Diario de Luis Alberto de Celis, IV: de la literatura peruana

la-promesa-de-la-vida-peruanaRevisando a inicios de este año el diario de mi malogrado amigo Luis Alberto de Celis, encontré unos pasajes que me resultaban familiares. Repasando mi correspondencia con él (cuando se encontraba ya en Nueva York y yo todavía entre Pamplona y Barcelona), di con una carta de contenido similar, en la que hablaba sobre la literatura peruana, a propósito de un libro que había caído en sus manos en Lima y que le pareció estimulante: Buscando un rey, aparecido en 2007. Su reflexión sobre aquel ensayo le había dado pie a formular algunas ideas, algo amargas, en torno a su propio interés en la creación literaria. Siempre se sintió, me lo dijo así, un escritor fracasado, metido –“por falta de talento para otra cosa mejor”- en filólogo. A mí eso no dejaba de sonarme a gesto de falsa humildad propio de quien se sabe original, si no genial (lo mismo hacía Borges, por ejemplo). Lo cierto es que nadie recuerda su libro de poemas La vida oscura y los fragmentos de su diario, con algunas páginas jugosas –quisiera decir válidas, pero temo carecer de objetividad-, están condenados a conformar una curiosidad literaria. Rescato de allí este texto que bien podría haber formado parte de un manifiesto de escritor que mi amigo nunca se atrevió a difundir.

(…) porque si hay una tradición autoritaria, que se identifica con un rey absolutista y asociada a un espacio cortesano, queda abierta la cuestión de la literatura peruana entendida como discurso áulico o polémico siempre dentro de ese marco, como ritual de negociación entre el aspirante a patronazgo y el poder que puede financiarlo. Habría que escribir entonces Buscando un poeta de corte. O mejor: Buscando un mecenas, desde la posición del escritor que tiene que buscar quien le subvencione (…)

Es curioso cómo juzgamos nuestro panorama como incompleto o defectuoso frente al del vecino. Hace unos meses vi a Ricardo Piglia en una conferencia en NYU y él hablaba con admiración de lo que llamaba “la vasta literatura colonial peruana” y “la rica tradición colonial mexicana”, frente una cultura literaria rioplatense que solo surge en el siglo XIX, con los proyectos modernizantes de la independencia. Lo que no me atreví a decirle, porque no soy polemista, aunque rumio las ideas más tarde, cuando se apagan las luces, era que esa tradición colonial también es una amarga condena: porque los que pueden subvertirla y acogerla creativamente la miran con complejos ora históricos o ideológicos y porque los que se asumen herederos han asimilado lo peor de ella. ¿Y qué es lo peor? No me refiero al estilo o los temas, sino algo más nefasto: su carácter de discurso de funcionario, de burócrata frustrado en su deseo de ser un auténtico intelectual en los grandes centros culturales (Madrid, París, Londres), pero que se conforma con Lima (¿no decía Macera que la nuestra era una cultura de compensación, San Marcos como pálido reflejo de Salamanca?) y se presta a ser como el tuerto en tierra de ciegos: el tirano o dictadorzuelo ruin que concentra para sí todos los mecenazgos y canaliza los pocos recursos a los que juegan a su juego: el de la lisonja en ese espacio cortesano donde el poeta remeda los vicios de sus patrones.

