El hijo de Garcilaso de la Vega

garcilaso1El testamento del maestre de campo y poeta toledano Garcilaso de la Vega sigue las convenciones de estos documentos, llenos de formulismos y la morosidad del estilo notarial. De su lectura, queda la imagen de un Garcilaso piadoso, como lo era cualquier sujeto de su época contemplando el tránsito de la muerte, y caballero memorioso dispuesto a honrar sus deudas (hasta aquella que tiene con un hombre que en la guerra de Navarra le prestó un caballo), a las que destina la última parte de su testamento. En esa sección, para la que nombra un albacea que asuma a su nombre todas las gestiones financieras necesarias (pagar tanto a este, otro tanto a aquel), encontramos este párrafo, que desata la imaginación:

Yo creo que soy en cargo a una moça de su honestidad. Llámase Elvira, pienso que es natural de La Torre u del Almendral, lugares de Extremadura, a la cual conoçe don Francisco, mi hermano, u Bariana el alcayde que era de los Arcos u Parra su muger; éstos dirán quyeén es. Enbien allá una persona honesta y de buena conciencia que sepa della si yo le soy en el cargo sobredicho, y si yo le fuere en él, denle diez mil maravedís, y si fuese casada, téngase consideraçión con esta diligencia a lo que toca a su honrra y a su peligro.

¿Quién habrá sido exactamente Elvira? Imagino a una muchacha hermosa, es decir ‘robusta y llena de vida’ (como aún se dice en castizo hablando de niños y de fruta), que vivía en un lugar, o sea una ‘aldea pequeña’ (La Torre o El Almendral, Garcilaso no lo recuerda), en labores agrícolas ligeras (ayudar en la cosecha o arrancar la mala hierba) u ocupándose de amasar el pan o ayudando a su madre a hacer la morcilla. ¿Sería linda en su aspecto rústico? Quizás tenía el cabello castaño oscuro con destellos rubios o mantenía una tez clara, no tan herida aún por el sol. La pienso dulce en su trato, con una voz suave y cariñosa, acostumbrada a guardar silencio cuando hablaban sus mayores y las personas que no conocía. A esta Elvira debió conocer un joven Garcilaso, señorito de Toledo que venía a visitar los predios familiares, ¿se habrá enamorado entonces aquel caballero destinado a una vida de viajes, poesía, guerra, y charla intelectual y refinada entre salones y jardines? ¿O habrá sido solo una aventura, un lance de una noche, lo que vulgarmente llaman un calentón, un triste episodio de estupro, quizás, de arrinconar a la muchacha inocente contra la pared cuando iba al corral, al anochecer, a alimentar a las gallinas? También podemos imaginar una trama algo más conmovedora: la del señorito de la ciudad que se ilusiona con un amor así de rústico y hasta piensa, en sus sueños, sacar a Elvira de ese entorno, darle una educación y llevarla a Toledo. Casarse con ella estaba fuera de toda posibilidad, pero quizás estar amancebado algunos años, darle dinero y ubicarla en una ocupación decente, como que entrase a servir a una casa de familia. En suma, darle un futuro mejor que romperse las espaldas y las manos con el duro trabajo del campo al que estaba destinada.

hufaexp05-18-gLamentablemente, no sabemos más que lo dicho por Garcilaso en su testamento. Pensemos que Elvira salió embarazada de él, que ella y su familia tuvieron que cargar con esa deshonra en secreto. Digamos que la madre de Elvira frisaba los cuarenta años y que alcanzó a fingir un embarazo para encubrir el de su hija y esta crió a su vástago como si fuera, para todo el mundo, su hermanico. O digamos que al irse el señorito Garcilaso, Elvira conoció a un mozo de mulas o al hijo del zapatero de la aldea. Imaginemos que ella se dejó seducir por un galán así de humilde, sabiendo que tiene más chances de matrimonio con él y resarcir su deshonra de esa manera. Entonces el muchacho, un villano o el hijo de un oficial, cree que sí, que es responsable de esa hinchazón de vientre.

Entonces se casan y Elvira puede respirar tranquila. El niño sale hermoso, su padre postizo lo quiere como suyo y hasta cree que esos cabellos castaños son herencia de su madre y no del señorito toledano. Y pasan diez, quince… veinte años. El marido de Elvira ha muerto de cuartanas. Su hijo, a quien llamaron Pedro, el auténtico hijo de Garcilaso de la Vega, le ha sucedido en el oficio de zapatero y es diestro estirando el cuero con los dientes. En todo este tiempo, Elvira ha tenido seis hijos más. Dos de ellos murieron al poco de nacer. De los cuatro restantes, uno entró a ayudar en la misa, el cura del pueblo le enseñó algunos latines y ahora quiere estudiar. ¿Pero cómo? ¿Con qué dinero si apenas alcanza para comer y vestir, con lo pobre que se ha vuelto Extremadura? El otro hijo se conforma con ser un gañán y solo espera recibir de herencia el campo del padre de Elvira, su abuelo. La hija mayor de Elvira, Teresa, tiene dieciséis años y es tan linda como la propia Elvira a esa edad. Y eso es lo que más miedo le da a su madre: quiere protegerla a toda costa de algún tropiezo como el que ella misma tuvo, porque tal vez Teresa no llegue a tener la buena fortuna que Elvira sí. Su otra hija quiere ser monja, pero ¿con qué dinero tomar el velo? Sería más fácil convencer al cura del pueblo que le facilite el ingreso como sirvienta en el convento de los franciscos en Badajoz.

Esa es la coyuntura en la que se encuentra Elvira cuando llega a su aldea Juan de Ibárcena, el delegado del finado Garcilaso para resolver el entuerto y, de ser necesario, saldar la deuda del toledano. Como su marido el zapatero ha muerto, Ibárcena puede visitar a Elvira en su humilde casilla. Le acompañan Baryana y Parra, su mujer, quienes le explican a Elvira que el señor Ibárcena viene de Toledo para preguntarle algo. Ella, otrora muchacha en flor, es una mujer que ha perdido el talle juvenil y a la que le asoma un bozo que revela su entrada al climaterio. Al inicio no entiende el propósito de la visita; solo cuando escucha el nombre Garcilaso de la Vega su mirada cambia y la boca se desencaja. Llevaba veinte años sin escucharlo y es como abrir la puerta de una habitación abandonada y llena de polvo. Y ese olor rancio, húmedo y vetusto le cierra el pecho, las piernas le flaquean y no sabe qué hacer. Por ahora solo atina a hacerles pasar y tomar asiento junto al fuego. El señor Ibárcena le dice que tiene que responderle con la verdad y que lo que le diga involucra el honor de un caballero. Como tiene que rendir cuentas al albacea de Garcilaso, saca unos folios, afila la pluma y está dispuesto a escuchar y tomar notas. La tarde recién empieza y hay mucho que contar.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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