Una banda sonora 6: “Te ofrezco lo que tengo” de Luz Casal

luz_casal-como_la_flor_prometida-frontEsta canción se encuentra en el álbum Como la flor prometida (1995) de la cantante gallega Luz Casal. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Luz por aquella voz, su voz singular, de nasalidades y contornos que parecen perderse. Te ofrezco lo que tengo transmite un mensaje aparentemente sencillo, pero ¿qué es lo que podemos dar? ¿qué tienes que puedas ofrecer? Todos pensamos que amar es fácil, que es un gesto casi natural; sin embargo, el amor está en proporción directa al tamaño de nuestro corazón. Espíritus pequeños y mezquinos no pueden amar generosamente. Hace falta tener un alma del tamaño apropiado a nuestras expectativas de amor.

Perdido en el intento
inútil de buscar
en medio de la nada
malvives descontento,
te quiero ayudar.
Me sobran sentimientos
y te los quiero dar.
Lo que tengo te lo ofrezco,
lo que tengo y lo que soy,
lo que tengo, todo te lo doy.
Primero la ilusión
que alegrará, lo sé,
a ese helado y pobre corazón;
segundo mi vigor
para darte poder;
tercero grandes dosis
de valor y fe.
Ajena al desaliento,
tenaz en perseguir
la suerte y la fortuna
como un recién nacido
me empeño en existir.
Son míos sol y luna,
los quiero compartir.

El yo de la canción desborda de amor y se siente embargado de afecto (me sobran sentimientos/ y te los quiero dar), que solo quiere entregar a ese ser amado que no es precisamente un dechado de felicidad (malvives descontento). A veces nos enamoramos de los desdichados y pensamos que podemos salvarlos. Dolorosamente, el amor se hace más fuerte cuando parece chocar contra la adversidad o la incomprensión. ¿Cuántas veces hemos amado a quien no nos correspondía con igual emoción? ¿De qué tamaño es tu amor para estar en justa medida con el mío? Todo te lo doy. La desmesura del amor es trágica y aún así, como el búfalo herido de la canción de Mar de Copas, el amante se precipita al abismo y entrega lo mejor de sí: Primero la ilusión/ que alegrará, lo sé/ a ese helado y pobre corazón. Porque la ilusión es el gran combustible del amor. Necesitas estar ilusionado para perseguir el amor. Sin ilusión no hay jóvenes enamorados que esperan en la puerta a la salida de las clases, ni hay inocentes que deshojan margaritas en la fiesta esperando que ingrese, en cualquier momento, el muchacho o la muchacha que cambiará el sentido de su existencia. Segundo, mi vigor/ para darte poder. El vigor o la constancia en el amor es el siguiente paso. Si la ilusión da el impulso inicial, el combustible, el vigor es el equilibrio del amante, lo que lo hace no perder la esperanza cuando la ilusión se va quebrando. Porque todo lo cotidiano es mucho y feo (ya lo sabía Quevedo) y va haciendo mella la ilusión del amante; es el momento del vigor, que insta a la ilusión a superar obstáculos. El vigor es el que nos enceguece. Tercero, grandes dosis/ de valor y fe. Pero como el vigor también puede flaquear y el amor tiene que pasar por muchas pruebas, lo último, lo primordial, es la fe, que empata al amor más profano con la religión. El sostén emocional definitivo del amante es la fe, la convicción suprema que hace que esperemos en un aeropuerto intuyendo lo peor, que la amada no va a llegar, que tu espera ha sido vana, mas tendrá sentido (como lo escribió Quevedo también), porque la fe es lo último que pierdes, cuando ya cosas como la ilusión y el vigor se perdieron, como jinetes que se resbalan por el precipicio. La fe es lo último que se pierde y en adelante solo queda el descenso, el lento descenso de Ícaro que está planeando con esas alas que no resisten más y el cuerpo se rinde al peso de la verdad, de la desolación, el abandono. La ceguera se acaba y pisas el suelo otra vez, aunque tu alma diga que está ajena al desaliento o que como un recién nacidome empeño en existir. Porque los recién nacidos no hacen más que llorar y gritar para comunicarse, porque tienen hambre y no pueden hacer nada por sí mismos. Es tan largo el desamor y tan lento el olvido. Decía Temístocles que es necesario un arte de olvidar. Yo nunca me olvido y por eso sufro. Digo: lo que tengo te lo ofrezco y sé que te dará igual. Te lo ofrezco lo que tengo nos recuerda aquella regla de oro de la lírica: el del poema siempre es un sujeto ausente.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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