“Novelar en lengua castellana”: vitalidad de la novela corta del siglo XVII, desde Budapest

image002El reciente monográfico de la revista Lejana, de la Universidad de Budapest, ofrece una miríada de trabajos que exploran las múltiples facetas de la novela corta del siglo XVII, fenómeno literario cuya complejidad lo mantuvo al margen durante mucho tiempo. Lejos de la preceptiva de la “novela moderna”, construcción crítica decimonónica (que sí incorporó en el siglo XX, aunque parcialmente la llamada “novela picaresca”), aquel corpus amplísimo tiene sus primeras manifestaciones en el XVI (con una manifestación tan singular como la novela en verso) y se asienta a lo largo del siglo siguiente, el del Barroco, e incorpora experimentos del lenguaje en cuyo origen se encuentra el estilo gongorino. Comprender las aristas de la novela corta del XVII supone, entonces, no solo reflexionar en torno a las corrientes literarias que se afirman en su época, sino también acerca del impacto de la obra cervantina (ya que las Novelas ejemplares son pilar fundamental de este género) y de otras manifestaciones afines (como el entremés o la retórica de la pintura).

Parte de la agenda crítica esbozada aquí es discutida y comentada en “Novelar en lengua castellana”. El monográfico se abre con un “pórtico conceptual”, a cargo de Pedro Ruiz Pérez, quien reflexiona en torno a la definición, aún escurridiza, del género en cuestión. Sin duda se trata de una “definición problemática”, ya que, históricamente, se basó en teorías literarias anacrónicas o correspondientes a expectativas ideológicas o estéticas ajenas a la literatura aurisecular. Nota especial merece el ribete de “cortesana”, creación tan pegadiza como caprichosa del influyente Agustín G. de Amezúa.

La siguiente sección (“Inicios y modelos”) cubre a las primeras expresiones de la novela corta. Marcial Rubio Árquez se ocupa de la llegada de la novella, de la mano de Giraldo Cinzio y Lucas Gaitán de Vozmediano, que se aclimata y naturaliza como novela en la península. Juan Pablo Gil-Osle estudia el tema de la “amistad imperfecta”, perspectiva que viene promoviendo con buenos frutos, en El amante liberal. Antonio Herrería hace lo propio con las novelas cortas incluidas en la primera parte del Guzmán de Alfarache. Tras Cervantes y Mateo Alemán, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo destaca como el primer narrador de valía y largo aliento de su tiempo. Enrique López Martínez examina su colección de novelas breves Corrección de vicios (1615), a la que pone en valor y propone como probable influencia de Lope de Vega en la elaboración de las Novelas a Marcia Leonarda: aquellos “intercolunios” lopescos estarían inspirados en los comentarios de Salas Barbadillo dirigidos a su corresponsal, Ana Zuazo, en Corrección de vicios.

La tercera parte del monográfico (“Novedades y rupturas”) es una buena muestra del estado actual de los estudios en torno a la narrativa post-cervantina. Se comprueba, por ejemplo, la presencia de Alonso de Castillo Solórzano, a quien se destinan tres de los seis trabajos de esta sección. Giulia Giorgi estudia las relaciones entre narrativa y teatro en la colección Noches de placer (de la que es reciente editora). Christelle Grouzis Demory y Eva López del Barrio llevan a cabo un análisis comparativo entre los textos de Castillo Solórzano y María de Zayas, pareja de escritores cuyo contacto se conoce, pero no se ha explorado suficiente aún. Vicente Pérez de León aborda la mezcla de narrativa y teatro breves en las Aventuras del bachiller Trapaza (1637), en el cual encuentra una recuperación cervantina, a la vez que una nueva propuesta ideológica y creativa. Juan Manuel Escudero analiza la relación textual entre autor real, editor ficticio y el editor real de un texto tan difícil de clasificar como La desordenada codicia de los bienes ajenos (1619) de Carlos García. Los dos últimos trabajos de esta parte cubren autores algo menos conocidos, pero que ofrecen interesantes experimentos narrativos en su contexto: Nicola Usai estudia El forastero (1627) de Jacinto Arnal de Bolea, escritor oriundo de la Cerdeña española, cuya estructura explora a la luz de la evolución de sus protagonistas. Finalmente, el autor de este blog examina la función del silencio en la novela El monstruo del Manzanares, incluida en La mojiganga del gusto (1641) de Andrés Sanz del Castillo, autor de tendencia gongorina. Recomiendo, en general, todo el volumen, ya que ofrece una miscelánea con nuevas perspectivas, tanto críticas como temáticas, en torno a un género de gran vitalidad en el siglo XVII español.

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