un día ayuda de cámara y ponerse un hábito a ejemplo de Ticiano”. El sevillano lo conseguirá solo 23 años después negando en buena medida su oficio. La alusión del cotilla a Tiziano no es accidental: a este Carlos V lo había hecho caballero de la orden de Santiago por sus servicios. La pretensión de Velázquez se veía avalada por la historia.

Diego_Velázquez_-_Juan_de_Pareja_(Metropolitan_Museum_of_Art_de_Nueva_York,_1649-50),_detalleUn caso interesante en este debate sobre la ingenuidad de la pintura es el de Juan de Pareja, esclavo de origen morisco que, como ayudante de Velázquez, aprende la pintura (debió empezar moliéndole los colores al maestro) y llega a ejercerla en secreto. Sin embargo, la leyenda dice que cuando Felipe IV descubre sus cuadros y reconoce su calidad, insta a su amo a que lo libere para ejercer propiamente el oficio; lo cierto es que Velázquez le dio su carta de libertad cuando él y su asistente se hallaban en Italia (en el segundo viaje del pintor, encargado por el rey para adquirir pinturas y esculturas). Han llegado algunas obras de este ayudante de Velázquez (como su Vocación de San Mateo, que puede verse en el Prado), pero su mayor fama proviene del retrato (actualmente en el Metropolitan Museum de Nueva York) con que su amo lo inmortalizó, durante la estancia italiana en que lo manumitió (1650). Se dice que Velázquez ejecutó el cuadro antes de pintar al Papa Inocencio X, como ejercicio para calentar el brazo.

(Continuará, en una cuarta y última entrega, con un comentario de los principales textos que produjo el debate en torno a la ingenuidad de la pintura)

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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