La obra completa de Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache

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Tercer volumen de la obra completa de Mateo Alemán (Iberoamericana, 2014)

El tercer volumen de La obra completa dirigida por Pedro Piñero y Katharina Niemeyer es la edición de la novela picaresca más ambiciosa de su tiempo: las dos partes (1599 y 1604) de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana. Su composición y lanzamiento a caballo entre dos siglos marcarán las tendencias narrativas de todo el siglo XVII y generarán al iniciar aquella centuria una polémica con atisbos de competencia entre varios creadores que aspiraban a establecer el derrotero novelístico áureo.

En primer lugar, según lo estudió Gonzalo Sobejano en un ensayo seminal (“De la intención y valor del Guzmán de Alfarache”), la novela de Alemán adoptó rasgos que se hallaban en el Lazarillo de Tormes aún en forma primitiva o en ciernes. Recuérdese que, en 1554, el Lazarillo era un libro difícil de definir (en un contexto de libros de caballerías, por un lado, y, por el otro, diálogos lucianescos, facecias y paremias de corte erasmista) y que solo junto a Guzmán de Alfarache (ya que las ediciones conjuntas fueron moneda corriente desde 1599) se empieza a reconocer un modelo de escritura que configurará un género, tal como empleaba la palabra Ginés de Pasamonte cuando le preguntan por el libro que está escribiendo, la autobiografía de un delincuente: “Mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren”. El Lazarillo solo conforma un género junto al Guzmán y los contraataques, eminentemente cómicos, que suponen La pícara Justina y La vida del buscón, ambos gestados a la sombra de la novela de Mateo Alemán, colgándose de su fama, sus logros narrativos y parodiándola. Si a esto se le suman algunas de las Novelas ejemplares más celebradas, que pueden entenderse como complejas maquinarias de deconstrucción de las convenciones picarescas que habían alcanzado carta de ciudadanía en aquellos breves y vertigionosos primeros años del 1600, queda claro que la contribución de Mateo Alemán a través de su Guzmán de Alfarache a la forma narrativa extensa que ahora identificamos con el término novela (y que por entonces era solo libro o historia) es invaluable.

Algunos logros del Lazarillo que el Guzmán del Alfarache amplificó con resultados artísticos sobresalientes, producto del talento de su autor, serían: el desarrollo de la narración en primera persona (que gestó la voz del pícaro hablador, tan característico del género), la combinación de digresiones morales y aventuras (que se identificaban entonces con la dinámica de burlas y veras), la adopción de un ingente material folclórico que Alemán naturalizó, así como el mecanismo autobiográfico que produce el efecto de la unidad narrativa, según el cual el inicio de la narración se encuentra en su desenlace (el momento en que el pícaro, al final de su vida, empieza a escribir). A esto debe sumársele el talento de Alemán para las interpolaciones de novelas cortas, como la Historia de Ozmín y Daraja, junto a varias otras narraciones que son las primeras adaptaciones españolas logradas, al margen de Cervantes, de los novellieri italianos.

Con todas esas virtudes, el Guzmán de Alfarache contó con una fortuna editorial en su época que continuó en los siglos siguientes, de la mano de estudiosos que, ya en el siglo XX, emplearon herramientas filológicas para examinar el texto e intentar fijarlo y anotarlo con el mayor rigor posible. Después de Samuel Gili Gaya, que hizo una muy meritoria edición en Clásicos Castellanos, pilar de todas las siguientes por venir, la de Francisco Rico (quien editó el texto por última vez en 1983) le tomó la posta en limpieza textual y anotación. Sin embargo, fue un discípulo de Rico, José María Micó, quien preparó la edición del Guzmán de Alfarache (publicada en dos volúmenes por editorial Cátedra desde 1987) que se volvió la canónica hasta la llegada del nuevo milenio: sus notas al texto fueron las más exhaustivas (sobre todo en torno a las fuentes alemanianas) y fue el primero que trabajó las variantes de autor de la primera parte (aunque ya habían sido advertidas previamente por Benito Brancaforte). En años recientes, el estudio textual del Guzmán se ha visto enriquecido por la edición de Luis Gómez Canseco, quien, tras el examen de ejemplares, ha detectado otras tantas variantes de autor que hasta ahora no habían sido evaluadas a fondo. La edición del Guzmán en el tercer tomo de La obra completa corre a cargo de David Mañero Lozano, quien edita con la mayor pulcritud el texto, acogiéndose –según él mismo lo declara- a los hallazgos textuales de Gómez Canseco; credenciales para esta empresa no le faltan: a él le debemos también sólidas ediciones del Guzmán apócrifo y de La pícara Justina. Su edición puede tildarse de ecléctica, en la medida en que enmienda el texto con variantes recogidas de testimonios diversos que lo mejoran notablemente. La anotación que ofrece bebe también de los anotadores previos y remite a ellos (sobre todo a Micó, a quien tanto le debe el Guzmán después de Gili Gaya y Rico). La brevedad de las notas, que a ratos se echan en falta, obedece a las características de la edición conjunta que supone La obra completa; sin embargo, son las suficientes para poder acceder al sentido literal del texto y disfrutar su lectura. A estos criterios, establecidos en el primer volumen, el de la Obra varia, corresponde igualmente la modernización ortográfica y la uniformización de formas vacilantes, típicas de la lengua áurea. Súmese a ello una selección de grabados de las ediciones clásicas del Guzmán para tener entre manos un volumen que hace justicia al talento literario del autor sevillano.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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