Los conceptos de novela e historia en “El Paraíso en la otra esquina” (con una coda a propósito de “El sueño del celta”)

img_art_8777_1911Desde la antigüedad, la literatura y la historia han sido consideradas discursos opuestos. En el tercer capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, el ingenioso hidalgo apela a esta postura en su primera conversación con el bachiller Sansón Carrasco. Cuando este le comenta que en el libro de Cide Hamete se cuentan en detalle los reveses sufridos por la pareja protagonista, don Quijote, considerando la calidad literaria del texto, defiende el que el poeta “calle por equidad” y no perjudique el valor del protagonista pues “a fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le escribe Homero” (Cervantes 1982: 599). Esta afirmación de don Quijote es avalada por el bachiller, quien sintetiza muy bien la preceptiva clásica proveniente de Aristóteles:

Así es- replicó Sansón-; pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna. (Cervantes 1982: 599- 600)

La historia se ocupa de la verdad particular, “sin añadir ni quitar” nada; la literatura, al representar los sucesos “como debían ser”, aspira a reflejar la verdad universal. Mientras el Ulises histórico es un individuo como cualquier otro, un partícipe más de la guerra de Troya, el Ulises literario se ofrece como modelo de ingenio, como un ejemplo para el resto de los hombres. Mientras el primero no trasciende, pues se queda en lo particular, el segundo encarna valores, significados, y en ese sentido es antihistórico. Vista así, la naturaleza de la literatura está basada en una dicotomía que entraña diferenciar entre lo real, sin censuras ni añadidos, y lo imitado, lo artificialmente recreado, o sea, lo falso. Dado que la literatura es considerada una representación, o sea algo que remeda lo real, aparece una constante necesidad de justificarla (Sontag 1966: 3-4), de la cual se extrae, casi siempre, un propósito moral (de acuerdo con la preceptiva horaciana: prodesse et delectare) o uno de reflexión existencial (en términos filosóficos, políticos, económicos, sociales, etc.), tal y como nos han acostumbrado los escritores del romanticismo en adelante.

En su libro de ensayos La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa sostiene algo similar: las novelas son “mentirosas” (según criterios de la historia, a la caza de verdades individuales), pero en su mentira encierran una verdad (la verdad universal, diría Aristóteles). En uno de los pasajes más reveladores del ensayo homónimo que abre el volumen se señala:

Los hombres no viven solo de verdades, también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar. (Vargas Llosa 1993: 17)

Desde el punto de vista vargasllosiano, la literatura, particularmente la novela, se concibe como un acto de rebeldía frente al mundo. La insatisfacción genera la literatura, a causa de la inclinación del ser humano por crear mundos alternativos: “El novelista distorsiona la realidad a partir de sus obsesiones y creencias produciendo en su obra una realidad ficticia que es- en relación a la realidad real- una mentira, ya que transforma la vida vivida con palabras y sustituyendo el tiempo real con el de la ficción” (Sobrevilla 2011: 444). La novela, una “mentira” verbal mañosamente urdida, tiene la capacidad de contener una “verdad” para el lector, la de su propia condición humana. La “verdad de las mentiras” es el significado trascendental que subyace a toda buena ficción literaria. El hombre no se conforma con la historia, es decir con lo real: con lo que ocurrió, lo que ocurre y lo que ocurrirá. He allí la brecha que genera la novela y el placer que esta produce: “What differentiates a novel from a historical or biographical testimony is the element of fantasy” (Kristal 1998: 28). Ciertamente, la historia también puede incluir mentiras, aunque estas, señala Vargas Llosa, serían “contrabandeadas” o sea filtradas sin el consentimiento del lector, quien posee otros horizontes de lectura al leer un texto histórico.

En el sistema literario vargasllosiano, novela e historia se oponen, en principio, como mentira y verdad, blanco y negro, arriba y abajo. Precisamente, en El Paraíso en la otra esquina (2003), se pone en discusión estos conceptos, empleándolos como pivotes para la caracterización de sus dos protagonistas, Flora Tristán y Paul Gauguin. Las trayectorias vitales de estos personajes, distantes no solo en años, sino sobre todo en metas, se delinean como dicotómicas, tal como se oponen la novela y la historia dentro del marco teórico sobre el género novelesco que maneja el autor. Sin embargo, a lo largo de El Paraíso en la otra esquina veremos que la dicotomía se complica y ambos términos se vuelven las dos caras de una misma moneda. La escritura, bajo ciertas circunstancias y con la ya conocida censura del autor al respecto, es la que miente. En este proceso, se hacen evidentes no solo los prejuicios literarios del autor, sino igualmente los ideológicos, ya que en su particular teoría de la novela se entrecruzan la política y el goce estético. Las fluctuaciones entre verdad/mentira e historia/novela se mezclan con posturas y metas de vida que se plantean Flora Tristán y Paul Gauguin (…)

El artículo completo, junto a otros trabajos más diversos e interesantes, acaba de salir publicado en Anales de Literatura Hispanoamericana 43(2014): 419-437.

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