Un clásico de la crítica 3: “De la edad conflictiva” de Américo Castro

7449415Publicado originalmente en 1961, con una segunda edición revisada en 1963, De la edad conflictiva representa un ejercicio de síntesis del pensamiento crítico de Américo Castro sobre la cultura española de los siglos XVI y XVII. Un desarrollo extenso de muchos de sus argumentos expuestos en De la edad conflictiva se encuentra en La realidad histórica de España (originalmente publicado en 1948, con reediciones hasta 1962). De forma que este volumen es lo más parecido a un manifiesto o resumen de las ideas castristas en torno al periodo que llamamos Siglo de Oro o Edad de Oro, término este último al que el autor, evidentemente, opone el de Edad conflictiva.

En esa medida, el libro es un llamado a cambiar la forma de entender este periodo de la historia española en una época (inicios de la década de 1960) en que aún estaba vigente la visión inmanente y esencialista de España y la identidad española, legado de la perspectiva intrahistórica (acuñada por Miguel de Unamuno, pero que ya existía desde mucho tiempo atrás), por la cual Trajano, Séneca, Wamba y Hernán Cortés eran todos españoles y descendientes de Túbal, “primer poblador de España” (mito fundacional que exploró, con extensa documentación, María Rosa Lida de Malkiel). De la mano de esta visión inmanente de la historia de España, vista como una continuidad desde el inicio de los tiempos, se encontraba la pregunta por la decadencia que había sido el impulso de la Generación del 98: ¿qué pasó con esa España imperial y gloriosa? ¿Qué había ocurrido en los últimos tres siglos (del XVIII hasta el XX)? De la edad conflictiva se propone, entre otras cosas, ser la lápida sobre esta pregunta perniciosa, de acuerdo con Américo Castro: España no fue eterna ni siempre la misma. La singularidad de España, que la hizo perder el tren de la modernidad (entendida como el dominio de la ciencia, la tecnología y el comercio) y con ello la hegemonía de antaño, fue motivada por la victoria de una casta (la de los cristianos) sobre las otras dos (judíos y musulmanes) que, hasta finales del XV, habían convivido de forma más o menos pacífica (siempre según Castro, quien idealiza un tanto el periodo medieval).

Como resultado, entre los siglos XVI y XVII, la sociedad española vivió en un constante sentimiento de persecución, la que ejercían los cristianos viejos (y hasta algunos conversos ortodoxos, entre los que se hallaba más de un inquisidor) sobre los sospechosos de tener un antepasado moro o judío. Las respuestas a esta persecución son manifestaciones que ahora consideramos típicas de la época: el orgullo del villano que asume el “honor” como limpieza de sangre y no como virtud o nobleza; la renuncia al ejercicio intelectual o su práctica con la mayor de las discreciones, porque mostrar tales intereses podía ser considerado como vestigio de tener origen judío; o el sentimiento de cruzada de configura una parte importante de la identidad española por entonces. Este conflicto que se vivía a diario dio forma a la idea de “honra” que se encuentra plasmada en los textos auriseculares, en particular en el teatro.

Era meritorio para la época en que Castro difundió estas ideas revelar esta conexión entre la creación literaria y la realidad social. De la edad conflictiva y otros ensayos de Castro en la misma senda abrieron calas que sus discípulos (tanto directos como indirectos) prosiguieron. Naturalmente, con el paso del tiempo y las interpretaciones de la obra castrista, algunos de sus postulados principales se simplificaron o, ya de plano, condujeron a estudios desaforados. Quizás la simplificación más grave es asumir que todo espíritu crítico del Siglo de Oro debía tener origen converso (empezando por Cervantes): hay abundante bibliografía inspirada en Castro que no hace más que rastrear un presunto origen judío o morisco del autor y apoyarse en ese supuesto para interpretar un texto. Como si el castrismo consistiera en espulgar ascendencias e interpretar en función de ellas: un determinismo biológico que era, precisamente, lo que más irritaba a Castro y contra lo cual combatía. Un ejemplo de este método es la interpretación de la obra de Fernando de Rojas llevada a cabo por un discípulo de Castro, Stephen Gilman, cuyo The Art of “La Celestina dominó en ciertos ámbitos por décadas. Hoy muchas de sus ideas han sido sometidas a una necesaria revisión.

Quizás el peligro mayor es asumir las ideas castristas como dogmas de fe. Castro nunca lo dijo abiertamente, pero de varias páginas suyas se puede extraer una satanización de Lope de Vega y su obra por canalizar en ella el honor villano, el último refugio del cristiano viejo. La consecuencia de esto aún pervive: críticos que le han colgado a Lope el sambenito de defensor del ortodoxia o del “imperialismo hispano-católico”, sin atender a la multiplicidad de su obra y sus contradicciones inherentes. Todavía se escucha a algún profesor que, pretendiendo enarbolar las banderas de la disidencia y el libre pensamiento, hace tal lectura reduccionista de Lope o de cualquier otro autor que parezca cristiano viejo.

El antídoto contra los excesos interpretativos de Castro, que no desmerecen su contribución, se encuentra en La España imaginada de Américo Castro de Eugenio Asensio, quien en su día pudo matizar objetivamente al maestro. Porque Américo Castro lo era: en Madrid, en Buenos Aires (donde fue profesor de Luis Jaime Cisneros), en Wisconsin y en Princeton, no dejó de ser un eximio filólogo preocupado por desmontar una construcción crítica insostenible, la que se negaba a ver aquella dimensión conflictiva de la sociedad del Siglo de Oro. Por ejemplo, debemos a Castro las primeras anotaciones filológicas de un texto tan complejo como El Buscón. Como manifiesto, De la edad conflictiva concluye proponiendo una nueva agenda de investigación para los filólogos por venir, con interrogantes que, nuevamente, vinculan expresión artística con el medio social:

El problema es complejo y se fragmenta en interrogaciones secundarias de tipo muy vario. ¿Dónde y cuándo surgen los rasgos uniformes de los estilos artístico-literarios en los siglos XVI-XVII? ¿Qué circunstancias motivaron su irradiación? ¿A qué afanes expresivos corresponden? ¿En qué coinciden y en qué divergen en cada país? Todo lo cual obligaría a limitar y caracterizar la función expresiva y el área vital de cada forma artística, desde la arquitectura a la poesía.

El vocabulario crítico de Castro exuda filología y aún se percibe en su escritura el influjo del idealismo de Benedetto Croce o de Karl Vossler: rasgo, estilo, circunstancia, irradiación, afán expresivo, coincidencia, divergencia, área vital, forma artística, etc. Sin haber sido un practicante de la estilística, la base interpretativa de Castro era de tipo lingüístico. Su lectura aún hoy puede resultar provechosa y iluminadora, ya que sus ideas principales se mantienen en pie y han sido determinantes para los estudios auriseculares de los últimos cincuenta años.

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