Los destellos de la poesía de Delmira Agustini

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La nena distraída leyendo

Delmira Agustini (1886-1914) pertenece a la generación de modernistas uruguayos, conocida como Generación del Novecientos, encabezada por Horacio Quiroga, Julio Herrera y Reissig, y José Enrique Rodó. La obra de Delmira se singulariza no solo por su perspectiva femenina (dada sobre todo la situación de su género por entonces), sino también por su brevedad, sus versos logrados, y su temprana desaparición física (27 años) a manos de su ex marido celoso, quien luego de matarla se suicidó.

La poesía de Delmira Agustini se inscribe plenamente en el modernismo, movimiento de renovación lírica al que Rubén Darío dio forma siguiendo los postulados de la poesía francesa de finales del siglo XIX, adoptando elementos de escuelas como el parnasianismo y el simbolismo: el poema debe representar la belleza absoluta, para ello se debe desarrollar la musicalidad, la exuberancia a través del vocabulario y la temática exótica. Podemos entender el modernismo como un romanticismo de fin de siglo: una poesía de contrastes, de luces y de sombras, donde la belleza a toda costa coquetea con la muerte, de allí que una de sus imágenes más recurrentes sea la del cisne (aquella ave cuyo más hermoso canto precede a su última exhalación); porque por la belleza hay que dar la vida (muchos textos de Oscar Wilde ejemplifican esta idea). En esta senda, no hay nada más triste y más poético, como decía E. A. Poe, que la muerte prematura de una mujer hermosa. Por ello, las amadas de la poesía modernista son frágiles y poseen la hermosa palidez de las tuberculosas; una enfermedad esencialmente romántica (esto lo estudió a fondo Susan Sontag). La amada inmóvil de Nervo encarna este espíritu muy de la época, tanto como las princesas melancólicas de Rubén Darío.

Como muchos movimientos artísticos, el modernismo es un discurso literario desarrollado por hombres y para hombres, en el que la mujer cumple un rol de objeto. Por ello, resulta estimulante observar cómo una fémina se apropia de ese discurso y lo amolda a sus propios intereses. El ejercicio significa para Agustini una liberación o, como dirían en inglés (perdón por el palabro), un acto de empoderamiento: el sensualismo de los poetas hombres adopta nuevos perfiles y genera destellos nuevos. Hay en los poemas de Delmira Agustini un erotismo recurrente, el cual fue incómodo de tratar para la crítica tradicional, más interesada en defender la incuestionable honorabilidad de la poeta (poetisa le llamaban por entonces): es más importante declarar que solo se casó una vez y que este hombre fue su único gran amor. Resulta ocioso ahora destinar líneas a ese asunto. Más placentero y provechoso es leer, sin aquellos prejuicios que identifican autor implícito con autor real, un poema como “El intruso” (proveniente de El libro blanco, 1907), publicado cuando Agustini tiene veintiún años:

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.
¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!

El soneto tiene una factura muy eficaz. La imagen, bastante explícita para el lector versado en poesía erótica, de la cerradura y la llave (que canta, arriesgado verbo) abre el poema y lo cierra. La oscuridad de la noche se contrasta con el amante lleno de luz, de vitalidad. Agustini introduce una sinestesia sagaz: sombra helante, donde el hielo se identifica con la blancura, la cual ha provocado aquella sombra. En el segundo cuarteto, el diamante, por su dureza, brillo y valor, parece encarnar la virilidad del amante. Palabras como descaro y locura enfatizan la experiencia del goce. El primer terceto habla de cómo tu olor de primavera (más arriba se habló de la cabeza fragante) se encuentra ahora hasta en la sombra del yo poético (pasando de la sombra del amante furtivo a la sombra del yo): evoca la idea de que el amor físico deja el olor del amante impregnado en el cuerpo. Por último, nótese cómo, en el segundo terceto, el yo poético desmonta la metáfora erótica insinuada en el primer cuarteto: aquel tiemblo si tu mano toca la cerradura nos devuelve a una escena concreta, realista, de joven púdica que está fascinada con el deseo. La condición del amor físico como un tránsito, como un proceso de descubrimiento, queda reflejada en el verbo florecer que se atribuye a la boca del amante, quien tiene olor de primavera. La vida del yo no es sino un repositorio, un cuerpo finalmente, al que se une la forma del amante que se mencionaba en el último verso del primer cuarteto. La primavera, la juventud, la etapa en que la vida surge, dejando atrás el invierno infértil (quizás aquella noche sollozante y oscura) vuelve el goce físico insinuado aquí un bien nada culposo. Es la manera que tiene una joven, si no virgen de cuerpo sí de alma, para expresar que está despertando a sus sentidos. Esta imagen femenina que recrea el poema confirma la que, en su misma correspondencia personal, elaboraba Delmira: la máscara de la nena, una imagen cliché que no solo fabricaron sus contemporáneos, sino que la propia Delmira explotó para sus particulares objetivos estéticos (Silvia Molloy estudió la relación de Delmira con Rubén Darío a partir de este fenómeno del anenamiento).

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La imagen de la portada es todavía modernista

Valgan aquellas notas muy sueltas en torno a los versos felices de un soneto para motivar la lectura de los poemas de Delmira Agustini. Algunos poemas recomendables, provenientes de mi edición de Losada de Poesías completas, preparada por Alberto Zum Felde, son los siguientes: “El cisne”, “El vampiro”, “Tu boca”, “La barca milagrosa” (que recuerda a aquel barco ebrio de Arthur Rimbaud y a La balsa de Los Gatos) o “Para tus manos”. De este último, rescato el estribillo: “Manos que sois de la vida/ manos que sois del ensueño/ manos que me disteis gloria/ llevad a la fosa misma/ un pétalo de mi cuerpo”. La parafernalia decadente modernista, que lleva Delmira en vena, no impide que su poesía mantenga destellos que, pasado un siglo, nos transmiten aún su fulgor.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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