El cuerpo vestido en “La industria vence desdenes” de Mariana de Carvajal

img-126171540-0001En las recopilaciones de narrativa del XVII aparecen dos voces femeninas sobresalientes. En primer lugar, María de Zayas, portadora de un discurso protofeminista, con un compromiso ideológico evidente en sus escritos, surcados por la tragedia y la densidad psicológica de sus personajes. Junto a ella, Mariana de Carvajal se erige como la narradora más vigorosa e interesante del siglo XVII. No obstante, su discurso y alcances ideológicos resultan algo distintos a la propuesta novelística de Zayas; como lo ha explicado bien Noelia Cirnigliaro, la canonicidad de esta última autora obedece a su carácter de narradora de grandes conflictos sociales y de género (que entrañan violencia y perversión), en tanto Mariana de Carvajal ha quedado relegada en razón de que su narrativa centrada en dramas más bien cotidianos no encajó con las preferencias de la crítica tradicional (47-49). En los últimos años, no obstante, gracias a estudios de corte culturalista aplicados al Siglo de Oro, se ha venido a rescatar la obra de Mariana de Carvajal como una parcela relevante para el análisis de la identidad y la elaboración del espacio doméstico de la temprana modernidad española.

Dentro de esta nueva tendencia que reexamina la narrativa de Mariana de Carvajal, renace el interés por su novela más emblemática, La industria vence desdenes, publicada en su colección de novelas cortas llamada Navidades de Madrid (1663). Existe consenso entre la crítica en torno al hecho de que La industria vence desdenes se ocupa de personajes de una nobleza urbana venida a menos, la cual constituye un grupo social evidentemente desclasado (Shifra, Alcalde, Clamurro, Imperiale, Cirnigliaro). Asumiendo esta idea como punto de partida, este trabajo presenta un análisis que se enfoca en el discurso sartorial -o sea la descripción, relato y función del cuerpo vestido-, el cual da forma a aquella identidad nueva que, de la mano de un género literario idóneo, la novela corta barroca, encarnan no solo los personajes de La industria vence desdenes, sino también los miembros de su propia audiencia.

En efecto, las ropas y las apariencias en el periodo barroco parecen obsesionar a la gente de la época: pensemos en toda la legislación para regular el vestido y las subversiones que se denuncian en las “noticias” o “relaciones” de entonces, así como en el género picaresco, repleto de episodios con disfraces; debido a que “una sociedad de ropa es una sociedad en la que la ropa funciona como valor y mercancía y como medio de incorporación social” (Juárez Almendros, El cuerpo vestido 36). Precisamente, el estudio de las ropas como elemento que configura la identidad de un personaje empezó con la novela picaresca: fueron los pícaros, en primer lugar, tanto varones como mujeres, los primeros interesados en usar de la moda para cambiar de status social. En términos literarios, quizás la contribución más interesante de los estudios sartoriales es que, precisamente, la esmerada descripción del vestido viene a cumplir una función que más tarde cumplirá la psicología: “En un momento en que escasea la introspección de la interioridad en literatura las vestiduras son esenciales en la construcción de muchos de los personajes de nuestras obras clásicas, ya que por medio de ellas se expresan sus situaciones existenciales y voliciones personales” (Juárez Almendros, “El consumo” 342-343).

Tras los pícaros, cuyas autobiografías tienen su apogeo a inicios del XVII, son los nobles empobrecidos retratados por Mariana de Carvajal, ya en la segunda mitad del mismo siglo, los personajes literarios que pasan a ocupar el primer plano de la ficción novelesca. Para la época en que aparece La industria vence desdenes, en la segunda mitad del XVII, la escritura de novela está entregada al servicio de la sublimación de una nobleza desclasada. Así, por ejemplo, un detalle que admira de estos nobles, siempre según el prisma de Mariana de Carvajal, es que asumen la búsqueda de dinero sin empachos. Estamos ya lejos del debate en torno a la figura del hidalgo-mercader, personaje que conjugaba nobleza con ánimo emprendedor capitalista en las ficciones picarescas de las primeras décadas del XVII (Cavillac). En los personajes de Carvajal, en cambio, los dos conceptos (comercio y honra) confluyen armoniosamente, aunque el capitalismo nunca es sublimado como valor, sino como un recurso para solidificar el honor. Por esta razón, en personajes como los de La industria vence desdenes no existe arribismo o siquiera insinuación de ello desde la perspectiva del narrador (como sí lo había, de forma abundante, en las narraciones picarescas más clásicas).

Recientemente, a través de la contribución de Nieves Romero-Díaz, se ha observado la aparición de un grupo social, la nobleza urbana, que alumbró la novela cortesana, a inicios del XVII, producto de la migración del campo a la ciudad y la centralización del poder político y económico en la corte. Aquella nueva nobleza urbana que delinea Romero-Díaz ya se ha consolidado a mediados del XVII y de hecho ahora soporta la crisis económica que ahoga al país –estamos aún en los tiempos de Felipe IV y las sucesivas quiebras del estado (1627, 1647, 1652, 1662)- y negocia su lugar en la sociedad barroca reformulando hábitos, adquiriendo nuevos y adoptando viejos (Romero Díaz 35-36). Quizás en La industria vence desdenes más que subvertir el orden a esas alturas de la crisis, se propone aparentemente restituirlo: nobles empobrecidos que se alían para salir adelante y recuperar, por sus hábitos de consumo, un status social que deben mantener a toda costa, pese a que en el espacio privado sufren estrecheces. Como bien lo ha estudiado Armon Shifra, parte de este objetivo se logra con el atento seguimiento de un código de conducta cortesano que los personajes practican para autoconfigurarse como tales (…)

Esta conducta galante se ve refrendada por el vestido, según lo estudiaré aquí, y viene de la mano del retrato de “la delicada situación de las mujeres faltas de sustento económico y de los nobles en general, que deben dedicarse al trabajo manual ante la falta de recursos” (Cirnigliaro 50). Nos encontramos ante personajes de origen noble que intentan subsanar sus necesidades en el entorno urbano apelando a actividades que –hasta solo décadas atrás- eran vistas como repugnantes o impropias de mujeres de cierta alcurnia: trabajar con las manos, en el caso femenino en labores de costura, era no solo oficio plebeyo -practicado por ejemplo por la pícara protagonista de Teresa de Manzanares (1632)- sino que solía ser tapadera de prostitución (Hsu 77). Naturalmente, nada más lejos de estas prácticas que la sosegada y sufrida vida de la madre y la hija que aparecen en La industria vence desdenes. Lo notable que debe meditarse aquí es el hecho de que, dentro de las convenciones sociales y literarias, ha ocurrido una transformación y lo que era tradicionalmente deshonroso ahora es admisible, producto de la crisis social y la sublimación del sacrificio de los nobles empobrecidos, pero no por ello menos vergonzante.

El artículo completo acaba de aparecer en Huellas de la hispanidad en Estados Unidos. Ed. Juan Ramón de Arana y Juan Liébana. Hannover: Sheridan Press, 2014.171-185.

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