¿A qué me refiero exactamente? A que entre un Pedro Peralta y Barnuevo y un Mario Vargas Llosa, pasando por Pardo y Aliaga, y Ricardo Palma, las figuras referenciales de la literatura peruana se han portado de manera similar. Todos ellos tenían talento (no lo niego), pero lo pusieron al servicio de capillas intelectuales donde se erigieron como grandes kahunas de su siglo. Peralta y Barnuevo elaboraba discursos de reivindicación criolla y elogios desmedidos a la mano que le aseguraba privilegios y prebendas. Ricardo Palma le escribe a Nicolás de Piérola poniéndose a su servicio para luego, cuando los aires cambian y es Miguel Iglesias el nuevo caudillo, entrevistarse con él y terminar aceptando hacerse cargo de la biblioteca nacional. No niego que a Palma lo guiaban objetivos nobles, pero no le quedó otra que humillarse y cortejar a esos sujetos que eran dioses por un día en el vaivén político que ha caracterizado desde siempre aquellos lejanos reinos del Perú. La cosa continúa con las diversas tomas de posición que hemos visto en Vargas Llosa: sus respetos a Velasco, su conversión al liberalismo económico, su guerra con todo lo que representa Fujimori y su obsesión por estar metido en el ajo, como decís en España, cada vez que hay elecciones. A estas alturas ya no le interesa ningún cargo o prebenda peruana, pero, como tiene educación colonial, siente que tiene que intervenir, colocar a un amigo suyo en un ministerio y dar su opinión de intelectual sobre el destino del país, que le resulta indesligable al suyo (aunque hace décadas que no viva allí). Esa actitud de Vargas Llosa es parecida a la que un amigo mío mexicano identificaba en Octavio Paz. ¿Sabías que Paz se creía la encarnación de la cultura de su país y en esa medida le daba forma al canon literario nacional? A mí no me extrañaría que un día de estos Vargas Llosa dijera que el Perú es él. En el supuesto negado de que eso fuera verdad, no quedaría más que pensar que, efectivamente, toda la novela peruana es reflejo de su doctrina y solo queda hacer glosas de sus obras. Lo cierto, no obstante, es que todos los narradores de mi generación que me vienen a la mente y que han logrado alguna repercusión en el extranjero habían antes escrito algún tipo de panegírico del modelo vargasllosiano, a través de ensayos sobre su obra o entrevistas al ídolo, cuando no dando declaraciones donde lo reconocen como maestro (…)

Si hubiera podido tener una charla con Piglia aquella noche (pero él andaba rodeado de satélites femeninos y acólitos varones), le hubiera manifestado mi sana envidia por el panorama rioplatense del que él proviene. La literatura peruana solo te ofrece un único modelo de novelista: el periodista, el Varguitas, palabreja que en Perú es sinónimo de aprendiz de escritor. Si quieres llegar a algo escribiendo, es el modelo al que has de ceñirte. Me encantaría que hubiera un espectro más amplio: que tuviéramos –sí, por qué no- el escritor periodista (que es respetable en sí mismo, lo reconozco), pero también el escritor intelectual, el escritor best-seller, el escritor marginal, etc. Todos legitimados y con referentes. En mi imaginada charla con Piglia hubiera sacado de la manga los siguientes ejemplos: Roberto Arlt (escritor marginal, lumpen), José Bianco (escritor intelectual, reservado), Federico Andahazi o Guillermo Martínez (escritor best-seller), Borges (escritor intelectual), el mismo Piglia (escritor profesor universitario), etc. Todos ellos igual de respetables y con un lugar en el panorama. En Perú puedes encontrar copias o réplicas de aquellos otros modelos que planteo, pero son enanos en relación con el modelo MVLl, que lo opaca todo (…) Y como te decía, la cosa viene desde Peralta y Barnuevo, pasando por Palma o Chocano. Lástima que el modelo González Prada no cuajó. Ni el modelo Clemente Palma. Clemente Palma pudo ser nuestro Quiroga o nuestro Macedonio Fernández (volviendo a ejemplos que le resultarían claros a Piglia), pero quedó en nada. Y Valdelomar pudo ser un grande, lástima que se murió pronto. Su herencia no fue recogida. Toda la generación de Valdelomar murió joven por drogas o tuberculosis. Al menos ese es el sabor que dejan las memorias de Alfredo González Prada y la misma percepción de Luis Alberto Sánchez. En fin. Todo esto me recuerda el título de un ensayo de Jorge Basadre: La promesa de la vida peruana. Yo mismo debo haber sido una promesa que no se cumplió. Y así me va.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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